Biblia y Ciencia

√ćndice

Introducción

1 Desde los inicios hasta la revolución científica

2 La Revolución Científica y la Iglesia

3 Cuestiones contempor√°neas

Conclusión

Referencias

Introducción

La fe cristiana, cuyo libro sagrado es la Biblia, y la ciencia coexisten en Occidente desde hace 20 siglos. La fe quiere dar una respuesta integral al sentido de la vida y del mundo a partir de la Revelaci√≥n divina. La ciencia quiere conocer toda la realidad seg√ļn la raz√≥n que analiza y demuestra. El sujeto humano que cree y sabe es el mismo. No puede romper o renunciar a la posibilidad de creer y saber, o incluso saber a trav√©s de la fe y la raz√≥n cient√≠fica que analiza y demuestra. En el pasado, estos dos dominios no estaban separados ni eran independientes. La teolog√≠a, la filosof√≠a y las diversas ciencias estaban profundamente entrelazadas en una interdependencia jer√°rquica. La modernidad oper√≥ una separaci√≥n entre estos tipos de saberes, d√°ndoles autonom√≠a. Empiezan a convivir, no sin extra√Īezas y conflictos. En la historia de la Iglesia se advierte una relaci√≥n muy compleja, que va del est√≠mulo a la aversi√≥n, de la tolerancia a la persecuci√≥n violenta, de la convivencia fruct√≠fera a la exclusi√≥n mutua, seg√ļn la s√≠ntesis del historiador Georges Minois utilizada en esta entrada (MINOIS, 1992, p. p√°g. 2 -33). Los conflictos entre la fe cristiana y la ciencia involucran siempre la forma de entender e interpretar la Biblia.

El Concilio Vaticano II (1962-1965) afirma que la investigaci√≥n en todos los campos del conocimiento, realizada de manera verdaderamente cient√≠fica y seg√ļn las normas morales, nunca se opone a la fe, ya que las realidades profanas y de fe tienen su origen en el mismo Dios. Por el contrario, quien se esfuerza con humildad y constancia en escudri√Īar los secretos de la naturaleza est√°, en cierto modo, llevado de la mano de Dios, incluso sin darse cuenta, porque Dios sustenta todas las cosas y las hace ser lo que son. Y el Concilio deplora tambi√©n ciertas actitudes de los cristianos por no reconocer suficientemente la leg√≠tima autonom√≠a de la ciencia, y por las disputas y controversias que han suscitado, haciendo pensar a muchos que fe y ciencia eran incompatibles. Como ejemplo de este error, se menciona el caso de Galileo Galilei (GS, n. 36).

El caso Galileo se convirtió en un emblema del conflicto. Antes y después hay otros conflictos e interacciones igualmente positivas. Vale la pena saber algo de esta historia que revela mucho sobre la fe cristiana, Occidente y los caminos que dieron origen a la modernidad.

1 Desde los inicios hasta la revolución científica

De hecho, hay textos b√≠blicos muy favorables a la ciencia. Los libros de Proverbios, Salmos, Sabidur√≠a y Eclesi√°stico abundan en elogios del conocimiento, del estudio y de la investigaci√≥n: ‚Äúel conocimiento es corona de los prudentes‚ÄĚ (Pr 14,18); ‚ÄúEl Se√Īor es el que da la sabidur√≠a, y de su boca sale el conocimiento y la raz√≥n‚ÄĚ (Pr 2,6). La ciencia es un don de Dios, y el libro de la Sabidur√≠a es un verdadero himno al conocimiento cient√≠fico. En la pr√°ctica, sin embargo, hab√≠a un conocimiento muy limitado. En la cosmolog√≠a b√≠blica, el mundo se hizo en seis d√≠as. La tierra es la primera estrella del universo, nacida antes que el sol y las estrellas. Est√° inm√≥vil y tiene forma de plato. Las monta√Īas de la tierra sostienen la b√≥veda del cielo. Esta b√≥veda es una placa s√≥lida, el firmamento, donde cuelgan las estrellas. Sobre el firmamento, hay un dep√≥sito de agua de donde viene la lluvia. Basta que se abran sus compuertas, que caiga la lluvia. Sobre todo est√° el trono de Dios, que ve a los hombres a trav√©s de las aberturas del firmamento. Esta fue la cosmolog√≠a en el siglo VI a. C. que sustent√≥ las narraciones de la creaci√≥n en el libro de G√©nesis.

En el Nuevo Testamento, Pablo no plantea directamente el problema de la ciencia, sino el de la evangelizaci√≥n y la resistencia a la que se enfrenta al anunciar el Evangelio. Para √©l: ‚Äúla ciencia infla, pero el amor edifica‚ÄĚ (1Cor 8,1); y ‚Äúaunque tuviera el don de profec√≠a, el conocimiento de todos los misterios y todo conocimiento… si me falta el amor, nada soy‚ÄĚ (1Cor 13,2). La oposici√≥n entre la ‚Äúlocura de la cruz‚ÄĚ y la ‚Äúsabidur√≠a del mundo‚ÄĚ est√° en el centro de la ense√Īanza de Pablo, que se enfrent√≥ al rechazo del Evangelio por parte de los sabios griegos. √Čl pregunta: “¬ŅNo ha convertido Dios en necedad la sabidur√≠a de este mundo?” (1Cor 1,20). Estas ense√Īanzas no son estimulantes para la ciencia.

Tal desconfianza fue heredada por los Padres de la Iglesia y por san Agust√≠n: ‚Äúde nada sirve escudri√Īar profundamente lo que sustenta la naturaleza de las cosas, como hacen los fil√≥sofos griegos llamados f√≠sicos [‚Ķ] predicen el eclipse de sol, pero no se dan cuenta de lo que sostiene todas las cosas‚ÄĚ (AGUST√ćN apud MINOIS, 1990, p. 120). Tambi√©n hubo una inminente expectativa de la venida gloriosa de Cristo y el fin del mundo, que dur√≥ hasta el siglo XVII. Para algunos Padres de la Iglesia, la ciencia era in√ļtil: ¬Ņpor qu√© estudiar la estructura de un mundo destinado a desaparecer pronto? Adem√°s, ella enorgullec√≠a a los hombres. Aun as√≠, la ciencia era posible y era un medio para conocer la verdad.

El hombre tiene dos caminos para el conocimiento de la verdad: la fe y el estudio racional de la naturaleza. de Dios. Para cada uno hab√≠a un manual: el libro de la Revelaci√≥n, la Sagrada Escritura, en la que Dios confi√≥ sus secretos a la humanidad, y el “libro de la naturaleza” (liber naturae), el universo en el que vivimos, la creaci√≥n, que tambi√©n viene de Dios. Cada libro tiene una clave de lectura: la fe para las Escrituras y la raz√≥n para la naturaleza. Y cada libro tiene su lector autorizado: los te√≥logos y los cient√≠ficos.

Si hay contradicci√≥n en ciertos puntos entre te√≥logos y cient√≠ficos, es porque uno u otro est√°n equivocados, y conviene revisar sus interpretaciones. Si se prueba una verdad cient√≠fica, declara San Agust√≠n, corresponde a los exegetas y te√≥logos revisar sus interpretaciones, ya que nada es m√°s da√Īino para la religi√≥n que los cristianos sosteniendo errores cient√≠ficos en nombre de la Biblia (AGOSTINHO, 1972, p. 615-616). De esta manera se arruina toda la credibilidad de la Escritura. Estas intuiciones de san Agust√≠n son v√°lidas hoy y permiten resolver grandes conflictos, aunque √©l no aceptase plenamente la autonom√≠a de la ciencia. Para San Agust√≠n, la autoridad de la Escritura era superior a la de las ciencias. Frente a hip√≥tesis contradictorias de la ciencia, el te√≥logo debe elegir la hip√≥tesis m√°s plausible, en funci√≥n de las exigencias de la fe. Por ejemplo: se dice en G√©nesis que Dios separ√≥ las aguas superiores de las aguas inferiores. Aqu√≠ hay una verdad de fe. El papel de la ciencia es explicar c√≥mo esto es posible. Ahora bien, entre las teor√≠as cient√≠ficas griegas, hay una que afirma la presencia de cavidades ubicadas en la b√≥veda celeste que son aptas para retener agua: esa es una buena teor√≠a.

En Occidente, la ciencia estuvo al servicio de la fe en la Edad Media y as√≠ se desarroll√≥. En el a√Īo 990 se cre√≥ en Chartres una escuela episcopal, que pas√≥ a ser conocida como la Escuela de Chartres. Fue dirigida de 1006 a 1028 por el obispo Fulberto y alcanz√≥ tal prestigio que se convirti√≥ en el principal centro cient√≠fico de los siglos XI y XII, con la ambici√≥n de lograr una s√≠ntesis entre fe y ciencia. All√≠, muchos hombres de Iglesia se lanzaron con entusiasmo al estudio de las ciencias, que revelaban las maravillas de Dios. Confiados en la racionalidad del mundo, cuya garant√≠a era Dios, se dispusieron a explicar las Escrituras. Todo pod√≠a explicarse mediante la f√≠sica y las matem√°ticas, y un hombre como Thierry de Chartres ten√≠a la ambici√≥n de describir los seis d√≠as de la creaci√≥n en los t√©rminos de la f√≠sica.

El dato m√°s curioso de esa √©poca es el papa del a√Īo 1000, Gerberto, elegido con el nombre de Silvestre ll. Con √©l, la ciencia se adue√Ī√≥ de la Sede de Pedro. Gerbert fue un gran cient√≠fico de su √©poca, probablemente el mejor matem√°tico y astr√≥nomo, y pose√≠a un vasto conocimiento en f√≠sica, qu√≠mica, medicina, zoolog√≠a y bot√°nica. Un hombre enciclop√©dico avant la lettre, antes de que existiera ese t√©rmino. ¬ŅSe puede imaginar una consagraci√≥n m√°s radiante del matrimonio entre Iglesia y ciencia? Fue maestro del obispo Fulberto y uno de los mayores entusiastas de la s√≠ntesis entre fe y ciencia. Esta incipiente ciencia medieval, hoy en gran parte obsoleta, plante√≥ problemas y fue precursora de la ciencia moderna.

En el siglo XIV surge el nominalismo, corriente filos√≥fica que operaba una deconstrucci√≥n y una reelaboraci√≥n de los saberes existentes hasta entonces. Su principal exponente es el franciscano Guillermo de Ockham. Para √©l, el mundo es una multiplicidad de seres individuales, absolutamente contingentes, sin relaci√≥n de conexiones inmutables y necesarias, sin una naturaleza ni esencia. El ser individual es un acto puro de la voluntad creadora divina, resultado de una elecci√≥n que, siendo divina, no est√° limitada ni constre√Īida por conexiones inmutables y necesarias, nacidas de la naturaleza, la causalidad o cualquier otra raz√≥n metaf√≠sica. El nominalismo proviene del nombre. El conocimiento humano se limita al nombre que asignamos a los seres. No hay naturaleza ni esencia, elementos que las cosas puedan tener en com√ļn.

Seg√ļn Ockham, el conocimiento que podemos tener del mundo es un conocimiento probable, basado en experiencias repetidas, porque lo que sucedi√≥ en el pasado tiene una alta probabilidad de suceder en el futuro. Con esto, el pensamiento nominalista rompi√≥ con el marco conceptual-especulativo precedente, incluida la cosmolog√≠a antigua, y favoreci√≥ la tradici√≥n experimental. Con esta ruptura, allan√≥ el camino para la ciencia moderna.

Los disc√≠pulos de Ockham comenzaron a cuestionar el geocentrismo y afirmaron el movimiento parcial de la Tierra. Se plante√≥ la hip√≥tesis de que algunos planetas giraban alrededor del Sol. En 1377, el te√≥logo y astr√≥nomo franc√©s Nicol√°s Oresme demostr√≥ que ser√≠a mucho m√°s sencillo explicar el movimiento celeste si fuera la Tierra la que se moviera, y declar√≥ que los pasajes de la Biblia que hablan del movimiento del Sol no son m√°s que im√°genes, formas de hablar, ‚Äúcomo donde est√° escrito que Dios se arrepinti√≥, se enoj√≥, se calm√≥ y otras cosas que no son literales‚ÄĚ (ORESME apud MINOIS, 1992, p. 12). Oresme fue nombrado obispo de Lisieux y nunca fue atacado por sus audaces hip√≥tesis. En el siglo XV, el fil√≥sofo y cardenal Nicol√°s de Cusa tambi√©n difundi√≥ ideas audaces, diciendo que el universo no tiene centro, que la Tierra se mueve y que los planetas est√°n poblados.

Al tratarse de la ciencia en Occidente, no se pretende desvalorizar otras civilizaciones que tienen su originalidad y que tambi√©n forman parte del patrimonio com√ļn de la humanidad, as√≠ como la civilizaci√≥n cristiana. Esto se benefici√≥ de las contribuciones cient√≠ficas griegas, jud√≠as e isl√°micas. A finales del primer milenio y principios del segundo, las mayores bibliotecas del mundo estaban en el mundo isl√°mico. Las obras griegas cl√°sicas fueron traducidas al √°rabe. La medicina y la astronom√≠a √°rabes fueron notables. De esta civilizaci√≥n proceden el alcohol, el √°lgebra y la numeraci√≥n ar√°biga.

2 La Revolución Científica y la Iglesia

Un hito clave en el pensamiento occidental y la historia humana fue la revolución científica. Con ella, la ciencia se separa de la filosofía y la religión, y gana autonomía. La química se separa de la alquimia, la medicina de la magia y la astronomía de la astrología. Surge un nuevo paradigma, una nueva forma de pensar y una nueva visión del mundo que han marcado definitivamente la cultura moderna. Todo comenzó a ser cuestionado por la ciencia y su dominio luego se extendió a la psique, la sociedad, la economía y otras áreas de la realidad. Hubo que repensar otros saberes y se deshicieron varias certezas inquebrantables.

El canónigo y canonista polaco Nicolás Copérnico retomó las teorías sobre el movimiento de la tierra y compuso la teoría heliocéntrica, basada en observaciones y cálculos matemáticos. Demostró que el movimiento de la tierra es suficiente para explicar todas las desigualdades que aparecen en el cielo. Estaba convencido de que la función del erudito es buscar la verdad en todas las cosas, hasta el límite concedido por Dios a la razón humana. Su gran obra De revolutionibus orbium coeslestium (Sobre las revoluciones de las esferas celestes) se publicó en 1534 y tuvo un gran impacto. Al desplazar a la tierra del centro del universo, Copérnico también cambió el lugar del hombre en el cosmos. La revolución astronómica implicó también una revolución filosófica.

Para el historiador de la ciencia Thomas S. Kuhn:

Los hombres que cre√≠an que su morada terrestre era solo un planeta, girando ciegamente alrededor de una entre miles de millones de estrellas, estaban comenzando a evaluar su posici√≥n en el esquema c√≥smico de manera muy diferente a sus predecesores, quienes ve√≠an la Tierra como el √ļnico centro focal de la creaci√≥n divina (KUHN apud REALE; ANTISERI, 1990, p. 212)

Despu√©s de Cop√©rnico, los astr√≥nomos pasaron a vivir en un mundo diferente. Fue el autor de una revoluci√≥n que lleva su nombre: la Revoluci√≥n Copernicana. En el curso de esta revoluci√≥n intelectual, surgieron otros nombres, como el de Johannes Kepler, a finales del siglo XVI y principios del XVII. Descubri√≥ las √≥rbitas el√≠pticas de los planetas y su tiempo de revoluci√≥n alrededor del sol, relacion√°ndolos con sus respectivas distancias. Sus descubrimientos muy originales fueron impulsados ‚Äč‚Äčpor la fe en el sistema copernicano, que estaba vinculado a la fe plat√≥nica de que una raz√≥n matem√°tica divina presid√≠a la creaci√≥n del mundo. Su vida de cient√≠fico, de alegres expectativas y amargas desilusiones, de repetidos esfuerzos y sucesivos fracasos, los callejones sin salida en los que se encuentra, la tenacidad con la que emprende el desarrollo de dif√≠ciles c√°lculos, la constancia y perseverancia en la b√ļsqueda de un orden, se deben a la fe de que ese orden existe y de que fue Dios quien lo cre√≥. Vemos en su vida una verdadera lucha con el √Āngel, que al final no le niega su bendici√≥n (KUHN apud REALE; ANTISERI, 1990, p. 246).

Entre los grandes nombres de la revolución científica, Galileo Galilei (1564-1642) es considerado el fundador de la ciencia moderna, por haber teorizado el método científico y la autonomía de la investigación científica. Matemático y astrónomo, utilizó un descubrimiento reciente, el telescopio, lo perfeccionó y lo apuntó al cielo. A partir de entonces, hizo notables innovaciones, vio cosas que nadie había visto antes y sacó conclusiones inusitadas. Vio que la luna no está hecha de una superficie lisa y pulida en absoluto, sino áspera y desigual. Y, del mismo modo, que la faz de la tierra está, en gran parte, cubierta de prominencias, valles y recodos. Con este hallazgo, se socava la distinción entre cuerpos terrestres y celestes, pilar de sustentación de la cosmología de Aristóteles y Ptolomeo. Galileo también estaba convencido de que los conocimientos geométricos y matemáticos son definitivos, necesarios y seguros, ya que la naturaleza está escrita en lenguaje geométrico y matemático.

En física compuso las leyes del movimiento, y en astronomía retomó el sistema copernicano, enriquecido con nuevas observaciones y cálculos, haciéndolo casi irrefutable. Ante el conflicto con las Escrituras, propuso una nueva interpretación y una nueva relación entre el libro sagrado y la ciencia.

Para Galileo, se equivocan quienes pretenden detenerse siempre en el sentido puro de las palabras, porque entonces en la Escritura aparecer√≠an no s√≥lo diversas contradicciones, sino tambi√©n graves herej√≠as y blasfemias, pues habr√≠a que ver en Dios pies, manos y ojos, as√≠ como efectos corporales y humanos, como los de la ira, de arrepentimiento, de odio e incluso, a veces, de olvido de las cosas pasadas y de ignorancia de las futuras. La ciencia y la fe para √©l, en suma, se sit√ļan y se relacionan de la siguiente manera: 1) la Escritura es necesaria para la salvaci√≥n del hombre; 2) Los ‚Äúart√≠culos concernientes a la salvaci√≥n y al establecimiento de la fe‚ÄĚ son tan firmes que contra ellos ‚Äúno hay peligro de que pueda surgir alguna doctrina v√°lida y eficaz‚ÄĚ; 3) Por sus finalidades, la Escritura no tiene autoridad respecto de todo aquel conocimiento que pueda establecerse por medio de ‚Äúexperiencias sensibles y demostraciones necesarias‚ÄĚ; 4) Cuando habla de lo que es necesario para nuestra salvaci√≥n (o de cosas que no se pueden conocer por ning√ļn otro medio o por otra ciencia), la Escritura no puede ser desmentida; 5) Sin embargo, por cuanto los escritores sagrados se dirigieron a la “gente com√ļn ruda e indisciplinada”, en muchos pasajes la Escritura necesita interpretaci√≥n; 6) La ciencia puede ser un medio para interpretaciones correctas; 7) No todos los int√©rpretes de las Escrituras son infalibles; 8) No se puede comprometer a la Escritura en cosas que el hombre puede conocer con su raz√≥n; 9) La ciencia es aut√≥noma: sus verdades se establecen con experiencias sensibles y demostraciones ciertas, y no con base en la autoridad de la Escritura; 10) En cuestiones naturales, la Escritura viene en √ļltimo lugar (GALILEO apud REALE; ANTISERI, 1990, p. 264-266).

Se puede concluir, por tanto, que en opini√≥n de Galileo la ciencia y la fe son compatibles. La ciencia nos dice ‚Äúc√≥mo va el cielo‚ÄĚ y la fe nos dice ‚Äúc√≥mo se va al cielo‚ÄĚ. Y cuando surgen aparentes contradicciones, hay que sospechar inmediatamente que el cient√≠fico se ha convertido en metaf√≠sico, o bien que el religioso ha convertido el texto sagrado en un tratado de f√≠sica o de biolog√≠a. Las afirmaciones de Galileo, con esta innovadora hermen√©utica, otorgan un nuevo lugar a la Biblia en la configuraci√≥n del conocimiento humano.

Algunas de sus posiciones ya hab√≠an sido, de alg√ļn modo, defendidas por Nicol√°s Oresme en el siglo XIV. ¬ŅPor qu√© entonces se conden√≥ a Galileo? Por la Contrarreforma. La Iglesia cat√≥lica, celosa de la lucha contra el protestantismo, asumi√≥ una postura muy defensiva en relaci√≥n con las novedades. El Concilio de Trento proh√≠be interpretar las Escrituras contra el consenso un√°nime de los Padres de la Iglesia (DENZIGER; H√úNERMANN, 2007, n. 1507). En ese momento, no se pod√≠a admitir que ning√ļn cristiano fiel, incluso un gran cient√≠fico, estableciese principios hermen√©uticos de interpretaci√≥n de la Biblia y propusiese interpretaciones de tal o cual pasaje. Ah√≠ est√° la ra√≠z del choque entre Galileo y la Iglesia.

Un teólogo jesuita, el cardenal Belarmino, con la intención de salvar el magisterio de la Iglesia, afirmó que el sistema copernicano podía explicar las apariencias de la observación y de los cálculos matemáticos, pero no correspondía a la realidad. Tanto Copérnico como Galileo estaban convencidos de lo contrario, a saber, que el movimiento de la tierra es real.

En el mundo protestante, la teoría de Copérnico también fue hostilizada.

En sus Charlas de sobremesa, Lutero parece haber afirmado (1539): ‚ÄúLa gente escuchaba a un astr√≥logo de dos centavos, que buscaba demostrar que es la Tierra la que gira y no los cielos y el firmamento, el sol y la luna [‚Ķ]. Este insensato pretende subvertir toda la ciencia astron√≥mica. Pero la Sagrada Escritura nos dice que Josu√© orden√≥ al sol, y no a la tierra, que se detuviera‚ÄĚ. En su Comentario sobre el G√©nesis, Calvino cita el vers√≠culo inicial del Salmo 93, que dice: “S√≠, el mundo permanece firme, nunca temblar√°”. Y se pregunta: ‚Äú¬ŅQui√©n tendr√° la osad√≠a de anteponer la autoridad de Cop√©rnico a la del Esp√≠ritu Santo‚ÄĚ? (REALE; ANTISERI, 1990, p. 259)

En la Contrarreforma, la Iglesia Católica creó instrumentos para proteger su fe y combatir el protestantismo. Uno fue la Inquisición romana, establecida por el Papa Pablo III en 1542, encabezada por una comisión permanente de cardenales para combatir la herejía. Esta institución pronto tomó el nombre de Congregación del Santo Oficio. Ella fue la encargada de combatir todas las desviaciones doctrinales y morales, y no dudó en condenar severamente aquellas tesis que le parecieron peligrosas o contrarias a la pureza de la fe, así como a las personas que las defendían.

En 1600, el dominico Giordano Bruno fue quemado vivo en Roma por decisi√≥n del Santo Oficio. En sus escritos, m√°s po√©ticos que rigurosos, impregnados de m√°gico hermetismo, afirmaba que: el universo era infinito y eterno, compuesto por una infinidad de cuerpos min√ļsculos, los √°tomos; tiene multitud de mundos como el nuestro; las estrellas son enormes bolas de fuego; el sol no es m√°s que una estrella, y la tierra es un peque√Īo punto que se mueve en el espacio. Este universo lo es todo, y Dios no es separable del mundo. Con esta concepci√≥n pante√≠sta, Bruno neg√≥ la doctrina de la Sant√≠sima Trinidad. El motivo de su condena fueron sus declaraciones religiosas, no sus concepciones sobre el cosmos. Pero luego, se le consider√≥, err√≥neamente, el primer m√°rtir de la ciencia (NUMBERS, 2012, p. 79-88).

Adem√°s de la Inquisici√≥n, la Iglesia cre√≥ otro instrumento de control: el Index librorum prohibitorum (√ćndice de Libros Prohibidos), o simplemente el √ćndice. Fue obra del Papa Pablo IV, en 1559, que consisti√≥ en una lista constantemente actualizada de obras prohibidas, juzgadas contrarias a la fe y la moral, cuya lectura estaba prohibida a los fieles.

En 1616, el Santo Oficio conden√≥ la doctrina de Cop√©rnico y transmiti√≥ la sentencia a la Congregaci√≥n del √ćndice. Se advirti√≥ a Galileo que abandonara la idea copernicana y no la ense√Īara m√°s, bajo pena de prisi√≥n. Como continu√≥ ense√Īando la doctrina prohibida, fue objeto de m√°s procesamiento por parte de la Inquisici√≥n. En 1633, Galileo fue condenado a cadena perpetua en r√©gimen domiciliario y a retractarse de sus ideas ante los tribunales. Estos son los t√©rminos de la condenaci√≥n:

Decimos, pronunciamos, sentenciamos y declaramos que t√ļ, el mencionado Galileo, por las cosas aducidas en el proceso y por las que confesaste como referidas antes, te convertiste para este Santo Oficio en vehementemente sospechoso de herej√≠a, es decir, de haber sostenido y cre√≠do en falsa doctrina y contraria a las sagradas y divinas escrituras, que el sol es el centro de la tierra y que no se mueve de este a oeste, mientras que la tierra se mueve y no est√° en el centro del mundo, adem√°s de que se puede sostener y defender como probable una opini√≥n despu√©s de haber sido declarada y definida como contraria a la Sagrada Escritura. Y, en consecuencia, est√°s sujetos a todas las censuras y penas de los sagrados c√°nones y dem√°s constituciones generales y particulares impuestas y promulgadas contra semejantes delincuentes. Y por las cuales nos daremos por satisfechos si, en t√©rminos absolutos, m√°s que antes, maldigas y detestes los errores y herej√≠as antes mencionados, as√≠ como cualquier otro error y herej√≠a contrarios a la Iglesia Cat√≥lica y Apost√≥lica, en el modo y en la forma que te daremos. (SANTO OFICIO apud REALE; ANTISERI, 1990, p. 273)

La interpretación tradicional de la Biblia prevaleció sobre la interpretación innovadora del científico. Y Galileo abjuró:

Yo, Galileo, hijo de aquel Vicente Galileo de Florencia, a esta edad m√≠a de setenta a√Īos, constituido personalmente en juicio y arrodillado ante vosotros, eminent√≠simos y reverend√≠simos cardenales, inquisidores generales en toda la rep√ļblica cristiana contra la her√©tica maldad, y teniendo ante mis ojos los sagrados Evangelios, que toco con mis propias manos, juro que siempre he cre√≠do, creo ahora y, con la ayuda de Dios, creer√© tambi√©n en el futuro en todo lo que¬† la Santa Iglesia Cat√≥lica y Apost√≥lica sostiene , predica y ense√Īa [… ]. Por tanto, queriendo apartar del √°nimo de las reverend√≠simas eminencias y de todo fiel cristiano esta vehemente sospecha, justamente concebida hacia m√≠, con coraz√≥n sincero y fe no fingida, abjuro, maldigo y detesto dichos errores y herej√≠as y, en general, , todo y cualquier otro error, herej√≠a y secta contrarias a la Santa Iglesia. Y juro que, en el futuro, nunca m√°s volver√© a decir o admitir, de palabra o por escrito, cosas como esas por las que alguien pueda tener de m√≠ tanta sospecha. Y si conozco herejes o sospechosos de herej√≠a, los denunciar√© a este Santo Oficio, al inquisidor u ordinario del lugar donde me encuentre. (GALILEO apud REALE; ANTISERI, 1990, p. 274)

La Iglesia de la Contrarreforma y del miedo conden√≥ a Galileo. Y el a√Īo 1633 fue emblem√°tico en la historia de las ideas y en el conflicto entre fe y ciencia. A Descartes le sorprendi√≥ la condena de Galileo, por ser ‚Äúitaliano y amigo del Papa‚ÄĚ. Solamente en 1820 la Iglesia permiti√≥ la publicaci√≥n de libros que ense√Īaban el movimiento de la Tierra, con el imprimatur otorgado a la obra del can√≥nigo Settele. Y, solamente, en 1846 se eliminaron del Index las obras de Cop√©rnico y Galileo.

A pesar de las severas restricciones eclesi√°sticas, el proceso de la revoluci√≥n cient√≠fica no se detuvo. Otro gran nombre de esta transformaci√≥n intelectual es el del f√≠sico ingl√©s Isaac Newton, autor de la obra Plilosophiae naturalis principia mathematica (Principios matem√°ticos de la filosof√≠a natural), publicada en 1688. Su obra expone lo que hoy se denomina f√≠sica cl√°sica, con las leyes del movimiento, de la gravedad, de la aceleraci√≥n y de la √≥ptica. Formul√≥ los postulados de la simplicidad y uniformidad de la naturaleza. La naturaleza es simple, de modo que no debemos atribuir a los fen√≥menos m√°s causas que las suficientes para explicarlos. La naturaleza es uniforme: lo que sucede con la luz y la gravedad en la Tierra sucede tambi√©n en cualquier otro planeta. La obra de Newton dio como resultado un marco unitario del mundo y un encuentro efectivo y s√≥lido de la f√≠sica terrestre y la f√≠sica celeste. Este marco unitario puso fin a la creencia, proveniente de la antig√ľedad griega, de una diferencia esencial entre los cielos y la tierra, entre el mundo supralunar y el sublunar, entre la mec√°nica y la astronom√≠a.

En otros campos de la ciencia, cabe recordar al fil√≥sofo y matem√°tico Gottfried Leibniz, uno de los autores del c√°lculo infinitesimal, y a William Harvey, m√©dico y descubridor de la circulaci√≥n sangu√≠nea. Los cient√≠ficos fundaron sus academias para la promoci√≥n del conocimiento natural, como la Royal Society of London for the Promotion of Natural Knowledge en 1662; y la Acad√©mie Royale des Sciences, en 1666, en el reinado de Luis XIV. La instituci√≥n inglesa ten√≠a como lema: Nullius in verba, expresando que no es necesario basarse en la palabra de nadie. La frase est√° tomada de un poema de Horacio: Nullius addictus iurare in verba magistri, / quo me cumque rapit tempestas, deferor hospes; que quiere decir: “sin estar obligado a defender bajo juramento las palabras de un maestro, de buena gana me dejo llevar donde me arrastre la tempestad”. Es decir, en la ciencia, no es v√°lido el argumento de autoridad, sino lo que se puede demostrar. Se estaba configurando la autonom√≠a de la ciencia. Y todo ello para gloria de Dios, ‚Äúla honra y el beneficio de este Reino‚ÄĚ y el bien universal de la humanidad (REALE; ANTISERI, 1990, p. 218).

En la cristiandad cat√≥lica, junto con los avances, tambi√©n se hicieron otras restricciones. En el siglo XVII, la teor√≠a de los √°tomos fue formalmente proscrita por los jesuitas, prohibiendo que se la ense√Īara en sus colegios, por considerarla incompatible con el dogma de la transubstanciaci√≥n. Las obras cient√≠ficas de Descartes fueron colocadas en el Index en 1664. La teor√≠a de la circulaci√≥n sangu√≠nea de Harvey fue puesta en cuesti√≥n porque contradec√≠a a Arist√≥teles y Galeno. En 1751, el naturalista y matem√°tico Georges de Buffon es reprendido, a petici√≥n de la facultad de teolog√≠a de Par√≠s, por afirmar en su Historia natural que el relieve terrestre fue modelado por el mar, que la tierra era originalmente un fragmento de estrella incandescente y que el sol se extinguir√≠a por falta de combustible. Tales declaraciones fueron consideradas ‚Äúprincipios y m√°ximas que no est√°n de acuerdo con la religi√≥n‚ÄĚ (MINOIS, 1992, p. 6).

En el siglo XVIII surgieron teor√≠as geol√≥gicas que negaban el diluvio universal, afirmando que la aparici√≥n del hombre data de hace cientos de miles de a√Īos, y que la Tierra tiene m√°s de seis mil a√Īos. Estas son posiciones que contradicen la letra de la Sagrada Escritura, y la Iglesia Cat√≥lica las condena a medida que aparecen. En 1784, el abad Giraud-Soulavie, cuya obra es la base de la geolog√≠a moderna, se ve obligado a renunciar a sus actividades cient√≠ficas y la Iglesia proh√≠be la publicaci√≥n de los dos vol√ļmenes de su Historia natural de Francia Meridional.

De hecho, la situaci√≥n era compleja porque la Iglesia Cat√≥lica estaba lejos de ser un bloque unido. Mientras que una orden religiosa condenaba cierta doctrina, otra¬† doctrina cuestionada era tolerada. Un parlamento prohib√≠a cierto libro, pero tal obispo lo admit√≠a. El Santo Oficio prohib√≠a cierta opini√≥n, pero tal universidad la ense√Īaba. Esto hizo posible diferentes interpretaciones, formando grietas en la cristiandad que permitieron el avance cient√≠fico.

A fines del siglo XIX, la Iglesia Cat√≥lica actu√≥ en el mundo cient√≠fico con un prop√≥sito apolog√©tico: defender las verdades de fe amenazadas por la ciencia, distinguir la ciencia ‚Äúfalsa‚ÄĚ de la ‚Äúverdadera‚ÄĚ y crear la ‚Äúciencia cat√≥lica‚ÄĚ. Esta tiene como finalidad principal, como escribe el abad Jauge:

La defensa de la fe en el campo cient√≠fico. Se propone recoger, entre el clero y los cat√≥licos ilustrados, el conocimiento de las respuestas dadas hoy por los te√≥logos y por la ciencia profana a las numerosas objeciones que, amparadas por una ciencia enga√Īosa, se dirigen contra las verdades cristianas. (MINOIS, 1992, p. 23)

Este propósito es bastante comprensible en aquel contexto donde los científicos endurecidos y sarcásticos pensaban que la verdadera ciencia conduce al materialismo y al ateísmo. La ciencia católica fracasó porque su propia perspectiva de defender la religión, situando la investigación científica en un contexto de lucha, era contraria a la idea misma de la investigación científica, que sólo debe tener como objetivo el conocimiento y no justificar tal o cual filosofía o religión. Sin embargo, dentro del propio movimiento científico católico surgieron voces que denunciaron la falta de respeto de la Iglesia por la ciencia. En 1897, en el Congreso de la Ciencia Católica realizado en Freiburg, Suiza, el abad Boulay acusó a la jerarquía católica de imponer errores científicos en el Catecismo en nombre de la fe:

Un gran n√ļmero de catecismos de perseverancia, destinados a adolescentes de doce a quince a√Īos, contienen verdaderas herej√≠as cient√≠ficas, errores positivos confundidos con las ense√Īanzas de las verdades m√°s esenciales de la religi√≥n. Los adolescentes y j√≥venes que leen, que estudian con confianza estos manuales, son incapaces de realizar el cribado necesario. Ense√Īarles la creaci√≥n del mundo en seis d√≠as, continuar enmarcando todos los acontecimientos b√≠blicos en la cronolog√≠a vulgar de 4000 a√Īos antes de la era cristiana, ¬Ņno es esto enga√Īar conscientemente a sus j√≥venes inteligencias? ¬ŅNo es exponerlos a la tentaci√≥n del esc√°ndalo y de la duda, ya que m√°s tarde descubrir√°n los errores de estas ense√Īanzas que les fueron transmitidas en nombre de una autoridad dogm√°tica e infalible? (BOULAY apud MINOIS, 1991, p. 257)

Esta advertencia sigue siendo muy v√°lida hoy, dada la expansi√≥n del fundamentalismo religioso. En aquel momento, sin embargo, prevalec√≠a en la doctrina cat√≥lica la lectura literal de los primeros tres cap√≠tulos del G√©nesis, tal como lo determin√≥ la Santa Sede en 1909 (DENZIGER; H√úNERMANN, 2007, n. 3512-3514). A pesar de ello, la Sede Romana tuvo iniciativas positivas en el campo cient√≠fico, como la creaci√≥n del Observatorio Astron√≥mico Vaticano, en Castel Gandolfo, y de la Pontificia Academia de Ciencias, que luego fue presidida por el m√©dico brasile√Īo Carlos Chagas Filho, entre 1972 y 1988.

En el siglo XX, uno de los nombres m√°s importantes en el di√°logo entre fe y ciencia es el del paleont√≥logo y te√≥logo jesuita Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955). Su obra es considerada el intento m√°s seductor y audaz de s√≠ntesis entre la ciencia moderna y la fe. Sus principales publicaciones son El medio divino (1927), El fen√≥meno humano (1940), El coraz√≥n de la materia (1950) y Lo cr√≠stico (1955), que expresan una visi√≥n grandiosa basada en la ‚Äúevoluci√≥n aplicada al cosmos y al esp√≠ritu‚ÄĚ. A partir de la creaci√≥n, ve el universo realizando un vasto movimiento de complejizaci√≥n que, a trav√©s de muchas mutaciones, permite la emergencia del esp√≠ritu y de la conciencia desde la materia, hacia la plenitud que es la realizaci√≥n del Cristo c√≥smico, el Omega. Este proceso concierne a todos los seres humanos. Cada uno se inserta en el movimiento de la realizaci√≥n del Cristo, por amor.

Las ideas de Teilhard de Chardin fueron mal recibidas por las autoridades eclesi√°sticas, sufriendo muchas censuras y prohibiciones que ilustran la dificultad del di√°logo entre la Iglesia y la ciencia a√ļn en el siglo XX. Las consecuencias teol√≥gicas de esta s√≠ntesis le causaron problemas. Se reproch√≥ a sus ideas haber ocultado el pecado original y el mal, y con ello la redenci√≥n; por no haber valorado debidamente la trascendencia en relaci√≥n con el mundo material, y la especificidad del esp√≠ritu en relaci√≥n con la materia. Teilhard muri√≥ en el anonimato, exiliado por las autoridades romanas. Despu√©s de su muerte, sus libros fueron publicados por editoriales no cat√≥licas y su venta fue prohibida en las librer√≠as cat√≥licas en 1957. Sin embargo, su pensamiento est√° muy vivo e influy√≥ en el Concilio Vaticano II. En las √ļltimas d√©cadas, ha sido elogiado por los papas.

En medio de las controversias entre fe y ciencia, desde fines del siglo XIX, los estudios b√≠blicos en el mundo cat√≥lico comenzaron a progresar m√°s all√° del sentido literal (LE√ÉO XIII, 1893, n. 39). En el pontificado de P√≠o XII (1939-1958), una enc√≠clica trata de los ‚Äúg√©neros literarios‚ÄĚ en la Biblia. Lo que expresan los autores sagrados no es tan claro como en los escritores de nuestro tiempo, dice el Papa. Su significado no puede ser determinado solo por las reglas de la gram√°tica y la filolog√≠a, sino tambi√©n por el contexto m√°s amplio de los tiempos antiguos del Oriente. El int√©rprete actual debe utilizar la historia, la arqueolog√≠a, la etnolog√≠a y otras ciencias para examinar y distinguir claramente qu√© g√©neros literarios utilizaron realmente los escritores de aquellos tiempos remotos. Con un justo concepto de inspiraci√≥n b√≠blica, no debe sorprender que en los autores sagrados, as√≠ como en sus contempor√°neos, se encuentren ciertas formas de exponer y contar, ciertas particularidades idiom√°ticas, especialmente de las lenguas sem√≠ticas, ciertas expresiones aproximativas o hiperb√≥licas, tal vez parad√≥jicas, que sirven para grabar las cosas con mayor firmeza en la memoria. Ninguna de las formas de hablar de los antiguos, especialmente entre los orientales, es incompatible con las Sagradas Escrituras, ya que el g√©nero adoptado no repugna a la santidad y verdad de Dios (PIO XII, 1943, n. 20).

Con la incorporaci√≥n de elementos hist√≥rico-cr√≠ticos en la interpretaci√≥n de la Biblia, la teor√≠a de la evoluci√≥n comenz√≥ a ser admitida, aunque con restricciones. P√≠o XII afirm√≥ que es leg√≠timo suponer el origen del cuerpo humano en la materia viva preexistente. Sin embargo, conden√≥ el poligenismo, la teor√≠a de un origen m√ļltiple de la humanidad al admitir individuos que no descender√≠an del primer hombre, Ad√°n. Para el Papa, esto contradice la doctrina del pecado original, cometido por √©l y transmitido a todos los dem√°s por generaci√≥n, junto con sus consecuencias, convirti√©ndose en el pecado propio de todo ser humano. No se debe proceder como si nada, en las fuentes de la Revelaci√≥n, exigiera la m√°xima moderaci√≥n y cautela en esta materia cient√≠fica (PIO XII, 1950, n. 35-37). Hay un progreso considerable, de eso no hay duda, pero permanece la tutela religiosa sobre la ciencia.

En el Concilio Vaticano II (1962-1965), hubo un gran encuentro de la Iglesia con el mundo moderno, que permiti√≥ la resoluci√≥n de varios problemas y la superaci√≥n de muchos malestares. La Iglesia cat√≥lica, tras siglos de reticencias, acept√≥ la libertad de conciencia y la libertad religiosa, con la “justa autonom√≠a de las realidades terrenas”, que incluyen la separaci√≥n de iglesia y estado, y la autonom√≠a de la ciencia.

En relaci√≥n con la Biblia, la Revelaci√≥n divina transmitida en ella se entiende como la autocomunicaci√≥n de Dios al ser humano, que alcanza su plenitud en Jesucristo (DV, n.2). El √©nfasis est√° en la relaci√≥n interpersonal, y no en la transmisi√≥n de un conjunto de enunciados inmutables con un significado un√≠voco. El m√©todo hist√≥rico-cr√≠tico es asumido por el Concilio y bien sintetizado: el lector contempor√°neo debe buscar el sentido que los autores sagrados en determinadas circunstancias, seg√ļn las condiciones de su tiempo y de su cultura, pretendieron expresar utilizando los g√©neros literarios entonces empleados. Hay que tener en cuenta los modos espec√≠ficos de sentir, decir o narrar que se usaban en su √©poca, as√≠ como los modos que se usaban con frecuencia en las relaciones entre los hombres de aquella √©poca (DV, n. 12).

Hay un nuevo tono mucho m√°s positivo hacia la confianza y la colaboraci√≥n. El Concilio reconoce que las investigaciones y descubrimientos recientes en las ciencias, la historia y la filosof√≠a plantean nuevos problemas, que tienen consecuencias para la vida y requieren nuevos estudios por parte de los te√≥logos. En la acci√≥n pastoral de la Iglesia se deben conocer y aplicar no s√≥lo los principios teol√≥gicos, sino tambi√©n los datos de las ciencias profanas, especialmente la psicolog√≠a y la sociolog√≠a, para que los fieles sean conducidos a una vida de fe m√°s pura y adulta. Se exhorta a los fieles a vivir en estrecha uni√≥n con los dem√°s hombres de su tiempo, y a comprender bien su manera de pensar y de sentir, que se expresa a trav√©s de la cultura. Que sepan conciliar los nuevos conocimientos cient√≠ficos y sus √ļltimos descubrimientos con las costumbres y la doctrina cristianas. Que la pr√°ctica religiosa y la rectitud moral acompa√Īen en los fieles el conocimiento cient√≠fico y el progreso t√©cnico, para que sean capaces de apreciar e interpretar todas las cosas con aut√©ntico sentido cristiano (GS, n. 62).

¬† En el mensaje final del Concilio, se exhorta a los hombres dedicados al pensamiento y a la ciencia a considerar que quiz√°s nunca como hoy, por la gracia de Dios, ha sido tan acogida la posibilidad de un acuerdo profundo entre la verdadera ciencia y la verdadera fe, sirviendo una y otra a la √ļnica verdad. Que este precioso encuentro no sea impedido (PAULO VI, 1965).

Cabe se√Īalar que, al reconocer en las ciencias profanas una importante ayuda para una vida de fe m√°s pura y adulta, est√° impl√≠cito el riesgo de desatender estas ciencias, contribuyendo a una fe menos pura y menos adulta. Con los nuevos vientos conciliares de acercamiento y reconciliaci√≥n, Pablo VI, en 1966, puso fin al √ćndice de Libros Prohibidos.

A√Īos m√°s tarde, durante el pontificado de Juan Pablo II, se dio un importante apoyo a la investigaci√≥n cient√≠fica, especialmente a trav√©s de visitas a centros de investigaci√≥n y pronunciamientos dirigidos a los cient√≠ficos. La m√°s importante de ellas es una carta escrita en 1988 al director del observatorio astron√≥mico del Vaticano, el jesuita George Coyne, con motivo del tricentenario de la publicaci√≥n de la Philosophiae Naturalis Principia Mathematica de Newton.

El Papa dice que es necesario que el cristianismo, las grandes religiones y la comunidad cient√≠fica entablen un di√°logo que supere la fragmentaci√≥n de la cultura moderna, hacia una visi√≥n unificada. Esta unidad es la que nos permite dar sentido a la realidad y a la vida. Enfatiza que la ciencia es ciencia y la religi√≥n es religi√≥n, cada una con sus principios y procedimientos. Que la teolog√≠a no profesa una pseudociencia, y que la ciencia no es inconscientemente una teolog√≠a. El cristianismo tiene sus propias fuentes de justificaci√≥n dentro de s√≠ mismo y no espera que la ciencia sea su base apolog√©tica. Y advierte a los te√≥logos contra el uso apresurado de teor√≠as cient√≠ficas con fines apolog√©ticos. La ciencia est√° ah√≠, desaf√≠a a la teolog√≠a, y su visi√≥n del mundo es inevitablemente asimilada por los cristianos, observa Juan Pablo II. Que lo hagan con profundidad y perspicacia, no de una manera acr√≠tica y superficial, no de una manera que humille el evangelio y averg√ľence a los cristianos ante la historia. La ciencia puede purificar la religi√≥n del error y la superstici√≥n, y la religi√≥n puede purificar la ciencia de la idolatr√≠a y los falsos absolutos (JUAN PAULO II, 1988).

El aislamiento de ambas, por lo tanto, es mutuamente perjudicial. El uso de la ciencia puede ser masivamente destructivo, y las posiciones de la religión pueden ser oscurantistas y estériles. Cada una puede aportar a la otra un horizonte más amplio, para el bien de todos. Otro aporte importante de este Papa fue un documento de la Curia romana sobre la interpretación de la Biblia. En él refuta, con sabiduría y firmeza, la lectura fundamentalista de la Sagrada Escritura.

Esta lectura asume que la Biblia, siendo la Palabra de Dios inspirada y libre de errores, debe ser leída e interpretada literalmente en todos sus detalles, excluyendo cualquier entendimiento que tenga en cuenta el crecimiento histórico  y el desarrollo del texto bíblico. Se opone así al uso del método histórico-crítico, así como a cualquier otro método científico. El fundamentalismo, con raíces en el principio de Lutero de sola Scriptura (solo las Escrituras), fue organizado más tarde por un amplio sector protestante que se oponía a la exégesis liberal. El nombre de este movimiento reactivo está directamente relacionado con el Congreso Bíblico Americano, realizado en 1895. Los principios del fundamentalismo son: la inerrancia verbal de la Escritura, la divinidad de Cristo, su nacimiento virginal, la doctrina de la expiación vicaria y la resurrección corporal en la segunda venida de Cristo. Esta lectura se difundió ampliamente en otros continentes, influenciando también a los católicos.

El enfoque fundamentalista tiende a tratar el texto b√≠blico como si fuera dictado palabra por palabra por el Esp√≠ritu Santo. Este enfoque es peligroso, advierte el documento, ya que es atractivo para las personas que buscan respuestas b√≠blicas a los problemas de su vida. En lugar de decirles que la Biblia no contiene necesariamente una respuesta inmediata a cada uno de estos problemas, este enfoque puede confundirlos al ofrecerles interpretaciones piadosas pero enga√Īosas. El fundamentalismo invita, sin decirlo, a una especie de ‚Äúsuicidio del pensamiento‚ÄĚ. Pone una falsa certeza en la vida, ya que inconscientemente confunde las limitaciones humanas del mensaje b√≠blico con la sustancia divina de ese mensaje (PCB, 1993, I. F).

El mismo documento romano eval√ļa el uso del m√©todo hist√≥rico-cr√≠tico, que pone de manifiesto, de forma diacr√≥nica, el sentido expresado por los autores y redactores de la Biblia. Este m√©todo tiene l√≠mites, pues se restringe a la b√ļsqueda del sentido del texto b√≠blico en las circunstancias hist√≥ricas de su producci√≥n. No est√° interesado en otras potencialidades de significado, que se manifestaron en el curso de per√≠odos posteriores de la revelaci√≥n b√≠blica y de la historia de la Iglesia. Sin embargo, el m√©todo contribuy√≥ a la producci√≥n de obras de ex√©gesis y teolog√≠a b√≠blica de gran valor. Con la ayuda de otros m√©todos y enfoques, abre al lector moderno el acceso al significado del texto de la Biblia, tal como se puede tener (PCB, 1993, I. A).

El di√°logo entre fe y ciencia contin√ļa con el Papa Benedicto XVI. Se comprometi√≥ a profundizar y releer el concepto de ley natural que, seg√ļn la tradici√≥n judeocristiana, est√° ‚Äúescrita en el coraz√≥n del hombre‚ÄĚ y orienta sus juicios √©ticos (Rm 2, 14-16), indicando el bien a ser hecho y el mal por evitar. Para el Papa, la contribuci√≥n de los cient√≠ficos debe ser mayor que posibilitar el dominio humano sobre la naturaleza. Deben ayudar a comprender la responsabilidad del ser humano por su pr√≥jimo y por la naturaleza que le ha sido confiada. As√≠, es posible desarrollar un ‚Äúdi√°logo fecundo entre creyentes y no creyentes; entre fil√≥sofos, juristas y hombres de ciencia‚ÄĚ. Este di√°logo tambi√©n puede ofrecer al legislador un material precioso para la vida personal y colectiva (BENTO XVI, 2007).

Retoma el concepto patr√≠stico de liber naturae (libro de la naturaleza). La Iglesia ense√Īa que Dios, creando y conservando todas las cosas por el Verbo, ofrece a los hombres un testimonio permanente de s√≠ mismo en la creaci√≥n. Como el misterio de Cristo est√° en el centro de la Revelaci√≥n divina, se debe reconocer que la creaci√≥n misma, el libro de la naturaleza, tambi√©n forma parte esencial de una sinfon√≠a de muchas voces en la que el Verbo √ļnico se expresa. La creaci√≥n nace del Logos, portando el signo indestructible de la raz√≥n creadora que la regula y gu√≠a (BENTO XVI, 2010b, n. 7-9). Esta certeza est√° expresada en los Salmos: ‚ÄúPor la palabra del Se√Īor fueron hechos los cielos; por el soplo de su boca todo su ej√©rcito¬Ľ (Sal 33, 6). El libro de la naturaleza es uno e indivisible, ya sea respecto al medio ambiente ya sea respecto a la vida humana y su desarrollo integral (BENTO XVI, 2009, n. 51). El te√≥logo tambi√©n tiene una mirada sobre la naturaleza investigada por el cient√≠fico, buscando la racionalidad y la unidad que surgen de la raz√≥n creadora.

3 Cuestiones contempor√°neas

Con todos los cambios que han tenido lugar en los √ļltimos cien a√Īos, quedan cuestiones conflictivas. Una es la doctrina del pecado original, basada en los primeros cap√≠tulos de la Biblia. Todav√≠a hoy se ense√Īa que al principio de la historia humana hubo un hombre y una mujer creados en estado de santidad, exentos de la muerte y viviendo en armon√≠a con la naturaleza circundante (CIC, 1992, n. 390 y 398-400) , en un entorno y en una situaci√≥n tradicionalmente denominada “para√≠so terrenal”. Esta doctrina se ha vuelto inadmisible para la ciencia. Teilhard de Chardin, basado en sus estudios paleontol√≥gicos, ya confi√≥ a principios de la d√©cada de 1920:

Cuanto m√°s resucitamos cient√≠ficamente el pasado, menos espacio encontramos para Ad√°n y para el para√≠so terrenal. […] No hay el menor rastro en el horizonte, no hay la menor cicatriz, que indique las ruinas de una edad de oro o nuestra amputaci√≥n de un mundo mejor. (CHARDIN, 1969, p. 62-63)

El acceso a la fe cristiana para muchas personas est√° bloqueado por la ense√Īanza sobre el pecado original. Un ejemplo de ello es el fil√≥sofo del derecho Norberto Bobbio, uno de los m√°s importantes en su campo en el siglo XX. Fue sensible a la dimensi√≥n religiosa del ser humano, que contempla y siente sus propios l√≠mites, sabiendo que la raz√≥n humana es una peque√Īa l√°mpara que ilumina un espacio diminuto frente a la grandeza e inmensidad del universo. Bobbio descubri√≥ que ‚Äúcuanto m√°s sabemos, m√°s sabemos que no sabemos‚ÄĚ. El espacio de la conciencia humana se ha expandido enormemente, pero cuanto m√°s se expande ese espacio, m√°s consciente se vuelve la conciencia de la inmensidad que no conoce. Aun manteni√©ndose dentro de los l√≠mites de su propia raz√≥n, Bobbio tiene el ‚Äúsentido del misterio‚ÄĚ, com√ļn tanto al hombre de raz√≥n como al hombre de fe. La diferencia, para √©l, es que el hombre de fe llena este misterio con revelaciones y verdades venidas de lo alto, de las que Bobbio no puede convencerse. Una de estas verdades es el pecado original, esta culpa original y colectiva transmitida de generaci√≥n en generaci√≥n. Para √©l es algo sumamente primitivo, ligado a una concepci√≥n tribal (BOBBIO, 2000, p. 7-9).

El historiador Jean Delumeau, autor de un vasto trabajo sobre el miedo, la culpa en Occidente y la idea del para√≠so, propone a las iglesias cristianas un urgente aggiornamento (actualizaci√≥n) sobre el pecado original. Que sea reconsiderada la enormidad atribuida a la primera falta: la pena de muerte y la culpabilidad hereditaria resultante. Es mejor hablar del ‚Äúpecado del mundo‚ÄĚ que Jes√ļs viene a ‚Äúquitar‚ÄĚ, seg√ļn el Evangelio de Juan (1,29), en el sentido de que todos nacemos en un mundo en el que ya existe el pecado. Un mundo en el que la maldad, el orgullo, la voluntad de poder y la concupiscencia se han acumulado desde el comienzo de la humanidad (DELUMEAU, 2007, p. 77-94).

A pesar de esta divergencia, en general, la actitud reciente de la Iglesia católica hacia el conocimiento científico es de respeto a su autonomía, fomento de la investigación y asombro ante los descubrimientos. La hostilidad y la desconfianza del pasado han dado paso a una colaboración dinámica. Sin embargo, en las ciencias aplicadas a la vida y su transmisión, la situación sigue siendo conflictiva debido a las prohibiciones de la moral católica. La oposición de la Iglesia a los medios anticonceptivos artificiales, la inseminación artificial y la fertilización in vitro no es aceptada por los no católicos e incluso por muchos fieles católicos. También en antropología existe divergencia sobre la comprensión de la creación del ser humano como hombre y mujer, y la diversidad sexual y de género (LIMA, 2019).

Conclusión

La Biblia y la ciencia son diferentes niveles de conocimiento. El libro sagrado de los cristianos es la fuente y el alimento de su propia fe y también puede ser leído provechosamente por los no creyentes. El mundo en el que viven los cristianos está profundamente moldeado por la ciencia y su lenguaje. No puede ser ignorada, ni en la comprensión de las Escrituras, ni en la elaboración de la teología, ni en el diálogo con la contemporaneidad, ni en el compromiso a favor de un mundo más justo y solidario. La ciencia siempre puede advertir a la religión contra el error y la superstición, y la religión siempre puede advertir a la ciencia contra las idolatrías y los falsos absolutos.

El relato cient√≠fico del ser humano permite percibir que la persona humana est√° profunda e intr√≠nsecamente interconectada con las dem√°s criaturas del planeta, como hija de la tierra e hija del universo; y la persona humana tiene la dignidad y la responsabilidad particular de ser esa criatura en la que el universo alcanz√≥ la autoconciencia (HAIGHT, 2012, p. 17). La ciencia y la fe pueden unirse en una profunda admiraci√≥n por la creaci√≥n y en el acto de alabar al Creador, siguiendo el ejemplo del astrof√≠sico contempor√°neo Enrico Medi, cuya causa de beatificaci√≥n est√° en proceso. √Čl escribi√≥:

Oh t√ļ, galaxia misteriosa […] Te veo, calculo, comprendo, estudio y descubro, penetro y recopilo. De ti tomo la luz y hago ciencia, tomo el movimiento y lo hago sabidur√≠a, tomo el brillo de los colores y lo hago poes√≠a; Os recojo, estrellas, en mis manos y, temblando en la unidad de mi ser, os elevo por encima de vosotras y, en oraci√≥n, os ofrezco al Creador, que s√≥lo a trav√©s de m√≠ pod√©is vosotras mismas adorar (MEDI apud BENTO XVI, 2010a).

Luís Corrêa Lima, PUC-Rio. Texto original en portugués. Enviado: 25/08/2022; Aprobado: 30/11/202e; Publicado: 30/12/2022

 Referencias

AGOSTINHO. Obras de San Agust√≠n: en edici√≥n biling√ľe. 41 v. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos: 1972.

BENTO XVI. Discurso do papa Bento XVI aos participantes no congresso sobre lei moral natural promovido pela Pontifícia Universidade Lateranense. Roma, 12 fev 2007. Disponible en: https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/pt/speeches/2007/february/documents/hf_ben-xvi_spe_20070212_pul.html. Acceso el: 12 sept 2022.

BENTO XVI. Carta encíclica Caritas in Veritate. Roma, 2009. Disponible en: https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/pt/encyclicals/documents/hf_ben-xvi_enc_20090629_caritas-in-veritate.html. Acceso el: 4 nov 2022.

BENTO XVI. Audiência geral: Santo Alberto Magno. Praça São Pedro, 24 mar 2010a. Disponible en: https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/pt/audiences/2010/documents/hf_ben-xvi_aud_20100324.html.  Acceso el: 9 ago 2022.

BENTO XVI. Exortação pós-sinodal Verbum Domini. Roma, 2010b. Disponible en: https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/pt/apost_exhortations/documents/hf_ben-xvi_exh_20100930_verbum-domini.html. Acceso el: 4 feb 2022.

BOBBIO, N. Religione e religiosit√†. In: Micromega 2 ‚Äď Almanacco di filosofia. Roma: Gruppo Editoriale L’Espresso 2000, p.7-16.

BUTLER, J. Problema de gênero: feminismo e subversão da identidade. Rio de Janeiro: Civilização Brasileira, 2008.

CHARDIN, P. T. de Chardin, P. Comment je crois. Paris: Seuil, 1969.

CATECISMO DA IGREJA CAT√ďLICA (CIC). Roma: 1992. Disponible en: https://www.vatican.va/archive/compendium_ccc/documents/archive_2005_compendium-ccc_po.html. Acceso el: 5 oct 2022.

CONC√ćLIO VATICANO II. Constitui√ß√£o Pastoral Gaudium et Spes (GS) sobre a Igreja no mundo atual. Roma, 1965. Disponible en https://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_po.html. Acceso el: 6 nov 2022.

CONC√ćLIO VATICANO II. Constitui√ß√£o dogm√°tica Dei Verbum (DV) sobre a revela√ß√£o divina. Roma, 1965. Disponible en: https://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_const_19651118_dei-verbum_po.html. Acceso el: 4 nov 2022.

DELUMEAU, J. À espera da aurora: um cristianismo para o amanhã. São Paulo: Loyola, 2007.

DENZIGER, H.; H√úNERMANN, P. Comp√™ndio dos s√≠mbolos, defini√ß√Ķes e declara√ß√Ķes de f√© e moral. S√£o Paulo: Paulinas/Loyola, 2007.

HAIGHT, R. O seguimento de Cristo numa era científica. São Leopoldo: Unisinos, 2012.

JO√ÉO PAULO II. Letter of his holiness John Paul II to reverend George V. Coyne, S.J. Vaticano, 1¬ļ jun 1988. Disponible en: https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/en/letters/1988/documents/hf_jp-ii_let_19880601_padre-coyne.html. Acceso el: 3 ene 2022.

LEÃO XIII. Providentissimus Deus. Roma, 1893. Disponible en: https://www.vatican.va/content/leo-xiii/es/encyclicals/documents/hf_l-xiii_enc_18111893_providentissimus-deus.html. Acceso el: 10 ene 2022.

LIMA, L. Gênero e orientação sexual. DE MORI, G. (Ed.). Theologica Latinoamericana Enciclopédia Digital. FAJE, Belo Horizonte: 2019, s/pag. Disponible en : <http://theologicalatinoamericana.com/?p=1786>. Acceso el: 19 feb 2022.

MINOIS, G. L‚Äô√Čglise et la science: histoire d‚Äôun malentendu. v. I: De saint Augustin √† Galil√©e. Paris: Fayard, 1990.

MINOIS, G. L‚Äô√Čglise et la science: histoire d‚Äôun malentendu. ¬†v. II: De Galil√©e a Jean-Paul II. Paris: Fayard, 1991.

MINOIS, G. L‚Äô√Čglise et la science: histoire d‚Äôun malentendu. Fetes et Saisons, n. 463, p.2-33. 1992.

NUMBERS, R. (org.). Galileu na prisão: e outros mitos sobre ciência e religião. Lisboa: Gradiva, 2012.

PIO XII. Divino Afflante Spiritu. Roma, 1943. Disponible en: https://www.vatican.va/content/pius-xii/pt/encyclicals/documents/hf_p-xii_enc_30091943_divino-afflante-spiritu.html . Acceso el: 2 sept 2022.

PIO XII. Humani generis. Roma, 1950. Disponible en: https://www.vatican.va/content/pius-xii/pt/encyclicals/documents/hf_p-xii_enc_12081950_humani-generis.html. Acceso el: 1 sept 2022.

PONTIF√ćCIA COMISS√ÉO B√ćBLICA (PCB). A interpreta√ß√£o da B√≠blia na Igreja. Roma, 1993. Disponible en: https://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/pcb_documents/rc_con_cfaith_doc_19930415_interpretazione_po.html. Acceso el: 22 ene 2022.

REALE, G.; ANTISERI, D. História da Filosofia. v. II. São Paulo, Paulinas, 1990.

Para profundizar m√°s:

ARNOULD, J. Darwin, Teilhard de Chardin e Cia. S√£o Paulo: Paulus, 1999.

CONCILIUM (Revista Internacional de Teologia). Evolução e Fé, n. 284, 2000/1.

MALDAM√Č, J.-M. O pecado original: f√© crist√£, mito e metaf√≠sica. S√£o Paulo: Loyola, 2013.

PETERS, T; BENNETT, G. (org.). Construindo pontes entre a ciência e a religião. São Paulo: Loyola/Unesp, 2003

VAZ, H. Universo científico e visão cristã em Teilhard de Chardin. Petrópolis: Vozes, 1967.