Gracia

Índice

Introducción

1 Experiencia antropológica de la gracia

2 El término gracia en perspectiva bíblica

2.1 En el Antiguo Testamento

2.2 En el Nuevo Testamento

3 Otros términos bíblicos para la realidad de la gracia

4 La gracia como acontecimiento: el Reino de Dios en Jesucristo

4.1 Un acontecimiento

4.2 El acontecer del Reino en la persona y ministerio de Jesús, inseparable de su Espíritu

4.3 Una nueva situación generada por nuevas relaciones

4.4 Gratuidad, libertad, perdón

4.5 Oración

4.6 Presente y futuro

4.7 Cruz

4.8 Atracción y cumplimiento del Reino por el Espíritu

5 Gracia como nueva vida

5.1 El testimonio paulino

5.2 La entrada en el dinamismo del Reino

5.3 Una narrativa paradigmática: “tu fe te ha salvado”

5.4 Justificación: don y respuesta en la nueva vida

5.5 Universalidad e integralidad de la nueva vida

5.6 Liberación y libertad en la nueva vida

5.7 La oración en la vida nueva

5.8 Regeneración de relaciones fundamentales: el contenido de una nueva vida

6 La gracia como secreto de salvación

6.1 Un secreto de salvación presente en el ser humano

6.2 Un secreto de salvación presente en la historia y las culturas

6.3 Un secreto de salvación presente en el cosmos

7 Dinamismos de la gracia: encarnatorio-kenótico, trinitario y sacramental

7.1 Dinamismo encarnatorio y kenótico

7.2 Dinamismo trinitario

7.3 Dinamismo sacramental

Conclusión

Referencias

Introducción

La palabra gracia, tal como se usa en el lenguaje cristiano, designa los múltiples aspectos –diferentes pero entrelazados– de la realidad nueva y salvadora, proveniente de Dios, por y en Jesucristo, en el Espíritu, que impregna la humanidad, la historia y toda la creación, actuando y transformándolos desde dentro y ofreciéndoles un futuro nuevo . Esta realidad de Dios, a la vez, hace posible que la humanidad la acoja, la experimente, la viva y la comparta; a toda la creación, permite que sea recibida y comunicada.

La realidad de la gracia aquí pretende ser tratada en un sentido bíblico, dinámico, liberador, integrado y relacional. El siguiente esquema, en siete puntos, guía el enfoque:

  1. Experiencia antropológica de la gracia
  2. El término gracia en la perspectiva bíblica
  3. Otros términos bíblicos para la realidad de la gracia
  4. La gracia como acontecimiento: el Reino de Dios en Jesucristo
  5. La gracia como vida nueva
  6. La gracia como secreto de salvación en lo humano, en la historia, en las culturas y en el cosmos
  7. Dinamismos de la gracia: encarnatorio, kenótico, trinitario y sacramental
1 Experiencia antropológica de la gracia

En la raíz de la reflexión teológica sobre la gracia hay una experiencia antropológica simple, corporal y poética de la gratuidad, la graciosidad y la gratitud que posibilita la formación de los sentidos del lenguaje de la gracia (SEGUNDO, 1977, p. 6-9). Esta experiencia se da a través de actitudes marcadas por la jovialidad, la flexibilidad, la apertura, el reconocimiento del don y don gratuito de sí mismo. Se percibe en contacto con lo excesivo, creativo, sorprendente y encantador. En las relaciones humanas y sociales, se siente cuando se supera el intercambio justo, predeterminado, necesario y deducible. En el evangelio de Lucas, Jesús enfatiza este significado cuando pregunta: “si amáis a los que os aman, ¿qué gratitud merecéis?” y “si hacéis el bien a los que os lo hacen, ¿qué gratitud merecéis?” (Lc 6,32-33).

La percepción antropológica y universal de la realidad gratuita, que sobrepasa todas las medidas, sorprende y encanta, permite comprender mejor por qué la palabra gracia se usa teológicamente, para expresar la benevolencia y misericordia de Dios y los bienes que de él brotan. Especialmente, designa el mayor bien: la nueva realidad traída gratuitamente por Cristo, la gracia en persona. Para la fe cristiana, el carácter de lo libre, lo misericordioso, lo abundante y encantador presente en la existencia profunda de lo humano y del mundo lo confiere Dios mismo (SEGUNDO, 1977, p. 13). Es él quien hace posible esta experiencia, posibilita la crítica de la vida negada, invita a la acogida concreta y práctica de la novedad de la vida, porque él, Dios, es su fuente.

2 El término gracia en perspectiva bíblica

La reflexión cristiana sobre la gracia de Dios en Jesucristo está preparada por un humus amplio, compuesto de términos que enfatizan el carácter libre, misericordioso y benevolente de Dios en su relación con la humanidad, su pueblo y el mundo creado.

2.1 En el Antiguo Testamento

En el Antiguo Testamento, los principales términos hebreos equivalentes a gracia son ḥen y ḥesed. El término ḥen indica la benevolencia y el favor de Dios que, en sentido literal, se inclina hacia los miserables (de la raíz ḥanan, que significa inclinar la mirada), generando expresiones como “encontrar ‘gracia’ a los ojos del Señor” (Gn 6,8; Ex 33,12-17); disfrutar del favor (Ex 3.21; 11,3). La palabra ḥesed designa la misericordia, el amor, la amistad, la bondad y la fidelidad generosa de Dios a su alianza. Este término está asociado con emet, que enfatiza la firmeza, fidelidad, veracidad y lealtad de Dios a la promesa hecha; y raḥamim, compasión y ternura divinas, adhesión cordial e incluso visceral a sus seres queridos. Son vocablos que se encuentran tanto en conjunto, como en Ex 34,6-7 (BAUMGARTNER, 1982, p. 36) y en el Salmo 77 (76), 9-10 (FLICK; ALSZEGHY, 1964, p. 19), así como en numerosas composiciones entre ellos como términos equivalentes. Esta constelación semántica expresa al mismo Dios en su fidelidad a sí mismo, a la alianza que estableció con su pueblo y a su proyecto de vida y liberación en relación con ese pueblo, a pesar del rechazo y ruptura humana en relación con Dios. Califica el amor divino, libre y misericordioso.

Asociada a estos términos está la expresión todah, o celebrar, agradecer y alabar al Señor por sus misericordias (SESBOÜÉ, 2010, p. 230). La alianza de Dios con su pueblo implica un encuentro de la misericordia de Dios con la aceptación agradecida y activa de esta misericordia, respuesta al amor divino (Dt 5,10; 7,9.12). En este sentido, la gracia implica “actitud de alianza” (KONINGS, 2000, p.91) entre Dios y el pueblo.

En la Septuaginta, las palabras principales que significan gracia como un don gratuito, benévolo y misericordioso de Dios fueron traducidas por los términos charis, traducción griega de ḥen, y eleos, traducción griega de ḥesed (SESBOÜÉ, 2010, p. 230).

La literatura sapiencial tardía añadió otros significados al término charis. De particular importancia para el significado cristiano es la asociación de la gracia con la sabiduría creadora de Dios (Sab 8, 21). Dios crea a través de la sabiduría y la justicia (Pr 3,19; 8,20-31) y estas se identifican con la Ley y la Torá (Sr 24,23) (SESBOÜÉ, 2010, p. 231). El término también se asocia con el encanto y la gracia de la virtud (Pr 1,9; 3,22), indica el beneficio divino otorgado a los justos (Sb 3,14) y la justicia misma, vista como una recompensa otorgada a los elegidos (Sb 3,9), también en la vida futura (Sb 4,14-15) (BAUMGARTNER, 1982, p. 36).

La constelación semántica, vista arriba, constituye el humus para el uso de la expresión en el Nuevo Testamento.

2.2 En el Nuevo Testamento

En el NT, la palabra charis trae el sentido más amplio del Antiguo Testamento visto arriba y encuentra su centro en la salvación en Jesucristo (SESBOÜÉ, 2010, p. 230). El término latino gratia (gracia) traduce el griego charis.

Cabe señalar que el término no aparece una sola vez en los Evangelios de Marcos y Mateo, raramente en Juan (tres veces en el Prólogo), siendo más frecuente en Lucas (ocho veces) y en los Hechos de los Apóstoles (diecisiete veces). En las epístolas de São Paulo, se convierte en expresión central y se menciona más de cien veces (BAUMGARTNER, 1982, p. 32).

En la teología paulina, la benevolencia y el amor de Dios están asociados con el don de Cristo y con la nueva vida que él creó (LADARIA, 1997, p. 145-147). La gracia significa:

– Jesucristo mismo; las fórmulas del saludo: “¡Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con vosotros!” (Rm 16,20 cf. 1Cor 16,23; 2Cor 13,13 y otros), puede significar “la gracia que es Jesucristo”, demostrando que “el amor y la gracia de Dios por los hombres adquieren, en Jesús, un rostro concreto” (LADARIA, 1997, pág. 146);

– el nuevo entorno en el que la persona encarnada en Cristo se encuentra y vive (estar en la gracia es estar en Cristo, cf. Rm 5,2), un entorno en el que se hace posible una nueva vida (Rm 6,1.4) , vivida en la gratuidad en el amor de Dios y en la verdadera libertad (“no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia”, Rm 6,14; cf. Gal 1, 6; 5, 4), en el Espíritu (Gal 5 ,18; 2Cor 3, 17);

– el poder paradójico de Dios en Cristo, que invierte la visión común y fortalece al hombre en su debilidad (“Bástate mi gracia, porque es en la debilidad donde la fuerza manifiesta todo su poder”, 2Cor 12,9);

– el evento iniciador de redención y transformación; la gracia dada en Jesús es radical y más fuerte que el mal; en Cristo se obtiene la redención de los pecados (Ef 1,6ss); gracias a ella, el cristiano se incorpora a Cristo mismo, mediante la fe (Ef 2,5-8);

– la obra de Cristo en una perspectiva cósmica y universal (Ef 1,3ss);

– Cristo mismo como revelación y epifanía del amor de Dios por los hombres y las mujeres (en las cartas pastorales, en Tt 2, 11ss; 3,4-7);

– el don particular de misión y apostolado recibido por Pablo, del cual no es personalmente digno (Rm 1,5 – “por quien hemos recibido la gracia y la misión de predicar”; cf. Rm 12, 3; Gal 1, 15).

3 Otros términos bíblicos para la realidad de la gracia

Los Evangelios encuentran otras formas de expresar el don de Dios en Jesucristo, la transformación que produce en el ser humano y en el mundo, y los caminos concretos de su acogida, a juzgar por la escasez del término gracia en la redacción de estos. libros. En la teología joánica, por ejemplo, la noción de amor-ágape enfatiza la gratuidad y la misericordia de Dios y sus efectos sobre el amor entre hermanos (BAUMGARTNER, 1982, p. 32). La idea de vida y de luz traduce la novedad y la misión de Jesús y la participación en ellas: “Yo he venido para que tengan vida” (Jn 10,10); “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6) (LADARIA, 2007, p. 104; BAUMGARTEN, 1982, p. 57). En los evangelios sinópticos, el término que corresponde a la idea joánica de “vida eterna” es la realidad del Reino de Dios (KONINGS, 2000, p. 131).

La teología latinoamericana privilegia la noción del Reino de Dios como central para abordar el sentido de la gracia de Dios. El término no solo desarrolla importantes aspectos paulinos del tema de la gracia, como podrían ser el don del Espíritu o la transformación interior de la persona. La noción del Reino de Dios va más allá. Es un principio hermenéutico para comprender la realidad de la gracia divina que se comunica en Jesucristo, se hace historia concreta, manifiesta el sentido profundo de la vida común y en el mundo establece un juicio de las situaciones que matan la vida, marginan a los hermanos y manipulan la religión, convoca a una nueva vida basada en nuevas relaciones con Dios, con los demás, con uno mismo y con la naturaleza, forma la comunidad cristiana y conduce, por el Espíritu, a un nuevo futuro. A partir del acontecimiento del Reino de Dios establecido por Jesús, se sabe en qué consiste el acontecimiento salvífico de Cristo y la participación en él.

4 La gracia como acontecimiento: el Reino de Dios en Jesucristo

El Reino de Dios en Jesucristo es un evento de la gracia de Dios, narrado en los Evangelios Sinópticos. Algunos aspectos lo caracterizan y manifiestan la lógica de la acción salvífica de Dios, sus efectos sobre los seres humanos, las relaciones y la historia.

4.1 Un acontecimiento

La gracia de Dios se reveló con la irrupción del Reino de Dios en Jesucristo, un acontecimiento nuevo, sensible, liberador, desarrollado en la historia y abierto al futuro escatológico. El Reino de Dios rehace la noción misma de Dios, del mundo creado y de la vida humana, ya que refleja la implicación radical de Dios con estas realidades, a través de Jesucristo, Hijo de Dios (Mc 1,2). Al mismo tiempo, establece esperanzas escatológicas de plenitud, en continuidad con los acontecimientos “de aquellos días” (Mc 1,9; 16,7). Cuando sucede, la gracia de Dios en Jesucristo despierta y exige acogida y respuesta humanas, incluso históricas y marcadas por la concreción. Don de Dios y respuesta humana, que por la libertad puede ser de apertura, indiferencia o rechazo, no se separan. En la diversidad de respuestas encontramos nueva vida – aceptación de la gracia – o alejamiento de ella.

El Reino de Dios ocurre cuando Dios reina en Jesucristo; por eso es reinado de Dios, dominio de Dios. Evento marcado por el dinamismo. Dios, en Jesucristo, es quien actúa, presencia activa que modifica la historia, altera el orden de las cosas. No es un movimiento ascendente, de culto o confesional. Es un movimiento descendente que se hace historia. Tampoco es un concepto para ser aprehendido intelectualmente, sino una realidad histórica y concreta según la voluntad de Dios. (SOBRINO, 1982, p. 131-155).

4.2 El acontecer del Reino en la persona y ministerio de Jesús, inseparable de su Espíritu

La persona de Jesús, “el salvador” (Lc 2,11) y la totalidad de su ministerio, centrado en el Reino de Dios, narran el acontecer de la gracia. Desde el principio la gracia de Dios está con él (Lc 2,40,52); su testimonio es un “mensaje de gracia” (Lc 4,22). Y, también, la bondad y la benignidad de Dios se convierten en bondad y benignidad en Jesucristo, salvación presente de Dios, encarnada e hecha historia (BOFF, 1985, p. 21).

El “Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios” es el “Evangelio de Dios” (Mc 1,1.14.15), la buena noticia que viene de Dios, por medio de Cristo, que no se separa de su Espíritu. La persona de Jesús presupone la acción del Espíritu de Dios, desde la anunciación (Lc 1,35) hasta la promesa del Espíritu para el Resucitado (Lc 24,49), pasando por el inicio de su vida pública (Mt 3,16-17; 4,1; Lc 4,1.14) y actuación como Mesías servidor (Lc 4,18-19; 7,22; Mt 12,28; Lc 10,21). En la partida de Jesús se produce el derramamiento, transmisión y comunicación del Espíritu (Jn 19,30; 20,22), principio vital de Cristo resucitado (Hch 2,32-33) que hace posible la fe (Hch 2, 22; 5, 30-32) y amor concreto (1Cor 13), en el seguimiento de aquel que pasó la vida haciendo el bien (Hch 10,38).

4.3 Una nueva situación generada por nuevas relaciones

El Reino abre una nueva situación, en la que la relación con Dios y entre las personas es restaurada por el mensaje, la acción y por la persona misma de Jesús. Dios es llamado Padre-Abba, cercano y misericordioso, y Jesús lo presenta como Padre de todos, “nuestro”. La relación de Jesús con el Padre es de entrega y confianza, aceptación de su voluntad. El amor concreto, la justicia y la paz caracterizan las relaciones humanas en el Reino (Mt 5,3-12; Mt 6,9-15). El don del Reino se extiende a todos los que están llamados a regenerar sus relaciones y sus acciones de acuerdo con las relaciones y acciones de Jesús. La acción de Jesús suscita la respuesta de conversión y fe, invita a las personas a vivir según la voluntad del Padre (Mt 12,50), las anima a escuchar y poner en práctica su palabra (Lc 11,28). Todos están llamados a unirse a esta nueva familia escatológica que tiene a Dios como Padre de todos y a Jesús como hermano.

Las nuevas relaciones del Reino están llamadas a darse en todas las dimensiones de la vida, como la personal (Mt 6,21-23), familiar (Mt 19,13-15; 21,28-30), comunitaria (Mt 7, 5; 18,21), profesionales (Lc 19,8), sociopolítica (Mt 6,24; 25,35s; Mc 10,42-45), ecológica (Mt 6,26,28), religiosa (Mt 7,21) etc. Se llevan a cabo en todos los espacios físicos; así, Jesús trabajaba en las barcas, a orillas del lago, en las casas, ciudades, caminos y no solo en sinagogas. En todas las circunstancias, ya sea en el silencio de los lugares desiertos o en los eventos festivos, Jesús llama a una nueva forma de ser, relacionarse y actuar. Jesús interactuó con todo tipo de personas, se abrió a los que no lo seguían, pero hacían el bien (Mc 9,38-41), amó a los enemigos.

4.4 Gratuidad, libertad, perdón

El Reino es un don del amor del Padre (Lc 12,32; 22,29; Mt 25,34; Mc 4,26-29), un acontecimiento de la gracia de Dios y no del esfuerzo humano o de sus realizaciones históricas. Es un amor incondicional que llega a todos, comenzando por los que nada poseen, nada tienen a ofrecer, llenando su vida de amor y perspectivas, al mismo tiempo que interpela a quienes ponen el corazón en sus bienes o en el mero cumplimiento de las leyes religiosas. Los principales destinatarios evidencian la gratuidad del Reino (GARCÍA RUBIO, 2010, p. 39-45): pobres (Lc 6,20; 4,18; Mt 11,5); niños, grupo marginado (Mt 10, 14-16); los pequeños (Mt 11,25-26); enfermos, vistos como castigados por sus faltas (Jn 9,2); enemigos (Lc 7,36; 23,34); pecadores (Mt 9,13).

El Reino es un acontecimiento de libertad que implica opciones y decisiones (GARCIA RUBIO, 2010, p. 54-74). Jesús actúa de manera sorprendente frente a la Ley, el sábado y las normas religiosas (Mc 2,1-27; 7,1-23), e invita a los discípulos a la misma actitud libre (Mc 2,19). La libertad de Jesús se extiende al uso de la riqueza (Mt 6, 24) y al tratamiento sin prejuicios de los grupos marginados como las mujeres y los samaritanos. En el Reino de Dios, las realidades de la Ley, el sábado, las normas religiosas, la riqueza y otras estructuras humanas están al servicio de la vida y la comunión, de lo humano y de la humanización. La libertad en sí misma es un signo del Reino. La libertad para el amor y el servicio es, en Jesús, radical y va “hasta el extremo” (Jn 13, 1).

El perdón de los pecados es un evento de gracia que marca el ministerio de Jesús (TOLENTINO, 2018, p. 143-155). Las acciones de Jesús (Lc 15,1-2) representan la misma actitud que, en las parábolas de la misericordia, son propias del Padre (Lc 15,7.10.24.32). En una inflexión inesperada, Jesús supera la idea del pecador aplicada a ciertos grupos (publicanos y prostitutas). Para él, toda confianza en la autosuficiencia arrogante, incluso bajo el manto protector de la religión o la Ley, convierte a una persona en pecadora y carente de la gracia de Dios. En este sentido, reconocerse carente (Lc 18,9-14), abrirse a la acción transformadora de Dios a través del encuentro con Jesús y buscarlo se convierte en paradigma de la persona de fe (Lc 7,36-50).

4.5 Oración

La oración de Jesús es central en el acontecimiento del Reino y, para sus seguidores, es paradigmática (Mt 6,9-15) (GARCÍA RUBIO, 2010, p. 81-88). Es una relación dialógica con aquel que él llama Abbá-Padre, y manifiesta una actitud fundamental de confianza y entrega al Padre, que los discípulos también están llamados a cultivar. La oración constante de Jesús (Lc 5,16) se vive en relación con los acontecimientos de su vida, hecho que los Evangelios narran abundantemente, y revela el dinamismo de la relación entre Jesús y el Padre (Lc 3,21; 4,1; Mc 1,35; Lc 5,16; Mt 14,23; Lc 6,12; Lc 9,18; Lc 9,28-29; Lc 11,1; Mt 26,36-44 e incluso; Mc 15,34; Mt 27,46; Lc 23,34,46; Jn 11,41; Jn 17,1-26) .

4.6 Presente y futuro

El Reino de Dios se desarrolla en el dinamismo del tiempo presente con el futuro. En el “ya y todavía no”. Ya está sucediendo (Lc 17,21; Mt 12,28; Lc 4,18-21). Y es también un futuro escatológico (Mc 9,1; Lc 13,28). En este dinamismo, el presente, incluso en su ambigüedad e incompletitud, inaugura la plenitud futura; el futuro penetra y aclara el presente como tiempo de decisión para llegar al Reino (GARCIA RUBIO, 2010, p. 48-49).

4.7 Cruz

El acontecimiento de la gracia pasa por la cruz. La muerte de Jesús en la cruz es la culminación de una vida de entrega al Padre y a los hermanos, no exenta de conflictos de todo tipo, incluidos los políticos y religiosos. Está en conexión con la orientación de toda su vida de amor, caracterizada por el servicio, la no sujeción y no dominación de los hermanos y el respeto a las decisiones de la libertad humana. Es el resumen de una vida en el “amor extremo” (Jn 13, 1), indicando que el Reino de Dios no ocurre a pesar de la muerte de Jesús, sino precisamente por ella, como una radicalización de su amor fiel. La cruz de Jesús muestra el camino a la victoria sobre el pecado y el mal: el amor hasta el fin, que conduce a la plenitud de la resurrección.

4.8 Atracción y cumplimiento del Reino por el Espíritu

Mediante la acción del Espíritu de Jesucristo, el Reino alcanza una plenitud escatológica. La vocación humana, en sentido universal, puede ser calificada, por la reflexión cristiana, como una llamada a la felicidad del Reino de Dios; y llega a todos aquellos que se dejan atraer por su dinamismo relacional y concreto (MIRANDA, 2016, p. 49).

El Reino, acontecimiento divino que irrumpe con Jesucristo, es una historia favorable a hombres y mujeres concretos, una gracia liberadora. Es un don universal a través de la encarnación, vida, muerte y resurrección de Jesucristo, una manifestación radical de la bondad y benevolencia divinas reveladas en la creación y en la primera Alianza. Establece un nuevo orden de relaciones con Dios y entre las personas, asociado a la forma en que Jesús vivió y se relacionó, las decisiones que tomó y las acciones que realizó históricamente. Los seguidores de Jesús son los principales responsables de presenciar este maravilloso evento. A través del Espíritu, el Resucitado atrae a la relación del Reino, en una familia de hermanos y hermanos (Pablo llama a Jesús el “primogénito” de una multitud de hermanos, Rm 8,29), en una nueva vida en el seguimiento de Jesucristo. (Mt 16,24).

5 La gracia como nueva vida

La gracia liberadora de Dios obra y es acogida en la integralidad de la vida humana y cristiana, trayendo como efecto la nueva vida.

5.1 El testimonio paulino

Las cartas paulinas nos dicen, de diversas formas, que la gracia es participación en la muerte y resurrección de Cristo, por la fe y por el sacramento de la fe, el bautismo (Gal 3, 26; Rm 6). Si alguien está en Cristo, es una nueva criatura. Lo viejo ha desaparecido y nace en él una nueva creación, un nuevo ser (2 Co 5, 17). En este sentido, estar en gracia es estar en el reino de Cristo, en su atmósfera, bajo su dinamismo. Al mismo tiempo, Pablo complementa con la afirmación contraria, la gracia de Cristo vive en el cristiano, está en él (Gal 2,19-21; cf.4,19; 2Cor 13,5; Ef 3,17; Rm 8,9-11). De esta unión con Cristo y en Cristo nace una nueva vida. No se trata de una simple conversión moral, sino de una nueva realidad, posibilitada por el amor de Dios, que alcanza la profundidad de la existencia, interior y exterior. Trabaja para configurar al cristiano a Cristo (2Cor 3,18), liberando la libertad de amar (Gal 5,1). Este amor de Dios es el don de Dios mismo, a través de Cristo, a través del Espíritu de Cristo.

5.2 La Entrada en el dinamismo del Reino

En otras categorías, la vida nueva consiste en entrar en el dinamismo del Reino de Dios. Los Evangelios nos hablan del dinamismo del don de Dios y de la respuesta humana a través de la fe, la conversión y el amor concreto. La fuente de la respuesta es la primera acción amorosa de Dios a través de Jesucristo. Hay una transformación de la vida, un nuevo movimiento, interior y exterior, cuyo punto de partida es la gratuidad de un amor experimentado, que permite abrirse a la novedad de Jesús, a través del Espíritu (Mt 12,31 y par.). En términos joánicos, la vida en abundancia que ofrece Jesús (Jn 10,10) sólo es posible en contacto con la fuente de agua viva (Jn 4,10.14), en el renacer del agua y el Espíritu (Jn 3, 5). Y esta vida se traduce en la vivencia del amor-caridad-ágape, camino abierto por Jesús (Jn 14,6; 15,10,17).

El encuentro con Jesucristo vivo requiere abandonar la seguridad en sí mismo o en las estructuras de la riqueza, la religión o los privilegios de grupo – “buscad primero el Reino de Dios” (Mt 6, 33). La seguridad en las propias acciones o estructuras impide la apertura al Reino, que es, sobre todo, un don. La actitud fundamental de entrega y confianza en el amor de Dios está, por tanto, en la base de la entrada en el dinamismo del Reino. Las parábolas del fariseo y el publicano (Lc 18, 9-14) y de la ofrenda de la viuda (Lc 21, 1-4) muestran la importancia de la entrega y la confianza en Dios, en contraste con la actitud de los fariseos, quienes, en su orgullosa autojustificación, entregan obras, pero no se entregan a sí mismos, y dejan a un lado la justicia y el amor de Dios (Lc 11,41) (GARCÍA RUBIO, 2019, p. 112-115).

La afirmación de la autosuficiencia para la salvación, con el consiguiente hecho de cerrarse al amor de Dios, es la gran tentación que vencer para que triunfe la gracia del Reino. En la historia de la teología, la comprensión de la interrelación entre el don divino y las respuestas humanas fue objeto de feroces disputas entre San Agustín y Pelagio. La gracia es necesaria para hacer el bien, dice Agustín, el propio Espíritu de Dios (Rm 8, 14) guía a los hijos de Dios. Pero sin reemplazar la respuesta humana. Por el contrario, el Espíritu da fuerza y ​​mueve la acción, para que cada uno sepa qué hacer y, de hecho, haga su parte (SANTO AGOSTINHO, 2010, II, 3.4, p. 86). A su vez, el pelagianismo, que ve en las acciones y estructuras humanas el principio de nueva vida, conduce a actitudes de omisión, de acción sin amor, de sujeción, dominación e injusticia. Es una tentación señalada en los Evangelios y siempre presente en la historia y en la Iglesia, en formas renovadas (neopelagianismos), que impiden a la persona entrar en el dinamismo del Reino de Cristo encarnado, crucificado y resucitado (EG n. 93-97).

5.3 Una narrativa paradigmática: “tu fe te ha salvado”

Una narrativa paradigmática de la entrada al dinamismo del Reino a través de la fe (adhesión y entrega) es la de la mujer “pecadora” de Lucas (Lc 7,36-50). Sin nombre y marginada por el grupo de fariseos, esta mujer no teme cambiar de lugar y entrar en una casa hostil para encontrarse con Jesús (TOLENTINO, 2018, p. 147). No es solo un arrepentimiento de algo realizado (como anunciaba Juan el Bautista), sino un nuevo movimiento, interior y exterior. Se entra en un nuevo dinamismo. La mujer reconoce su propia carencia ante Dios, da hospitalidad a Jesús (que lo representa), se mueve al encuentro de él y accede a una nueva situación espiritual y existencial, marcada por la libertad y el amor – la gracia le ha llegado. Jesús le dice: “Tu fe te ha salvado. Vete en paz” (Lc 7,50). También en el Evangelio de Juan vemos la invitación a una nueva vida concebida como un “nuevo nacimiento” para ver el Reino de Dios, en el relato de Nicodemo (Jn 3, 3). En la revelación de la dependencia de la gracia nace una nueva relación con Dios, a través de Jesucristo, en quien Dios se revela en la gratuidad de su amor y misericordia.

5.4 Justificación: don y respuesta en la nueva vida

El tema paulino de la justificación ayuda a comprender el proceso de la nueva vida en su complejidad. La justicia de Dios proviene de él, Dios, de su fidelidad a sí mismo y a su proyecto de amor y salvación (cf. Rm 3, 21-26). Despierta en el hombre una nueva forma de ser y de actuar, permite al hombre ser guiado por el Espíritu (cf. Rm 8,2ss) y vivir la novedad de vida según la voluntad de Dios (cf. Rm 6,13- 23). Corresponde al ser humano reconocer y acoger el don, en actitud de fe activa, adhesión a la voluntad amorosa de Dios. Por tanto, siendo don y respuesta, gracia y acogida de la gracia no se pueden ver de manera exclusiva, sino en una interrelación que tiene su principio en la iniciativa del amor divino (GARCÍA RUBIO, 2004, p. 93-94).

La teología clásica sobre la justificación reafirma, con las categorías de la época, la complejidad de la acción de Dios, que es, a la vez, don, perdón, transformación interior y posibilidad de nueva vida. El Concilio de Trento afirma que el primer impulso proviene de la “gracia previsora ​​de Dios, por Jesucristo”, que estimula, ayuda e invita a una nueva vida sin ningún mérito, para que el pecador “esté dispuesto” a la conversión, “libremente consintiendo a la gracia” (porque puede rechazarla) y “cooperando con ella” (DENZINGER-HÜNERMANN, 2006, n. 1525). Hay una “renovación del hombre interior” y, a través del Espíritu, el amor de Dios se esparce en los corazones (Rm 5, 5) (DENZINGER-HÜNERMANN, 2006, n. 1528 y 1529). La acción de Dios y la respuesta humana se reafirman en su interrelación, ya que la acción divina, siempre en primer lugar, no opera desde afuera, es interna y transformadora, a través del Espíritu. Todo es gracia en una nueva vida.

Históricamente, la disputa entre la gracia y las obras en la época de la Reforma profundizó una comprensión dualista entre la acción de Dios y la respuesta en la fe, muy alejada de la acepción paulina. La afirmación de Lutero de que la justificación ocurre solo por gracia (sola gratia), que equivale a “solamente por Cristo” (solo Christo) y “solamente por la fe” (sola fide), fue entendida unilateralmente como una acción divina externa, una declaración extrínseca, separada de la renovación interior del cristiano y de las obras (MIRANDA, 2016, p. 113-122). A nivel teológico, le correspondió a la Declaración Conjunta sobre la Doctrina de la Justificación (1997-1999), dentro del movimiento ecuménico, aclarar la intención de Lutero de no separar la renovación de la conducta de vida. de la realidad interna de la fe, sino más bien enfatizar la gratuidad divina (DECLARAÇÃO CONJUNTA, 1997-1999, n. 26). Asimismo, este Documento explica que el énfasis del Concilio de Trento en la renovación de la vida debe entenderse siempre como dependiente de la gracia de Dios y no como una contribución a la justificación (DECLARAÇÃO CONJUNTA, 1997-1999, n. 27). La Declaración afirma enérgicamente la unidad de la acción divina, dentro de la cual la libre iniciativa de Dios para justificar y salvar no puede separarse de la respuesta en la fe: “sólo por gracia, en la fe en la obra salvífica de Cristo, y no por nuestros méritos, somos aceptados por Dios y recibimos al Espíritu Santo, que renueva nuestro corazón y nos capacita y nos llama a las buenas obras” (DECLARAÇÃO CONJUNTA, 1997-1999, n. 15).

En nuestra contemporaneidad, marcada por la meritocracia, la mentalidad contractual y los prejuicios, donde la valoración de las personas se basa en su éxito, función o capacidad de devolver algo a cambio de lo recibido, la justificación gratuita de Dios será siempre una denuncia de ideologías esclavizantes y fuente de libertad para el amor, especialmente a los pobres y abandonados.

5.5 Universalidad e integralidad de la nueva vida

El dinamismo de la vida nueva es una llamada universal (1Tm 2,4) e integradora. Todos los seres humanos, en todas sus dimensiones y actividades, están bajo el dinamismo de la gracia, llamados a entrar en el dinamismo del Reino que, como hemos visto, es universal e integrador. Esta vocación precede a toda acción libre y es independiente de la cultura o religión, aunque las necesita para expresarse como lengua y como encarnación histórica. Esto significa que la nueva vida no es para “algunos”. Tampoco se limita a “algunas” áreas de la vida. Aquí cobran fuerza los temas de lo “existencial sobrenatural”, como don de orientar la vida humana hacia Dios (K. Rahner), y la noción unitaria del ser humano, con la necesaria superación de la teología de los dos planos (una yuxtaposición entre los órdenes “natural” y “sobrenatural”, H. de Lubac) (MIRANDA, 2016, p. 57). La irradiación de nueva vida a todos los ámbitos humanos, afectivo, familiar, profesional, cultural, político, etc. fue claramente asumido por el Concilio Vaticano II (GS n. 34). De hecho, el contexto vital “expande el horizonte de la gracia y el pecado” (SEGUNDO, 1977, p. 44) y exige pensarla en un sentido universal e integrado, ya que la respuesta personal a la gracia no puede ser reemplazada por los contextos cúltico y religioso.

5.6 Liberación y libertad en la nueva vida

La vida nueva es un dinamismo liberador y generador de libertad. Pablo habla de la acción liberadora de la gracia como libertad del pecado (Rm 6, 22), de la Ley (Rm 7, 6) y de la muerte (Rm 8, 2). En todo esto, está la afirmación de que, mediante la acción del Espíritu de Cristo, es posible una nueva existencia, en la fe, la libertad y la apertura a los demás. Es posible ser libre para amar (Gal 5, 1). La santificación mediante el bautismo no se parece en nada a la santificación ritual vacía, es una transformación existencial provocada por la fe, de la cual el bautismo es un sacramento (MIRANDA, 2016, p. 19-20).

La obra liberadora de la gracia requiere caminos para materializar esta novedad de vida en la práctica del amor-servicio concreto, superando actitudes de omisión y, requiere también, el rechazo al poder dominante. La conversión y la construcción de una orientación fundamental hacia el amor es un proceso de por vida, dinamizado por elecciones concretas y actos estructuradores del mundo que fortalecen la libertad profunda para el amor y la justicia. Así, la acción de la gracia requiere la articulación entre elecciones concretas y la formación de una profunda libertad para Dios (MIRANDA, 2016, p. 103). Bíblicamente, podemos hablar de una articulación entre la práctica (Lc 8,21) y la formación del corazón (Mt 6,21).

La orientación profunda hacia Dios, ejercida a nivel macrosocial, que involucra también la economía y la política, no se da sin conflictos, como lo demuestran los conflictos de Jesús en su manera de tratar la Ley, el judaísmo de su tiempo, la riqueza, el contexto sociopolítico. El conflicto demuestra las dimensiones de testimonio y martirio de la respuesta a la gracia, en un mundo marcado por el pecado, de las que no se puede eximir. Como Iglesia, la necesidad de escuchar el grito de justicia de los pobres “deriva de la obra liberadora de la gracia en cada uno de nosotros, por lo que no se trata de una misión reservada a unos pocos” (EG n. 188),sino para la comunidad cristiana en su conjunto y para todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Hay toda una realidad social que exige y espera el “cambio” de la gracia a través de la mediación de las elecciones humanas.

5.7 La oración en la vida nueva

La oración es parte esencial del proceso de acoger y actuar en el nuevo dinamismo del Reino. Es un don del Espíritu (Rm 8,26; 1Cor 12,3), fuente que suscita, fortalece e integra la vida en la gracia. Tiene las características básicas de la oración de Jesús: apertura a la voluntad de Dios – el Reino; relación dialógica con Dios; interrelación de la oración con los acontecimientos de la vida (Mt 6,9-13).

5.8 Regeneración de relaciones fundamentales: el contenido de una nueva vida

Vivir es con-vivir. La vida nueva tiene un carácter relacional dinámico, procesual e integral. La salvación de Jesucristo inserta en un nuevo orden de relaciones con los demás, con el mundo creado y con Dios: “la salvación consiste en nuestra unión con Cristo, quien, con su encarnación, vida, muerte y resurrección, generó un nuevo orden de relaciones con el Padre y entre los hombres, y nos introdujo en este orden gracias al don de su Espíritu” (CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, 2018, n. 4). Tiene también un carácter concreto: “la gracia que Cristo nos ofrece (…) nos introduce en las relaciones concretas que Él mismo vivió (…)” (n. 12).

En el mundo actual, con las crisis socioambientales que comprometen la vida en el planeta, la vida nueva se puede explicar en términos de “nuevas relaciones”, íntimamente ligadas: interior con uno mismo, con los demás, con Dios y con la tierra (LS n 66, 70, 237).

La teología latinoamericana, en diálogo con las ciencias, explica los caminos relacionales en la vida nueva. La relación con Dios, basada en los desafíos de la gratuidad; relaciones interhumanas que engloben la solidaridad y el amor-servicio en el ámbito sociopolítico local y global, con la opción preferencial por los pobres como pauta para el discernimiento del bien común; la experiencia del encuentro interhumano mediado por la sexualidad; los desafíos ecológicos; la relación con la comunidad de fe y con la religión; la verdadera relación con uno mismo (GARCIA RUBIO, 2014 y 2019). A tantos desafíos se suma la relación intercultural, ya que “desde nuestras raíces nos sentamos a la mesa común, un lugar de diálogo y esperanzas compartidas”. (QA n. 36).

6 La gracia como secreto de salvación

La gracia se presenta como profundidad, exceso, misterio o secreto de salvación presente en lo humano, en la historia y en el cosmos a través de la presencia del propio Dios, por su Espíritu, en estas realidades, sin confundirse con ellas, pero imprimiendo en ellas su sello libertador. Está ahí para ser discernida y acogida o rechazada.

  6.1 Un secreto de salvación presente en el ser humano

La teología de la inhabitación trinitaria apunta a la presencia salvífica de Dios en el interior del hombre, a través de Cristo, en el Espíritu. Él hace “morada” (Jn 14, 23), “permanece”, como la vid en los sarmientos (Jn 15, 4 y otros), está en los suyos (Jn 17, 23). San Pablo se refiere al Espíritu que habita en los cristianos (1Cor 3, 16; 6, 19; Rm 8, 9-11).

San Agustín encontró a Dios en la parte más íntima de sí mismo – interior intimo meo. Y se arrepiente de haberlo buscado afuera: “[…] ¡habitabas dentro de mí y yo te estaba buscando afuera!” (SANTO AGOSTINHO, 1984, pág. 277). Testigos privilegiados, los místicos dan fe de la experiencia de este misterio. Santa Teresa de Ávila (siglo XVI) experimentó la presencia del Dios trino y único en lo más profundo de sí misma; se dejó guiar por él y lo percibió como una presencia dinámica, transformadora, comunicadora e irradiadora (PEDROSA-PÁDUA, 2015, p. 127 et seq.). Relacionó la presencia trinitaria misma con la dignidad de la creación a imagen de Cristo, es decir, presencia universal. Intuyó cómo el dinamismo de la vida trinitaria se comunica a lo humano y a todas las cosas creadas y cómo hay intercomunicación entre ellas. Afirmó que la presencia de Dios, como un sol, permanece en los que están en pecado mortal, haciendo que la persona continúe disfrutando de ella sin, no obstante, hacer del amor la fuente de sus decisiones y acciones, que se vuelven estériles; es la persona (no Dios) quien se retira del ámbito del amor (SANTA TERESA, 1995, R 54; R 18; 1M2.1). Todo ello lleva a afirmar que la gracia de Dios en el interior del hombre es dinámica, transformadora, comunicadora y, a diferentes niveles, experimentable. Se trata de la presencia de Dios mismo, en su dinamismo trinitario, en la persona humana.

La gracia es abundante y desproporcionada con respecto a la opacidad de la mayoría de las experiencias y respuestas humanas. Es un secreto de salvación operado por el Espíritu. A través de ella se afirma que “un poco de amor pasa por nuestras vidas” (SEGUNDO, p. 157) a pesar de todo el peso del determinismo y el egoísmo que invade la mayoría de los proyectos humanos y compromete el contexto en el que la libertad actúa. Los escritos del Nuevo Testamento exhortan a una transformación del corazón y a un cambio de vida (Mt 5:20; Mt 19:17; cf. Rm 13: 8-10; 1Cor 6, 9-10; 1 Jn 2, 1; 1 Jn 3, 13-15); la teología clásica, aunque de manera fija, siempre ha defendido la libertad de amar y la transformación interior (DENZINGER-HÜNERMANN, 2006, n. 1525 y 1528). Concomitantemente, y esto lo confirman las ciencias modernas en la afirmación de los condicionamientos de las acciones humanas, las Escrituras y la teología afirman que existe una enorme desproporción entre el amor y los pecados (St 5,20; Pr 10,12; 1 Pd 4,8: “el amor cubre multitud de pecados”). La experiencia de la sobreabundancia de la gracia ante la pobreza de las respuestas llevó a santa Teresa a exclamar: “El Señor dora las culpas; hace que resplandezca una virtud, que el mesmo Señor pone en mí, casi haciéndome fuerza para que la tenga” (SANTA TERESA, 1995, Vida 4,10).

Si bien los actos de encerrarse en uno mismo y de egoísmo son más frecuentes, el amor y el egoísmo no tienen la misma eficacia, lo que significa que la victoria de la gracia sobreabundante no consiste en mejorar la relación numérica entre actos de amor y egoísmo -que también se puede dar- sino en un “principio de exceso” (GESCHÉ, 2005, p. 8) del amor de Dios, que actúa en situaciones marcadas por el pecado. La cizaña y el trigo permanecen juntos en la existencia humana, revelando, como dice la teología clásica, que incluso en el justificado permanece la concupiscencia (DENZINGER-HÜNERMANN, 2006, n. 1515) y que, incluso en el mayor pecador, el Espíritu permanece (como el sol, en la alegoría teresiana antes mencionada) para despertar y orientar la nueva vida, como una novedad inconmensurable e inmerecida. La gracia transforma y actúa, promete un futuro de plenitud (Ef 3,19). Al mismo tiempo, permanece la experiencia de que las cuentas de la vida no salen (RAHNER, 1977, p. 47-53) y que “no todas las obras de los justos son justas” (BOFF, 1985, p. 169), la fe cristiana vive de la promesa fiel  de que “Dios es más grande que nuestro corazón” (1Jn 3,20) y que nada le es imposible (Lc 1,37) porque él mismo obra en los hombres, por su Espíritu, inspirando y abriendo caminos de respuesta en libertad.

6.2 Un secreto de salvación presente en la historia y las culturas

La gracia impregna la historia, actúa en ella, mediada por relaciones, decisiones y estructuras macrosociales: sociopolíticas, económicas, ambientales y culturales. Es un secreto de salvación imparable y es más fuerte que la fuerza del pecado, que también está presente en ellas.

El magisterio latinoamericano aclaró cómo el pecado parte del corazón humano y deja una huella destructiva en las estructuras sociales, económicas y políticas (DPb n. 281). El Papa Francisco señaló “el mal cristalizado en estructuras sociales injustas” (EG n. 59). Pero, a su vez, la gracia despierta una fe crítica, capaz de discernir como la pobreza, la violencia, la humillación, la violación de los derechos humanos, las múltiples formas de explotación laboral, el descarte  de las personas y la destrucción del medio ambiente no coadyuvan con el proyecto de salvación revelada en el evento de gracia, Jesucristo.

Si, por un lado, la fe nos hace ver la permanencia del mal en la persona humana y en la sociedad, al mismo tiempo nos hace experimentar deseos de liberación y de creación de una sociedad más fraterna y justa, como una gracia que impulsa la acción transformadora. Y que hace brotar la actitud humana de combatir el mal, aunque vivida en el silencio y la resistencia, a lo largo de los siglos, en una reconversión continua del mal y de la situación de “desgracia” en bien y gracia. Del interior de situaciones de sufrimiento e injusticia surgen caminos de engrandecimiento, un nuevo momento histórico y una nueva humanidad. La sobreabundancia de la gracia sobre el pecado posibilita esta transformación, vivida desde las relaciones sociales, comunitarias y culturales, aunque no siempre se encuentran las mediaciones estructurales socioeconómicas que posibilitan la fraternidad y la justicia. La realidad latinoamericana, marcada por siglos de explotación y opresión, especialmente de las poblaciones originarias y de los africanos esclavizados, deja clara la simultaneidad de “gracia y des-gracia” (BOFF, 1985, p. 107), en una dinámica en la que liberación y opresión, salvación y perdición, cizaña y trigo se interpenetran. Sin embargo, el anhelo de libertad y el proceso de liberación mantienen el rumbo de la esperanza en la historia, la gracia para suscitar prácticas de solidaridad y comunión, reconciliación y justicia, nueva conciencia socioambiental y profetas de un mundo nuevo. En diferentes pueblos y culturas, “el Espíritu suscita […] diferentes formas de sabiduría práctica que ayudan a soportar las carencias de la vida y a vivir con más paz y armonía” (EG n. 254). La gracia impregna la historia de los pueblos, con sus culturas y religiones, en sus diferentes itinerarios. Así, a pesar de toda la ambigüedad presente en las expresiones culturales y religiones, necesitadas de una reforma constante, estas celebran y comunican la gracia divina.

6.3 Un secreto de salvación presente en el cosmos

La profundidad salvadora de la gracia también se encuentra en el cosmos. La fe cristiana afirma que Dios es creador y que todo es creado por, en y para Cristo, “todo fue creado por él y para él […] existe antes que todo; todo en él permanece” (Col 1,16-17), por él todo existe (1Cor 8,6) y en él todo se reconcilia (Col 1,20). Esta creación tiene características importantes: está abierta al desarrollo por sí misma, según su propia autonomía y autoinvención (Gn 1,12.18); está instaurada de acuerdo con un principio de sabiduría y bondad, no destruido ni corrompido por el pecado humano; supone la implicación del propio Dios en el acto creador, desde dentro, ya que la mediación trinitaria proviene del interior mismo de Dios – la mediación es del Hijo, Jesucristo, y ésta no está separada de la presencia y acción del Espíritu ( GARCÍA RUBIO, 2012, p. 38; 2014, p. 193, 269). En consecuencia, se afirma que el cosmos, sin ser Dios, no deja de estar en él – todo en él permanece (Col 1, 17) – y de ser la morada del Logos (Jn 1, 10) que lo marca con el sello trinitario de, la diversidad y del dinamismo creativo vivo. ‘Laudato Si ’(n. 88) nos dice que la naturaleza no solo manifiesta a Dios, sino que es el lugar de su presencia, el Espíritu Santo habita en cada criatura, que llama a una relación con él; al mismo tiempo, Dios se distancia infinitamente de la criatura, que no tiene la plenitud de Dios y no puede donar esa plenitud.

Esta profundidad y dinámica propia del cosmos hacen de él (y con él, la naturaleza, el planeta, la materia, la tierra, el cuerpo) el espacio de todas las criaturas, el hogar, el lugar teológicamente arraigado, expresando que todos tienen derecho a un lugar en el mundo. Constituye un don abierto a una “racionalidad de vida” (GESCHÉ, 2004a, p. 167), es decir, a la experiencia de recepción, pasividad, acogida, sensación, contemplación, ternura, sentimiento, compasión y perdón – que el propio Verbo encarnado experimentó – para demostrar cómo el estatuto del logos divino no es solo el de la ratio, es logos de vida, “en él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres” (Jn 1,4). El cosmos es también un lugar de potencialidades a defender y desarrollar, ya que es un cosmos destinado a la comunión divina y en espera de la resurrección (cf. Rm 8, 22). Así, la gracia divina se apoya en la naturaleza (en la teología clásica, “perfecciona la naturaleza”) para realizar su proyecto liberador. La naturaleza es capaz de la acción divina en sus estructuras fundamentales. La estructura corporal y material es susceptible de resurrección; la temporal (cronos), es capaz de recibir el tiempo de salvación (kairós) y desarrollarse en la eternidad (aion).

Es en un pedazo de materia como, sacramentalmente, Dios llega a los hombres y a las mujeres – en la Eucaristía. Para que lo podamos encontrar “en nuestro propio mundo” (LS n. 236). Es un acto de amor cósmico, que inspira y despierta el cuidado de toda la creación.

La respuesta humana en la relación con el cosmos, actualmente marcada por la crisis socioambiental y la destrucción de las condiciones de vida en la tierra, se apoya en la gracia, que por amor no se separa del cosmos, sino que lo impregna. Es el amor desproporcionado de Dios, que “se ha unido definitivamente a nuestra tierra” y que “siempre nos lleva a encontrar nuevos caminos” (LS n. 245), para ejercer la administración responsable de la tierra y, al mismo tiempo, , para recibirla y celebrarla como gracia.

7 Dinamismos de la gracia: encarnatorio-kenótico, trinitario y sacramental

A partir del enfoque adoptado, es posible nombrar algunos dinamismos de la gracia: encarnatorio, kenótico, trinitario y sacramental.

 7.1 Dinamismo encarnatorio y kenótico

El primero es el dinamismo encarnacional de la gracia, mediante el cual decimos que Dios actúa dentro del cosmos, de lo humano y de sus realidades históricas y culturales, y no desde fuera y desde lejos. Ya presente en la creación, alcanza su apogeo en la “plenitud de los tiempos” (Gal 4,4) con la encarnación del Verbo de Dios en Jesús, nacido de María, anunciador y realizador del Reino de Dios. Desde dentro de la realidad, en el corazón del mundo, el acontecimiento de la gracia que es Jesucristo, con su vida, muerte y resurrección, manifiesta su irreversible dinamismo de vida y amor. A través del Espíritu de Cristo, trabaja en realidades concretas, aunque estén marcadas por el pecado y la muerte. Es acción creadora, recreadora, redentora, reconciliadora, liberadora, reconstructora de relaciones e instauradora de un mundo nuevo. Revela a Dios en su amor dinámico y creativo, libre y transformador, comunicante e irradiador. Al mismo tiempo, esta acción desafía a los seguidores de Jesús al mismo dinamismo.

Con su dinamismo encarnatorio, la gracia llega a cada uno a través del mismo movimiento: desde la acogida en la fe que obra por el amor (Gal 5,6), desde una orientación profunda hacia Dios, hacia la dinámica del Reino, hacia el amor concreto, que incluye la práctica de la justicia. Como consecuencia, existe la necesaria mediación humana en la acción de la gracia de Dios que llega a cada uno, de tal manera que “la acción divina pasa necesariamente por el ser humano para llegar a nosotros como salvación” (MIRANDA, 2016, p. 138). Implica la orientación de la vida personal y comunitaria-eclesial así como imprimir una dirección de amor, justicia y paz en las mediaciones estructurales económicas, políticas y socioambientales. Pasa por las objetivaciones simbólicas y culturales. Y siempre remite a la historia, lo que implica también una conciencia de inserción en el cosmos creado por el amor de Dios y el compromiso con la “casa común” (Laudato Si’).

Relacionado con el dinamismo de encarnación, encontramos el movimiento kenótico manifestado en la vida, muerte y resurrección de Cristo (Flp 2,6-8), que matiza el sentido y la dirección de la encarnación: vaciamiento de la gloria personal, despojamiento, rebajamiento , amor efectivo y servidor. Generador de respuestas humanas que agracian el mundo por la misma respuesta kenótica de no dominación, identificación con los últimos, amor y justicia.

7.2 Dinamismo trinitario

¡El dinamismo trinitario nos muestra que la gracia de Dios no se separa de Dios mismo! En el orden de la creación, unido a la salvación, Dios, por el Espíritu de Cristo, no se confunde con la criatura ni se separa de ella, ya que la mediación de la creación proviene del interior de Dios, del propio Hijo (Col. 1,16- 17). Él mismo está presente en la creación y en la historia, ambos acontecimientos del amor de Dios. Ayer como hoy, la gracia significa aproximación, implicación interior, compromiso, comunión y comunicación divina con el hombre y con todo lo creado. La vida misma es gracia, trae la presencia del logos divino de la vida, luz de los hombres y mujeres (Jn 1,4), que lleva a la vida (Jn 10,10) y se hace carne en el acontecimiento de la encarnación.

Al mismo tiempo, la respuesta humana a la gracia es posible gracias a Dios mismo que, en Cristo y en el Espíritu, habita el corazón humano, suscita una apertura y una respuesta en la fe y en el amor concreto en la historia, en todas sus relaciones.

Esto significa que lo humano cuenta, en sus vidas tan exigentes y ambiguas, con el propio Dios, que desea y designa liberación y libertad, acompaña los procesos de respuesta – siempre desproporcional al don recibido – y consiste, él mismo, Dios, en la plenitud feliz simbolizada en la Jerusalén celestial, en la que “el templo es el Señor”, “no habrá más noche” y el sol ya no será necesario, porque Dios “infundirá su luz sobre ellos” (Ap 21,22.25; 22,5).

7.3 Dinamismo sacramental

El dinamismo trinitario y encarnatorio-kenótico de la gracia se une al dinamismo sacramental, que tiende a formar comunión y comunidad concreta. Tiende a hacerse carne en las culturas y las religiones, en una variedad de itinerarios y estructuras. Las religiones están llamadas, por su dinamismo interno, dado por el mismo Espíritu, a hacer sensible y concreto el don mayor del amor (Rm 5.5), en diferentes contextos culturales, en “diversidad de experiencias salvíficas” (MIRANDA, 2016, p. 211). En las religiones, el Espíritu de Dios es y actúa para guiar hacia la plenitud de la salvación, que la fe cristiana ve definitivamente realizada en Jesucristo (LG n. 16; GS n. 22).

A través del dinamismo sacramental, la gracia “tiende a producir signos, ritos, expresiones sagradas que, a su vez, involucran a otros en la experiencia comunitaria del camino hacia Dios” (EG n. 254). Convierte las religiones en espacios de superación de la existencia individualista y de ruptura del círculo asfixiante de la inmanencia, orientando a la esperanza.

 Por tanto, se puede decir que la religión es un lugar de celebración y comunicación de la gracia, no de forma automática o exterior, sino comunitaria e interior, en fidelidad a la presencia misma comunicativa e irradiadora de Dios, que convoca a la comunidad a abrirse a la novedad del Espíritu, a responder a sus llamados con fe, esperanza y amor y a celebrarlo con sensibilidad.

De manera explícita y temática, la Iglesia, comunidad de fe en Jesucristo, se ve enraizada en las fuentes trinitarias, habitada por el Espíritu, llamada a ser sacramento o signo e instrumento de la gracia (LG n. 1), semilla o principio del Reino de Dios en la tierra (LG n. 4). Está al servicio de la encarnación del amor de Dios en la humanidad y en el mundo. En la Eucaristía, el misterio de la Encarnación se radicaliza. Dios mismo, hecho hombre, “llega al punto de hacerse comer por su criatura” (LS n. 236). El Señor quiere llegar a lo íntimo del cristiano, sacramentalmente -porque él ya está allí-, conformarlo en sí mismo, para reenviarlo a sus realidades como mediador del amor de Dios en sus opciones, sensibilidad histórica y social, finalmente en su vida. para los demás.

Conclusión

La gracia expresa todos los aspectos de la salvación divina, revelada en la encarnación, vida, muerte y resurrección de Jesucristo. Aquí, a partir de la experiencia antropológica (punto 1) y la reflexión bíblica (puntos 2 y 3), se privilegiaron los siguientes aspectos: el carácter del acontecimiento histórico de la gracia ofrecida (punto 4); el dinamismo integral y relacional de la acogida de la gracia en la vida nueva (punto 5); la presencia de la gracia en la estructuración central de todo lo que existe y sucede y en la esperanza de plenitud (punto 6); los dinamismos internos de la gracia: encarnatorio, kenótico, trinitario y sacramental (punto 7).

Lúcia Pedrosa-Pádua . PUC-Rio. Texto original portugués. Recibido: 29/08/2020. Aprovado:  24/05/2021. Publicado: 23/12/2021.

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