Eclesiología ecuménica  

Índice

Introducción

1 El pluralismo eclesial: enriquecimiento y desafíos para la Iglesia una

2 Urgencias y tareas de una eclesiología ecuménica

3 Itinerarios de una eclesiología ecuménica

4 Iglesia ecuménica, ¿en qué sentido?

4.1. Horizonte bíblico

4.2 Horizonte teológico

4.3 Horizonte misionero/pastoral

5 Discernimiento y hermenéutica de la comunión

5.1 Modelos de unidad

5.2 Visibilidad de la comunión

Conclusión

Referencias

Introducción

La comprensión y elaboración de una eclesiología ecuménica tienen sus raíces en la relación intrínseca entre iglesia y ecumenismo, entendiendo este concepto como un camino hacia la unidad de los cristianos, un llamado e imperativo del Señor a sus discípulos y discípulas: “Que todos sean uno, para que el mundo crea” (Jn 17,21). Aquí, lo ecuménico invoca lo eclesial como territorio propio, con sujetos y vínculos propios. Así, hay una “relación de identidad” entre iglesia y ecumenismo: “lo ecuménico, como condición y expresión de la comunión, es un elemento estructurante de la identidad de la iglesia” (WOLFF, 2007, p. 44). La iglesia se entiende como koinonía (comunión) en la fe apostólica, profesando la unidad como una de sus cualidades esenciales (notae ecclesiae). Sin embargo, la división cristiana persiste, agravada por enemistades, ofensas y posturas proselitistas que contradicen la comunión. Estas divisiones señalan el pecado individual y colectivo de los miembros de la iglesia, obstaculizando también la vocación a la santidad.

Para remediar esta situación, el Espíritu Santo llama a la “comunión… la conversión y renovación” de la iglesia (UR n. 6-7; CMI, 1998, n. 39). Y por la moción del Espíritu, artífice de la comunión (1Cor 12,13; Ef 4,3), las iglesias buscan la reconciliación entre sí, en una unidad no sólo intra sino también intereclesial, como extensión visible y espiritual del Cuerpo de Cristo en el mundo (Ef 4,12-13; 1Cor 12,12-13). En este sentido, el ecumenismo se refiere a la Iglesia una como un medio se refiere al fin. Y se ejerce como servicio eclesial a través de la oración, el testimonio común, la cooperación práctica y el diálogo metódico desarrollado en foros, comisiones y consejos eclesiales. Así, “lo que define a la iglesia” también “define al ecumenismo” (VON SINNER, 2011, p. 67) en el sentido de promover la unidad de los cristianos. Este hecho justifica la necesidad y la urgencia de una eclesiología ecuménica.

1 El pluralismo eclesial: enriquecimiento y desafíos para la Iglesia una

El pluralismo eclesial resulta de diferentes comprensiones del Evangelio, que dan lugar a diferentes espiritualidades, doctrinas, instituciones y proyectos misioneros que configuran las distintas tradiciones eclesiales. En sí, esto es legítimo porque el dinamismo del mensaje evangélico está libre de cualquier intento de interpretación totalizadora, de manera que la fe cristiana se comprende siempre desde las interpelaciones que los diferentes contextos presentan para la vivencia del Evangelio. El Vaticano II reconoce el valor de la diversidad que se expresa “en las diversas formas de vida espiritual y de disciplina, así como en la diversidad de los ritos litúrgicos e incluso en la elaboración teológica de la verdad revelada” (UR 4). En esta misma dirección conciliar, el Papa Francisco afirma:

El Espíritu Santo hace la “diversidad” en la Iglesia… Y esta diversidad es verdaderamente tan rica, tan hermosa. Pero entonces, el mismo Espíritu crea la unidad, y así la Iglesia es una en la diversidad… Hace las dos cosas: crea la diversidad de los carismas y luego la armonía de los carismas… “El Espíritu Santo, Él es armonía”, porque hace esta unidad armoniosa en la diversidad. (FRANCISCO, 2014)

Y así surgen las diversas iglesias locales, como instancias de comunión en la fe, donde se escucha el Evangelio, se celebran los sacramentos y se vive la convivencia fraterna entre los miembros de la “congregación de los santos”, el pueblo de Dios. Las diferentes tradiciones eclesiales centran la iglesia local en la Eucaristía (CD 11; FÉ E ORDEM, 2015, n. 42-43) y en la supervisión de los pastores (FÉ E ORDEM, 2015, n. 52-53). Cada iglesia local vive la “preocupación por la iglesia universal” y forma una comunión universal, la catholica, communio de iglesias en un corpus ecclesiarum (FÉ E ORDEM, 2015, n.31-32).

Sin embargo, las controversias doctrinales en la historia del cristianismo han separado diferentes tradiciones eclesiales, dividiendo el cuerpo cristiano, por lo que el pluralismo eclesial plantea la pregunta sobre la verdad de la iglesia, o cómo ser una verdadera iglesia (BURMANN, 2018). Así fue en el siglo V, con las disputas sobre el dogma cristológico y el surgimiento de las iglesias copta, armenia y egipcia; en el siglo XI, con la cuestión del filioque y la división entre Oriente y Occidente; en la Reforma protestante del siglo XVI y, actualmente, con un tipo de pentecostalismo que va más allá de la afirmación del pentecostalismo eclesial, fragmentando aún más el cuerpo cristiano. Entonces, la pluralidad ya no es bienvenida y reconocida como un enriquecimiento de la única iglesia. Cada tradición eclesial se afirma en una normatividad exclusiva para comprender y vivir el kerygma, con divergencias en doctrina, organización institucional, espiritualidad y práctica pastoral. Tal divergencia es más que una expresión de una posición hermenéutica diferenciada del Evangelio. Es una división que no permite que las Iglesias se reconozcan mutuamente en la misma fe y como miembros de un mismo cuerpo.

2 Urgencias y tareas de una eclesiología ecuménica

Superar esta división justifica y requiere una eclesiología ecuménica. Ninguna tradición eclesial expresa por sí sola a la iglesia en su perfección o plenitud como Cuerpo de Cristo. Esto requiere disponibilidad para acoger múltiples expresiones del Evangelio, con una relectura del pluralismo eclesial que identifique elementos que confluyen hacia la comunión: “Este es el desafío de la eclesiología ecuménica, que sólo es posible si, enraizada en una tradición particular, sabe cómo recoger la realidad de la Iglesia que está más allá de la tradición misma” (WOLFF, 2007. p. 31). La conciencia eclesial ecuménica se convierte, entonces, en un imperativo para situar a las iglesias en el mundo plural actual con espíritu de diálogo y cooperación. Explica la “cultura del encuentro” y la sinodalidad como “caminar juntos” en el discernimiento del Evangelio. Esto implica el esfuerzo de, por un lado, asumir juntos las fuentes de la fe eclesial, bíblica y patrística. Por otro lado, exige actualizar el ser y el obrar de la Iglesia al momento presente, evitando añadir nuevos elementos divisorios.

De este modo, se establecen las tareas de una eclesiología ecuménica: 1) explorar en el interior del pluralismo eclesial las posibilidades de encuentro y diálogo, percibiendo dicho pluralismo como “una amplitud de posibilidades para la percepción de la fe en Jesucristo y de las experiencias eclesiales admisibles en las Escrituras” (WOLFF, 2007, p. 31); 2) reinterpretar los presupuestos (históricos, socioculturales y teológicos) que en otros tiempos y circunstancias provocaron y sustentaron las divisiones entre las iglesias, verificando su pertinencia o no en el presente (RUGGIERI, 2000, p. 14); 3) interpretar en perspectiva ecuménica los elementos bíblicos y patrísticos, las orientaciones normativas de los líderes eclesiásticos y las experiencias de las comunidades en una perspectiva ecuménica, desarrollando sistemáticamente el concepto de iglesia desde la perspectiva de la comunión intereclesial.

Estas tareas refuerzan la importancia de dos procedimientos por parte de las confesiones cristianas, con miras a una eclesiología ecuménica: a) examinar y profundizar la autoconciencia eclesial a la luz del imperativo “sean uno” (Jn 17,21); b) examinar y explicar una comprensión de la iglesia tan comprometida con la unidad que valore el diálogo ecuménico como locus teológico y metodológico de la eclesiología.

El cumplimiento de estas tareas impulsa a las iglesias a ejercer la escucha recíproca y el testimonio común, caminando juntas en una dinámica sinodal. Esta apertura a otras denominaciones exige la mirada de fe sobre la eclesialidad de la comunidad con la que se dialoga, para discernir los modos en que la Iglesia de Cristo allí se realiza, sus características y énfasis. Entre los criterios para ello está la disponibilidad de las iglesias para colocarse “bajo el mismo Cristo” (COMISSÃO INTERNACIONAL CATÓLICA-LUTERANA, 1986) y su Evangelio. Las razones particulares de las tradiciones eclesiásticas no deben ser el factor determinante de las relaciones intereclesiales. Lo determinante es el Evangelio, él tiene fuerza unitiva, por lo que es necesario tener “la palabra de Dios como signo ecuménico de la iglesia” (SCHWAMBACH, 2018). Por tanto, una eclesiología ecuménica exige de las iglesias el compromiso de encuentro, el conocimiento recíproco, el diálogo perseverante, el discernimiento histórico y teológico, que permitan mirar a la unidad como don del Espíritu Santo. Al dialogar con disposición teológica y actitud de servicio a la comunión, las iglesias ejercen las condiciones para acoger y hacer fecundo este don.

3 Itinerarios de una eclesiología ecuménica

En el contexto católico, las raíces para una renovación de la eclesiología con positivas implicaciones ecuménicas  se hallan ya en el siglo XIX, con Adam Mohler (1796-1838) y John H. Newmann (1801-1890), quienes favorecieron que el tema de la unidad se situase más allá del ámbito jurídico, desarrollando una eclesiología en el horizonte del misterio que enfatiza la interioridad y sacramentalidad de las estructuras e instituciones eclesiales (MOHLER, 1996; 2018), y una noción de santidad e historicidad que supera el tono apologético conflictivo (NEWMAN, 1994 ; 2005). Pero la primera propuesta de una eclesiología en perspectiva ecuménica en el catolicismo es de Y. Congar (1937), dirección que siguen teólogos de la talla de J. Danielou, K. Rahner, H. von Balthasar, entre otros, aunque no se hayan centrado en el tema. Más recientemente, tenemos a L. Sartori (1969), J. M. Tillard (1987), W. Kasper (1988), H. Kung (1992), G. Cereti (1997), por nombrar algunos. Pero es dentro del protestantismo donde la eclesiología ecuménica se desarrolla con más fuerza, como vemos en luteranos como Oscar Cullmann (1986) y W. Pannemberg (2009); en medio reformado, con John H. Leith (2015); J. Moltmann, con varias aportaciones ecuménicas como la teología de la esperanza (1967), de la creación (1985), de la Trinidad (1981) y la pneumatología; Lucas Vischer (1981); de los anglicanos recordamos a James H. Garrisson (2011), el “Informe de Virginia”, de la Comisión Interanglicana de Teología y Doctrina (1996); Jaci Maraschin (1995); y de la tradición ortodoxa, destacamos la pneumatología de Evdokimov y la teología de J. D. Zisioulas (2003). También hay importantes trabajos conjuntos hacia una eclesiología ecuménica (FRIES; RAHNER, 1987).

Cabe destacar el resultado eclesiológico del trabajo de las comisiones de diálogo, tanto bilaterales (católico-luterana, anglicano-metodista, luterano-reformada, etc.) como multilaterales (Consejos de Iglesias). A medida que estas comisiones trabajan y publican sus resultados, crece la percepción de que el misterio de la iglesia debe hacerse explícito ecuménicamente. De este diálogo emergen elementos que permiten a los teólogos de diferentes iglesias sistematizar una comprensión eclesiológica común. Un foro apropiado para esta tarea es la Comisión Fe y Constitución, es decir, la comisión teológica del Consejo Mundial de Iglesias, de la que se destacan las obras Bautismo, Eucaristía y Ministerios (1982); Hacia la fe común compartida (1998) e Iglesia: una visión ecuménica (2015).

Los Informes y Declaraciones finales de los trabajos de las comisiones de diálogo muestran la importancia de la documentación histórica y la relectura de las fuentes confesionales, iluminadas por un sólido estudio bíblico, teológico y pastoral en el trato con las respectivas eclesiologías. Los distintos énfasis eclesiológicos, más que un impedimento, son una invitación al diálogo y una oportunidad para el discernimiento, como atestigua Kasper (2009, p. 643):

El abundante material relativo a la Iglesia (discutido en Comisiones bilaterales) demuestra que el tema de la eclesiología está en el centro del diálogo ecuménico. En el campo eclesiológico, se ha dado un paso significativo desde la firme voluntad de superar muchos malentendidos y lagunas: se reconoce que los Diálogos retomaron y resolvieron ciertas controversias y ciertos conflictos históricos. En muchos de los temas examinados, se logró un amplio entendimiento común de la naturaleza y misión de la Iglesia. Es claro que los participantes en este Diálogo no se encuentran ya en la situación en que se encontraban en el siglo XVI, ni en el período posterior, caracterizado por polémicas y controversias. (KASPER, 2009, p. 643)

Esto demuestra la actitud honesta y responsable de los participantes del diálogo, dispuestos a cuestionarse mutuamente:

¿Cómo surgieron y se desarrollaron estos énfasis eclesiológicos en las denominaciones? ¿Esta diversidad de puntos de vista compromete la comunión o ofrece oportunidades para enriquecerla? ¿Las viejas controversias tienen algún sentido hoy o hay alguna forma de resolverlas? ¿Hasta qué punto estas distinciones pueden ser complementarias? ¿Es posible recoger, de los énfasis confesionales, una eclesiología fundamental común, que ilumine el diálogo en el presente y en el futuro? (FÉ E ORDEM, 2015, p. 18)

La respuesta a tales preguntas necesita afirmar el ecumenismo como un principio formal en la comprensión de la iglesia, un paradigma eclesiológico. De esta manera la eclesiología ecuménica adquiere un estatus propio. La perspectiva ecuménica de la iglesia tiene así un carácter y una función académicos: es una investigación sobre el misterio de la iglesia utilizando las fuentes, el método y los instrumentos hermenéuticos apropiados para asegurar la plausibilidad de que, en este misterio, puedan encontrarse las diferentes tradiciones eclesiales. Ella quiere expresar la veracidad de la iglesia con la mayor profundidad y amplitud posible, relacionando diversas tradiciones prácticas y concepciones teóricas del ser eclesial, identificando divergencias y consensos en estas tradiciones y discerniendo las verdades de la iglesia en la perspectiva de la comunión en el único Evangelio.

4 Iglesia ecuménica, ¿en qué sentido?

Es necesario aclarar en qué sentido se puede hablar de eclesiología ecuménica, así como aclarar lo que no es. Partiendo de la negación, no se trata de la suma material de las eclesiologías vigentes, ni de su superposición como pisos de un edificio, de composición fija, cuyas conexiones se ocultan en la estructura del inmueble. Tampoco sería una eclesiología exclusivamente espiritual, proyectada en la futura concordia celestial de los creyentes, sin compromisos en la realización visible de la unidad bautismal, congregacional, ministerial y misionera. Sin estos lazos y relaciones, la iglesia quedaría reducida a una ficción o simbolización sin efecto, ya que estructuras paralelas y fijas pueden servir de soporte para la interconexión y el compartir entre sujetos, pero por sí solas no bastan para realizar la unidad de los cristianos, porque esta unidad implica la dinámica simultánea de ser “miembros del Cuerpo de Cristo” y “miembros unos de otros” (1Cor 12,27 y Rom 12,5). Y eso requiere que las conexiones sean visibles, no solo ocultas; y dinámicas, no rígidas; en un equilibrio entre elementos estructurales y espirituales. Pablo habla de “”articulaciones” en “crecimiento, para su edificación en el amor gracias a la actuación de cada miembro” (Ef 4,16); y Pedro dice que el Edificio-Iglesia está hecho de “piedras vivas” (1Pt 2,5). La comunión espiritual se realiza a través de elementos testimoniales visibles, sinodales, ministeriales y sacramentales, en una unidad orgánica, vital, multiforme, dinámica y fecunda del Cuerpo de Cristo (Rm 12; Ef 4,11-13) – ilustrada también por Juan en la analogía eclesiológica de la vid (Jn 15,1-8).

Así, en un sentido positivo, la eclesiología ecuménica parte del compromiso de cada denominación cristiana con la unidad plena de la Iglesia de Cristo en la historia humana, no sólo a través de la realización de la Iglesia Una dentro de su comunidad y/o familia confesional, sino también en la comunión progresiva con otras comunidades y/o familias confesionales. Los horizontes de esta eclesiología ya han alcanzado importantes consensos, con énfasis en los siguientes.

4.1. Horizonte bíblico  

Hay consenso en la concepción bíblica de la iglesia como: Pueblo de Dios – “El pueblo que yo formé para mí anunciará mi alabanza” (Is 43,21); santuario donde mora Dios – “moraré entre los israelitas” (Ex 29, 45ss; Lev 26,11ss), como “templo santo del Dios vivo” (1 Cor 3,16; Ef 2,20; Ap 11, 1); templo del Espíritu – “casa espiritual” (1Pe 2,5), pueblo consagrado por el Espíritu Santo (Tt 3,5; Ef 1,13); Cuerpo de Cristo formado por muchos miembros (1Cor 12,12.27; Rom 12,4-5). La Iglesia se convierte en Pueblo universal, sujeto histórico-escatológico, regenerado en el bautismo y reunido en la ekklesía tou Theou (1Tm 3,15), las asambleas y/o tradiciones eclesiales que le dan cuerpo, movimiento, estructura y visibilidad, teniendo a Jesucristo por Cabeza (Col 1,18). Precisamente porque la Iglesia es la realización concreta del Pueblo de Dios, en la oikoumene de las lenguas y de las naciones (Hch 2,6), en la koinonía de los dones y de los ministerios (Ef 1,11-13), no puede descuidar la unidad, bajo riesgo de traicionar el Evangelio y frustrar la propia vocación.

4.2. Horizonte teológico

El amplio consenso bíblico posibilita importantes convergencias teológicas en la concepción de la iglesia y la búsqueda de consensos sobre las divergencias que persisten. Resaltamos:

a) Mistérica e institucional: esta adjetivación es aceptada por casi todas las denominaciones en diálogo, cuando profesan a la Iglesia como una realidad querida por Dios y expresión de la acción salvífica de Cristo, en el poder del Espíritu Santo. El misterio trinitario aparece en la iglesia desde la Alianza con el Pueblo de Israel, fundada en el tiempo por Jesucristo y manifestada por el Espíritu Santo en Pentecostés. Unida a Cristo como cuerpo y esposa, la iglesia atraviesa los siglos como signo del Reino de Dios, hasta su consumación escatológica (Rm 12; Ef 5, 31-32). La iglesia es misterio (mysterion) en analogía y participación en el misterio pascual de Cristo; e institución, ya que se desarrolla en el tiempo como pueblo y asamblea visible, dotados de oficios y ministerios (particularmente la supervisión episcopal), con estructuras de comunión, participación y misión, para realizar bien el anuncio del Evangelio encomendado por el Señor (Mt 28, 19). Es, pues, un sacramento del Reino de Dios (LG 1.5.48)

b) Ontológico o funcional: aquí las iglesias expresan distinciones entre una eclesiología más mistérico-sacramental y una eclesiología más kerigmático-testimonial. Las tradiciones Ortodoxas, Orientales, Católica Romana, Anglicana y, en cierta medida, Metodistas de gobierno episcopal, entienden a la iglesia como un medio de gracia en un sentido objetivo, asociando la congregación terrena, el Cuerpo histórico, con aquel celestial, el glorioso Cuerpo del Resucitado. Atribuyen una densidad ontológica a la iglesia, no por autorreferencia, sino por su identidad con el Cuerpo de Cristo, mediador de salvación. Otras tradiciones, como la luterana y la reformada-presbiteriana, insisten menos en la ontología, pero profesan la sacramentalidad de la iglesia en virtud de la gracia divina que obra por el anuncio del Evangelio, por el bautismo y por la cena memorial del Señor, debidamente ministrados según la voluntad de Jesús. De esta manera, hay una comunión espiritual entre todos los bautizados en las diferentes confesiones, compartiendo la misma gracia y la misma llamada a ser parte del Reino de Dios, aunque se reúnan en diferentes asambleas. Otras tradiciones, como Bautistas, Menonitas, Metodistas de Santidad y, a su manera, los Pentecostales, asignan un valor funcional más que ontológico a la iglesia: la iglesia es la congregación reunida, definida localmente; como acontecimiento de la Palabra de Dios en ese tiempo-espacio, como obra de gracia hacia los creyentes allí reunidos. El énfasis es más funcional, valorando el kerygma, la predicación y los ministerios a través del cual la iglesia comunica la gracia de Jesucristo al corazón de los creyentes – de quienes se espera que respondan a la altura de la llamada, con santidad y testimonio.

c) Las notas de la iglesia: a partir de los elementos anteriores, es posible trabajar ecuménicamente las notae ecclesiae – unidad, santidad, catolicidad y apostolicidad. Las iglesias profesan estas notas en el Credo Niceno-Constantinopolitano, como propiedades dadas por Cristo a su iglesia, que permiten su reconocimiento en la historia como una iglesia querida por Dios. Pero no hay consenso sobre cómo realizar cada nota en las tradiciones eclesiales. Y “el objetivo mutuo de la llamada a la unidad visible significa necesariamente que cada iglesia debe reconocer a las demás como verdaderas expresiones de lo que el Credo llama ‘la Iglesia una, santa, católica y apostólica’” (FÉ E ORDEM, 2015, p. 11). Así, el diálogo debe continuar en la afirmación conjunta de la iglesia en sus características esenciales: a) una en su constitución íntima porque uno solo es Cristo que la constituye como su Cuerpo, uno solo es el Evangelio predicado, una solo es la misión. Y esta unidad debe tomar forma en el orden temporal de la Iglesia, como pueblo reunido en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, en vista de la consumación escatológica. b) santa, que se basa en el hecho de que la iglesia ha sido “separada” para Dios Uno y Trino, y para relacionarse con él en el servicio/adoración. Y necesita tomar forma histórica en el testimonio de la santidad de Dios al mundo de hoy, que se expresa en el comportamiento de sus miembros. c) católica, en el sentido de que la fe de la iglesia es “universal”, es decir, “global”, “plena”. Así, la iglesia no está presente exclusivamente en una sola tradición eclesial, ni es superioridad numérica, sino una realidad espiritual y cualitativa, como plenitud de los bienes de salvación y fidelidad a la totalidad de la vida redimida traída por Jesucristo. d) apostólica, por la fidelidad a las enseñanzas transmitidas por los apóstoles de que Jesús es “el Cristo, el Hijo del Dios vivo” (Mt 16,16; Lc 9,20), el fundamento o “roca” sobre la que se construye la comunidad de fe (Mt 7,24-25).

4.3 Horizonte misionero/pastoral

La iglesia es consciente de que la misión que recibió de Jesús es evangelizar. Y “evangelizar es hacer presente el Reino de Dios en el mundo” (EG n. 176). El horizonte y objetivo de la misión es anunciar el Reino de Dios que está presente en la historia, transformando situaciones que contradicen el Evangelio que las iglesias creen y anuncian. Es el Evangelio de la “vida en abundancia” (Jn 10,10) vivida a través de relaciones de fraternidad, solidaridad y práctica de la justicia. La misión sitúa a la Iglesia en el mundo en que vivimos, la encarna en las vicisitudes y alegrías humanas (GS n. 1). Por tanto, la actividad misionera de la iglesia va más allá de la idea de salvar almas, busca la salvación integral de la persona: cuerpo, espíritu, mundo, cosmos y tiempo. En este sentido, fe y sociedad/cultura/economía/política y cuestiones ecológicas interactúan en la misión de la iglesia. Y de estos, los temas ecológicos merecen especial atención (COLET, 2017). Manteniendo sus especificidades, estas áreas se complementan entre sí, ya que todas se relacionan con la vida. Y la misión es fortalecer la vida en un sentido amplio, contextualizada sociocultural y ecológicamente.

El ecumenismo es misionero, nació y se desarrolló en un contexto de misión, por lo que la eclesiología ecuménica también es misionera. La misión que Jesús encomienda a los discípulos (Mt, 28,19; Mc 16,15) no es exclusiva de una sola denominación, sino de todas las personas que creen en él. Y las iglesias en diálogo están llamadas a discernir juntas las cuestiones que el mundo actual presenta para la vivencia de la fe cristiana. Esto exige de ellos la capacidad de desarrollar proyectos comunes y anunciar el único Evangelio. Para ello, es necesario abandonar cualquier pretensión de exclusividad en el espacio donde se ubica cada iglesia, reconociendo el valor de la misión que allí también desarrollan otras iglesias, y poniéndose a disposición para el trabajo conjunto. La misión debe ser ecuménica.

Por lo tanto, la misión/pastoral es otro horizonte importante de la eclesiología ecuménica. El diálogo y la cooperación en la misión crean posibilidades significativas para el diálogo en temas eclesiológicos, avanzando en convergencias y consensos sobre la iglesia, su naturaleza y finalidad. Y así se realiza la unidad de la Iglesia de Cristo en el mundo: el testimonio común del Evangelio “para que el mundo crea” (Jn 17, 21).

5 Discernimiento y hermenéutica de la comunión

La eclesiología ecuménica exige el desarrollo de la hermenéutica de la comunión como la que mejor penetra en la profundidad del misterio del Dios Uno y Trino, y a la luz de este misterio se comprende la verdad de la iglesia. Las tradiciones particulares adquieren un significado universal cuando esto sucede. Así, las iglesias pueden discernir juntas sobre el modelo de unidad/comunión posible entre ellas, y los elementos que dan visibilidad a la unidad/comunión. 

5.1 Modelos de unidad

La eclesiología ecuménica tiene como objetivo identificar y justificar los elementos que afirman la koinonía como constitutiva de la naturaleza, identidad y misión de la iglesia. El diálogo realizado hasta el momento ya permite identificar propuestas en esta dirección, conformando cuatro modelos principales: 1) unidad orgánica: es, quizás, la propuesta más antigua de Fe y Constitución (Edimburgo, 1937) como unión de organismos eclesiales. A través de este modelo, las iglesias serían invitadas a renunciar a elementos identitarios para fundirse “en un único cuerpo” (COMISSÃO INTERNACIONAL CATOLICA-LUTERANA, 1994, n. 17), siendo la unidad “un organismo vivo” (FÉ E ORDEM, 2005 , capítulo VI) con una estructura orgánica homogénea y uniforme; 2) en cada lugar: propuesta de la III Asamblea General del CMI (Nueva Delhi, 1961), entendiendo la unidad como la aceptación mutua entre las iglesias locales, donde los cristianos son bautizados, escuchan la Palabra, celebran los sacramentos y son guiados por sus pastores en la vivencia de la fe en Cristo; 3) asociación corporativa: afirma la posibilidad de que las diferentes comunidades eclesiales formen una comunión de fe y de vida sin perder autonomía y especificidades en sus teologías y religiosidades de valor permanente para la fe apostólica. Entre las iglesias se establecería un “acuerdo sustancial sobre cuestiones de fe y sobre una común constitución del episcopado según la concepción de la iglesia primitiva” (COMISSÃO INTERNACIONAL CATÓLICA-ANGLICANA, 1994, n. 136); 4) comunidad conciliar: propuesta en la V Asamblea del CMI (Nairobi – 1975), por la cual cada iglesia tiene en comunión con las demás la plenitud de la catolicidad y el testimonio de la misma fe apostólica. En una “comunión conciliar”, la diversidad identitaria no se anula y no es obstáculo para la comunión (CONSELHO MUNDIAL DE IGREJAS, 2001, lista del apartado II, n. 7), que se realiza en el bautismo, en la eucaristía, en la mutua aceptación de miembros y ministros, en la profesión del Evangelio y en el servicio al mundo. Es una “comunión conciliar de las iglesias locales, unidas efectivamente entre sí” (CONSELHO MUNDIAL DE IGREJAS, 2001, lista de la sección II, n. 4), teniendo como estructura vinculante las reuniones conciliares convocadas según las exigencias de la realización de la vocación común, encuentros de carácter representativo, como intercambio permanente de información, proyectos y experiencias; 5) unidad en una diversidad reconciliada: la unidad en Cristo no se da “a pesar de” la diversidad o “contra” ella, sino con y en la diversidad (CULLMANN, 1986). Se consideran legítimas las diversas formas de los patrimonios confesionales pertenecientes a la riqueza de la vida de toda la Iglesia, exigiendo de cada tradición eclesial un “encuentro abierto con la herencia de los otros”, permitiendo la visión de una unidad que tiene la característica de ser un “diversidad reconciliada” (COMISIÓN INTERNACIONAL CATÓLICA-LUTERANA, 1994, n. 32). El Papa Francisco ha explicado repetidamente esta comprensión de la comunión eclesial con la imagen del poliedro (EG n. 236). Y en Brasil, los teólogos ecuménicos lo expresan como “unidad plural” (WOLFF, 2007, p. 223-235).

5.2 Visibilidad de la comunión

La comunión eclesial necesita ser visible, permitiendo que los elementos teológicos verificados más arriba tengan un impacto en la organización de la vida eclesial. La Comisión de Fe y Constitución, en el Documento BEM (1982), presentó sistemáticamente los fundamentos y convergencias sobre el bautismo, la Eucaristía y los ministerios como centrales para la visibilidad de la comunión. Además, ponderó el lenguaje y las prácticas litúrgicas; examinó las formas de ejercicio ministerial, especialmente la episkopê (supervisión); aclaró las diferentes concepciones sacramentales del orden y de la cena, a veces divergentes, a veces complementarias; y reveló la consistencia de los elementos teológico-litúrgicos compartidos por las iglesias, como sustento de posteriores resoluciones y consensos eclesiológicos. En 1998, Fe y Constitución publicó el documento Naturaleza y finalidad de la Iglesia y, en 2005, profundizó este tema en Naturaleza y misión de la Iglesia. Cabe señalar que el paso, en los títulos, de “finalidad” a “misión” refleja un enfoque teológico y paradigmático específico: el misterio y la acción de la Iglesia no se definen de manera autorreferida, sino en relación con el plan salvífico del Dios Trino para la humanidad y la Creación, para que la missio ecclesiae señale y sirva a la missio Dei. Con tal enfoque, el diálogo avanzó de 2006 a 2012, resultando en el documento La Iglesia: hacia una visión ecuménica (FÉ E CONSTITUIÇÃO, 2015).

Esta “visión” común requiere elementos estructurales e institucionales que hagan visible efectivamente la comunión. De estos elementos, los ministerios ordenados son particularmente complejos para una eclesiología ecuménica. En todas las iglesias hay un ministerio ordenado, pastoral, específico, que se distingue del ministerio o sacerdocio común de los fieles, aunque esta distinción no se entienda ni se explicite del mismo modo. Las diferencias sobre el ministerio ordenado se manifiestan principalmente en la concepción teológica de su naturaleza sacramental, su estructura (jerárquica o no), las competencias pastorales y jurídicas, la sucesión apostólica, el sujeto del ministerio ordenado (hombre o mujer): “Las particularidades de estas orientaciones garantizan las particularidades eclesiológicas de las diferentes tradiciones (eclesiales), ya que ministerio e iglesia se implican recíprocamente” (WOLFF, 2018, p. 310).

En todo caso, todas las iglesias entienden que sus ministerios eclesiásticos están enraizados en la misión que Cristo dio a su iglesia de predicar el Evangelio (Mt 28,19; Mc 16,15;). Esta misión procede del bautismo, por lo que todos los bautizados la tienen. Pero se ejerce de modo particular en las órdenes eclesiásticas por el servicio a la comunidad mediante la proclamación de la Palabra, la celebración del culto y la administración de los sacramentos. Por la relevancia de tal misión, católicos y ortodoxos entienden que proviene del sacramento del orden, y no sólo del bautismo. En este sentido, el ministerio ordenado constituye una jerarquía de gobierno y referencia para la comunión. Y aquí cobra particular importancia el diálogo ecuménico sobre el ministerio del episkopé y el ministerio petrino, que en última instancia atañe a la cuestión de la autoridad en la iglesia.

Conclusión

La eclesiología ecuménica es un requisito de la propia iglesia.  En su naturaleza de comunión, la iglesia se realizará plenamente si los límites institucionales y doctrinales se expanden más allá de una tradición eclesial, acogiendo en la comunión otras formas de ser iglesia. La ecumenicidad de la iglesia no es un teologúmeno, una abstracción o una mera especulación eclesiológica. Es una forma privilegiada de explicitar la naturaleza, identidad y misión de la iglesia como comunión. Se trata de una comunión plural, unidad en la diversidad, a través de la cual la Iglesia se enriquece con los diversos dones y carismas que el Espíritu otorga a las confesiones eclesiales, que juntas buscan dar al mundo un testimonio convincente de la misma fe en Cristo y en su Evangelio del Reino.

Elias Wolff. Programa de Postgrado en Teología – PUCPR. Texto original en portugués. Enviado: 30/08/2022; aprobado: 30/10/2022; publicado: 30/12/2022.

Referencias

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