El Bien Común

Índice

1 Definición

2 Historia

2.1 Platón

2.2 Aristóteles

2.3 Cicerón

2.4 Agustín

2.5 Tomás de Aquino

3 Magisterio eclesial católico

4 Reflexión teológica católica

4.1 Moral social

4.2 Bioética

4.3 Ecología

Conclusión

5 Referencias

1 Definición

El bien común se refiere a la realización última de las capacidades individuales, sea en relación a cada individuo en particular, sea en el grupo. El bien común no es la suma de los bienes deseados y buscados individualmente, ni lo que concierne a cada uno en la búsqueda de obtener lo que se desea. El bien común no es ni siquiera lo que la colectividad impone de modo totalizante y que no considera o absolutamente elimina la atención a cada ciudadano y a la autonomía individual.

Tanto en el norte del mundo industrializado (WARD & HIMES, 2014), como en el Sur del mundo, en vías de desarrollo (OROBATOR, 2010), injustas desigualdades caracterizan el contexto social, económico y político. Por el contrario, el bien común está estrechamente relacionado con la justicia social y la igualdad. A través de la opción preferencial por los pobres, el bien común está al servicio de la búsqueda de una mayor igualdad, a través de un compromiso firme y eficaz para reducir y, ojalá, eliminar la causa de la injusta desigualdad y para promover el bien común a nivel global.

En la tradición y reflexión católicas, el bien común depende tanto de la fe cristiana, que se preocupa por el bien de cada uno, como de la reflexión racional sobre la experiencia humana, compartida por cada uno, independiente de toda la diferencia cultural, religiosa, lingüística, social y política. De este modo, el bien común es, al mismo tiempo, específico de la tradición católica cristiana y caracterizadora de la experiencia humana, más allá de toda la diferencia histórica, cultural, religiosa, política y social.

En la reflexión contemporánea, el bien común se define de varios modos. En primer lugar, el bien común se identifica con el bienestar general, es decir, el bien mayor que es posible conseguir para un mayor número de ciudadanos. En tal definición se reconoce el influjo del pensamiento utilitarista. Considerar el bien común de este modo privilegia una aproximación cuantitativa (el bien mayor) y distributiva (para el mayor número de ciudadanos). También se comprueba si el acceso al bien común está garantizado a todos los ciudadanos, o si existen ciudadanos a los que el acceso al bien común es limitado, o si hasta llegan a ser excluidos de participar en la promoción del bien común.

En segundo lugar, el bien común se considera un bien público, es decir, un bien de todos, que está disponible para cada miembro de la comunidad civil, para todos o para nadie. Por ejemplo, cuando un Estado está en paz, la paz es un bien público, pertenece a todos y todos se benefician, sin exclusión. Por el contrario, si la paz es una amenaza por alguna guerra, nadie puede beneficiarse. Esto puede ser afirmado también por otros bienes públicos: la salud, el trabajo, el ambiente ecológico sano, la belleza natural y la fertilidad de la naturaleza. Además, el bien común fundamental, y el bien público por excelencia, se refiere a la pertenencia de cada individuo a la comunidad humana y la certeza de que no puede ser excluido de ella. Finalmente conviene precisar que hay la responsabilidad de proteger y promover tales bienes públicos, garantizado el acceso a cada uno.

En tercer lugar, el bien común puede definirse como un bien institucional, para indicar las condiciones sociales e institucionales que son necesarias para promover el bien común de cada ciudadano y de toda la colectividad. Este modo de comprender el bien común es considerado por importantes documentos del magisterio católico.

En la carta encíclica Mater et magistra (1961), el papa Juan XXIII afirmó que el bien común es “el conjunto de aquellas condiciones sociales que consienten y favorecen en los seres humanos el desarrollo integral de su persona” (Juan XXIII, 1961, n.51). Pocos años después, el Concilio Vaticano II, en la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, Gaudium et spes, indicó que “el bien común es el de las condiciones de la vida social que permite tanto a los grupos, como a cada uno de sus miembros alcanzar de manera más completa posible la propia perfección “(CONCILIO VATICANO II, 1965a, n.26). Otros documentos del magisterio católico han confirmado esta cuestión: la declaración sobre la libertad religiosa Dignitatis humanae del Concilio Vaticano II (CONCILIO VATICANO II, 1965b, n.6), el Catecismo de la Iglesia Católica (1992, n.1006) y el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (PONTIFICIO CONSEJO DE JUSTICIA Y PAZ, 2004, n.164).

De este modo, el bien común institucional enfatiza la importancia de los bienes comunes producidos en el contexto social, gracias a los procesos productivos, económicos y financieros (por ejemplo, alimentos, servicios sanitarios y empleos). Además, el bien común institucional exige verificar cómo tales bienes se distribuyen, quién se beneficia y quién es excluido.

En cuarto lugar, el bien común es relacional o solidario, para indicar que se trata de un bien compartido entre todos los agentes morales y realizado conjuntamente, a través de interacciones y colaboraciones. El bien de cada uno no se persigue de modo aislado porque el bien de cada uno no es separable del bien de todos, pero es interdependiente. Al mismo tiempo se define sobre lo que el bien común implica y exige. El bien común de la colectividad entera se realiza en el conjunto con respeto y sustentación recíprocos. Además, el papa Juan Pablo II afirmó que la interdependencia, que el bien común presupone, no es contingente, no es sólo un dato de hecho – vivimos juntos en el planeta tierra. Por el contrario, se trata de una interdependencia del tipo moral, que depende de la dignidad de cada uno y que se dirige a la realización y el bien de todos (Juan Pablo II, 1987, n.26). En consecuencia, como subraya Juan Pablo II, el bien común depende de los logros de solidaridad que existen en la sociedad civil, incluidos aquellos que son más pobres y necesitados (JUAN PABLO II, 1987, n.38).

2 Historia

El bien común es un concepto con una larga historia. En el ámbito judío cristiano, el mandamiento bíblico que exhorta a amar al prójimo como a sí mismo, pide que se haga todo lo posible para promover el bien de cada persona -cerca o lejos, conocido o desconocido, incluso. Este mandamiento del amor propone el bien común, tiende a su realización y lo hace posible.

2.1 Platón

En el contexto filosófico griego, en Platón (428-348 aC) el bien común está aparentemente ausente, aun siendo explícita la búsqueda del bien en sí mismo. Buscando el bien en sí, Platón lo identifica como la idea suprema de la que depende el mundo no elegible. La idea del bien es la fuente del conocer, del tener y del ser y, por lo tanto, de todas las otras ideas, como se indica en el mito de la cueva (PLATÓN, VII, 514 b-520 a). Como el sol ilumina y hace visible todas las cosas concretas, así la idea del bien hace inteligible a las otras ideas. Además, las ideas son valores morales; la idea suprema, de la que dependen las otras ideas, es el supremo valor moral del bien. El bien en sí permite precisar la eudaimonía, es decir la capacidad de conducir una vida buena, feliz, virtuosa.

La felicidad puede ser alcanzada solamente en la vida política, por lo que la comunidad perfecta y feliz es la comunidad política y, mediante las leyes, la realización de la polis precede a la de un individuo o de clases particulares. Por lo tanto, para Platón, el bien es el bien común. La reflexión sobre la vida buena en la polis depende de la polis ideal de la que la polis concreta es sólo una aproximación. El riesgo es que esto haga perder de vista el bien de cada uno.

2.2 Aristóteles

Para Aristóteles (384-322 aC), la política consiente definir lo que es el bien para el ser humano. “El bien es aquello a lo que todas las cosas tienden” (ARISTÓTELES, I, 1, 1094a, 3) y el tratado sobre el bien es un tratado de política (ARISTÓTELES, I, 2, 1094b, 11). Por consiguiente, el bien del ser humano, qué animal social, político (zôon politikón), es inseparable de aquel de la polis. Es sólo en la polis que la vida buena y virtuosa del cuerpo social es posible. Además, el bien de la polis tiene la supremacía sobre el bien del individuo, porque el bien acumulativo de la colectividad es más importante que el bien de cada individuo. La polis griega, sin embargo, es de élite. Es la unión de muchas ciudades, familias, estirpes y el bien de la polis se refiere sólo a los que se consideran ciudadanos, pero no a las mujeres, a los esclavos y los extranjeros.

Tanto Platón como Aristóteles sitúan el tema del bien en un contexto político. El bien comprende la colectividad, todos aquellos que son considerados ciudadanos. En consecuencia, en el mundo antiguo, la comprensión del término “bien común” no indica una carencia, sino una sobreabundancia. Era necesario hablar del bien común, pues era implícito y presupuesto que el bien no pudiera ser sino común, al menos para aquellos que eran considerados ciudadanos.

2.3 Cicerón

Marco Tulio, Cicerón (106-143 aC) trae una visión crítica del bien público (res pública) porque, en los diez años que preceden al nacimiento de Jesús, el imperio romano no posee la capacidad de tender al bien público, común, necesario para ser pueblo. Sin embargo, el bien personal y social son inseparables (Cícero I, 25,39). Por el contrario, convendría anteponer la utilidad general a la propia. Además, la existencia de la res pública exige un acuerdo entre la persona y lo que es correcto, justo y sobre el bien que se comparte en común (HOLLENBACH, 2002, p.122). Tanto para Cicerón, como para Aristóteles, la igualdad entre los ciudadanos no es inanimada.

2.4 Agustín

En Agustín (354-430), la expresión bien común, que los traductores reaproximan en sus obras, es utilizada para traducir múltiples expresiones en textos que tratan de cuestiones del tipo político. En particular, el bien común es lo que la comunidad civil ama. En consecuencia, ocurre que el bien común es intencionalmente buscado individualmente por las autoridades civiles. Para el jesuita David Hollenbach, esto lo lleva a afirmar que Agustín presupone la posibilidad de una forma de vida política con objetivos comunitarios (HOLLENBACH, 1988, p.85).

Agustín afirma, por un lado, la necesidad de reflexionar sobre el bien común deteniéndose sobre la ciudad terrena y, por otro lado, invita a concentrarse sobre la ciudad eterna, reconociendo a Dios, el sumo bien, como único bien común. De este modo, el bien común admite combinar dos tensiones: por un lado, la posibilidad de vivir la radicalidad del mandamiento evangélico de amar al prójimo en la vida social gracias a Dios, sumo amor incondicional y gratuito; por otro lado, el bien común permite interactuar con igualdad, reciprocidad, mutualidad y colabora en la sociedad civil buscando definir y promover el bien común para todos los ciudadanos, viviendo de tal modo el amor que se recibió gratuitamente. En consecuencia, para Hollenbach, Agustín propone una modalidad de presencia en la esfera civil donde la comunidad cristiana es diferenciada de la esfera pública, pero sin aislamiento o dominación sobre ella (HOLLENBACH, 2002, p.121).

Agustín afirma con claridad que ninguna ciudad terrena podrá realizar la plena comunión con Dios que caracterizará la ciudad de Dios, pero ya es posible la vida común de una res pública con el bien común compartido (HOLLENBACH, 2002, p.126). En otras palabras, la visión teológica agustiniana no es un obstáculo para la vida común. De tal modo, Agustín integra la crítica de Cicerón valorizando la relación fundada sobre la amistad y el amor, que caracterizan la experiencia de cada persona y que consienten en construir el bien común de la sociedad.

Además, Agustín presupone que el bien común de una sociedad necesita concordar con lo que es verdaderamente justo, buscando el amor recíproco y expresando así el amor de Dios donado cada uno gratuita e incondicionalmente.

El bien común se puede encontrar en su sentido absoluto sólo en la ciudad celeste, pero en sentido relativo, plasma la ciudad terrena, a ejemplo de las estructuras necesarias para garantizar los bienes esenciales para vivir y morir bien (salud, alimento, refugio, seguridad, educación, trabajo, cultura, posibilidad de vivir y de practicar el propio credo religioso, etc.). Agustín, por lo tanto, no comparte la afirmación de Aristóteles que el bien de la polis es el máximo bien humano (HOLLENBACH, 2002, p.124-5). De este modo, el bien común político es la imagen imperfecta de la vida eterna. Preservar la paz terrena forma parte, pues, del bien común. En consecuencia, también podemos afirmar que el respeto a la diversidad y el proveer los bienes esenciales a todos los ciudadanos forman parte del bien común.

En conclusión, para Agustín el bien común terreno es imagen del bien común celeste. Mientras, por un lado, desacraliza la política e insiste en la trascendencia de la ciudad de Dios, por otro, él tutela la capacidad del ámbito político de convertirse en una parcial e imperfecta encarnación del bien humano total y de perseguir los bienes, entre ellos los bienes comunes que caracterizan la ciudad terrestre (HOLLENBACH, 2002, p.125, 127-9).

2.5 Tomás de Aquino

En el conjunto de su obra, Tomás de Aquino (1225-1274) no consagró un tratado completo sobre el bien común. Él reflexionó primero sobre la noción de “bien” en relación a la noción del ser y de la “bondad divina”; en segundo lugar, él precisó el “bien” moralmente, y, en tercer lugar, sugirió el bien de modo político mediante la noción del bien común.

En el ámbito del pensamiento medieval, al mismo tiempo que señala que el bien común realizado en la comunidad civil es más divino que el bien de cada persona, Tomás no indica cómo buscar el bien común en las diversas circunstancias, incluso aplicándolo en situaciones específicas (por ejemplo, el asesinato del otro en legítima defensa, el asesinato de otros en casos de guerra, la propiedad privada). Sin embargo, el bien común es el criterio ético que guía el comportamiento individual y social porque es la finalidad de la civitas, es decir, de la sociedad política. Debemos también comprender si el adjetivo “común” para Tomás comprende una civitas idéntica a la polis aristotélica, o si se refiere a grupos en posiciones de poder dentro de ella, o, si se refiere sólo a la autoridad cuyas funciones se especifican (por lo que sería más público que el bien común), o se incluye a la humanidad entera.

Tomás aclara, definiendo el bien común de tres modos: primero, el bien común es el bien que se refiere a cada persona, que es predicable de cada uno (por ejemplo, la naturaleza humana es común a todos); segundo, el bien común es aquel compartido por todos y que pertenece a todos (por ejemplo, la victoria por un ejército); el bien común define los bienes comunes de utilidad, que están ligados a la justicia distributiva, es decir, que se refieren a la distribución de los bienes, al servicio del bien común (por ejemplo, dinero, agua y recursos médicos). En fin, en la comunidad política, estos tres significados de bien común son inseparables porque cada persona logra la felicidad (un bien clasificado como común) sólo como parte del orden civil (un bien causal común), que es mantenido por una justa distribución de los bienes comunes de utilidad (FROELICH, 1989, p.55).

Además, para Tomás, el adjetivo “común” puede indicar lo que es común a muchos por su naturaleza (secundum res), como un lugar común en el que nos reunimos, o bien secundum rationem, es decir, que pertenece a muchos, pero del cual la unidad depende de una abstracción, como el género animal (TOMÁS DE AQUINO, I, q, 13, 9).

El bien común no es solamente el bien individual, ni la suma aritmética de los bienes individuales y privados. Esto crearía divisiones en la sociedad. Por el contrario, el bien común anhela un orden social de grado más elevado en relación a lo que se puede conseguir sumando los bienes de cada ciudadano. Por lo tanto, en Tomás, la noción de bien común depende de la convicción que la persona humana es intrínsecamente social, orientada naturalmente al bien y parte de un universo ordenado naturalmente. Finalmente, el principio del bien común tiene un componente sobrenatural (Dios es el sumo bien común) y uno natural (la exigencia práctica del vivir social).

Como en Agustín, también para Tomás el bien último de toda criatura, el bien común, en el sentido más pleno y completo, es Dios, mientras que de Dios depende el bien de todas las cosas. Los seres humanos se realizan plenamente sólo cuando están unidos a Dios, y de este modo, unidos unos a otros y unidos a la creación.

A causa de la tensión entre el bien temporal y el bien último, entre el ciudadano, la civitas y Dios, la sociedad política es esencialmente relación y se caracteriza por las relaciones dinámicas entre individuos, sociedad de Dios. Cuanto más se comprende y se vive tales relaciones, tanto más cada ciudadano comprende y vive en la sociedad política persiguiendo el bien común de la sociedad civil. Al mismo tiempo, cada una de estas relaciones, y todas juntas, constituyen aproximaciones del bien común, en menor medida del bien común temporal y, en grado máximo, del bien común último. Como consecuencia, al pretender definir el bien común de modo no aproximado se recae en un bien particular. Tomás define tres aproximaciones.

La primera aproximación del bien común indica que el ser humano es naturalmente social, político y, por lo tanto, destinado a vivir en comunidad, tendiendo al bien personal y comunitario.

La segunda aproximación del bien común es el bienestar de la comunidad social, es decir, del cuerpo político. Para Tomás, la comunidad no es un fin en sí misma, pero existe para facilitar y promover el bien común, de modo que todos los ciudadanos se beneficien. Esto requiere una definición articulada de la virtud de la justicia, capaz de distinguir una justicia “particular”, que Tomás elabora a partir de Aristóteles y del derecho romano (según el cual uno da a cada uno lo que le corresponde), y una justicia general, que concierne al bien común. Las autoridades políticas tienen el deber de facilitar al pueblo el bien común, sin excluir el bien particular de cada uno. Además, en el ámbito político y deliberativo, las virtudes de la compasión y la prudencia orientan y enriquecen la capacidad de los ciudadanos de promover el bien común (BUSHLACK, 2015). A la luz de las contribuciones de los papas Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco, podemos añadir la caridad y la solidaridad a la lista de las virtudes de Tomás de Aquino.

En fin, la tercera aproximación del bien común se refiere a la bondad universal de Dios, que trascendiendo el universo nutre, sostiene y abraza el todo y cada una de sus partes.

En conclusión, aunque Tomás no describa cómo se busca prácticamente el bien común de la comunidad, presupone una interacción dinámica entre el bien humano, el bien individual y el bien de la comunidad, entre la justicia que concierne al ciudadano singular y la justicia que dice respeto a toda la comunidad.

3 Magisterio eclesial católico

La Doctrina social católica pide a cada creyente, o mejor, a cada ciudadano, un actuar con justicia. En este sentido, las encíclicas sociales, algunas de modo explícito, otras implícitamente, se vuelven a todos los hombres de buena voluntad para reafirmar los derechos y deberes de cada uno y para invitar a trabajar juntos por una sociedad más justa (CURRAN, 2002, p. .40).

En el magisterio católico reciente, la atención privilegiada a los menos favorecidos, a los pobres, es la prioridad que guía el actuar moral orientado hacia el bien común a la luz del mandamiento del amor evangélico. El bien común permite afirmar que todos, y en particular los más pobres, deben disponer de lo que es indispensable para vivir. Además, la sociedad civil debe proveer las necesidades concretas de los más necesitados, también en detrimento de la abundancia de los más ricos.

En fin, juntos, como colectividad, debe haber el esfuerzo de comprensión para cambiar las circunstancias que no favorecen que los ciudadanos compartan los beneficios del bien común. El principio del bien común favorece tal proceso transformador en el mundo contemporáneo, globalizado, interdependiente y pluralista.

Así como en Tomás de Aquino, en los documentos magisteriales, la autoridad pública es considerada un agente moral importante, con la responsabilidad específica de promover y realizar el bien común. La Carta Encíclica del Papa León XIII, Rerum novarum (1891), afirma que ésta es una visión autoritaria y paternalista del Estado, que no distingue entre sociedad y estado, en el cual el bien común de la sociedad, incluyendo el bien religioso y moral de todos los ciudadanos, se confía a los gobernantes. Todo el poder proviene de Dios y los gobernantes participan gobernando no para su propio bien, sino para el bien de todos ((León XIII, 1891, n.26).

Para el Papa Pío XI, en la Encíclica Quadragesimo anno (1931), la autoridad pública declara lo que puede ser considerado el bien común (PIO XI, 1931, n.49).

El Papa Juan XXIII, en la Encíclica Mater et magistra (1961), afirma que el Estado existe para organizar el bien común, con la responsabilidad de promover la justicia social (GIOVANNI XXIII, 1961, n.12 y 41).

También en la Encíclica Pacem in terris (1963), Juan XXIII pide que los poderes públicos se esfuercen por realizar el bien común, promoviendo los bienes materiales y espirituales, creando una comunidad mundial en la que todos los ciudadanos sean iguales. También exhorta que se protejan y promuevan los derechos humanos (GIOVANNI XXIII, 1963, n.35 y 40). Como en la Mater et magistra, la Pacem in terris de Juan XXIII ensancha la perspectiva de pertenencia de toda la humanidad al bien común (GIOVANNI XXIII, 1963, n.54).

La Gaudium et spes (1965), la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, que emerge del Concilio Vaticano II, por un lado, afirma que el bien común es responsabilidad de la autoridad estatal y de los cuerpos sociales intermediarios; por otro lado, entiende que el bien común mantiene un carácter dinámico (CONCILIO VATICANO II, 1965a, n.74). Entre los cuerpos intermediarios se consideran las organizaciones profesionales, los sindicatos, los organismos internacionales, las familias, los grupos sin fines de lucro, así como los económicos, sociales, políticos y culturales.

El Papa Juan Pablo II, en la encíclica Centesimus annus (1991), reitera que el Estado debe armonizar y orientar el desarrollo económico para proteger el bien común, así como hacer intervenciones suplementarias en el sistema social y / o productivo, que ocurren en “situaciones excepcionales y limitadas en el tiempo “(JUAN PABLO II, 1991, n.11 y 48). Además, Juan Pablo II afirma que “una economía social que oriente el funcionamiento del mercado hacia el bien común debe ser construida a nivel nacional e internacional” (JUAN PABLO II, 1991, n.52).

Reconociendo la importancia de la participación individual de los ciudadanos en la promoción del bien común, el Catecismo de la Iglesia Católica también acepta que es sobre todo la comunidad política la encargada de esta tarea (1992, 1913 y 1910). El Catecismo afirma que los estados también deben dirigirse al bien universal común, tanto en las áreas de la vida social como en la gestión de la salud y emergencias políticas, como refugiados y emigrantes (1992, 1911 y 2241). Además de eso, es en el Estado donde la tarea de proteger el bien común de la sociedad civil, de los ciudadanos y de los cuerpos intermediarios, es reconocida (1992, n.1910).

Además, la participación de los ciudadanos en la vida política y el respeto por las autoridades responsables de la promoción del bien común no deben separarse del control de los ciudadanos ante estas autoridades para evitar posibles abusos y garantizar que lo que exigen las autoridades políticas no es contrario a los requisitos morales de la conciencia justa. El bien común es, pues, presentado como criterio de discernimiento y validación por la autoridad (1992, 2242, 1903 y 1900).

Además de los cuerpos intermedios, el principio de subsidiariedad es también una instancia crítica y transformadora, que es acompañada por reflexión sobre el bien común, aclarando y calificándola. Este principio fue propuesto por Pío XI en la encíclica Quadragesimo anno, para proteger los derechos de las comunidades o grupos menores de interferencias del Estado (PIO XI, 1931, n.81). En Mater et magistra, al reafirmarlo, Juan XXIII reformuló ese principio, indicando la obligación del Estado o de la autoridad mundial de intervenir contra las injusticias sufridas por asociaciones y grupos dentro del país (JOÃO XXIII, 1961, n.40).

Lisa Cahill observa que una comprensión renovada del bien común puede dar valor a redes jerárquicas más amplias y menos ordenadas, por ejemplo, compuestas por organizaciones, asociaciones y grupos, pero que son capaces de trabajar efectivamente para la promoción del bien común (CAHILL 2004c, 2005a, p.130). Para Cahill, por lo tanto, ante los desafíos actuales de la descentralización progresiva y del aumento de la movilidad mundial, la multiplicación de redes e instituciones internacionales atestigua el principio del bien común (CAHILL, 2005a, p.132).

Una nueva comprensión del principio de subsidiariedad, que enfatiza la participación y la igualdad, y que también se expresa en formas de acción social a partir de la base, ofrece nuevas posibilidades. En efecto, promueve la participación ciudadana en la promoción del bien común, por ejemplo, delegando poderes a ciudadanos, grupos y organismos internacionales, porque es deber de todos los agentes sociales definir mejor lo que constituye el bien común, lo que requiere y cómo puede ser alcanzado (CATHOLIC BISHOPS CONFERENCE OF ENGLAND AND WALES, 1996, n.22 e 52; CONFERÊNCIA EPISCOPAL PORTUGUESA, 2003, n.13).

La reflexión sobre la subsidiariedad exige actuar de forma sólida y optar preferentemente por los últimos. En el Magisterio católico, el énfasis en la importancia de la solidaridad y la opción preferencial por los pobres emergió gradualmente. En los años 1980 y 90, durante el pontificado de Juan Pablo II, a partir de las contribuciones de la teología de la liberación en América Latina, la opción preferencial por los pobres y la solidaridad se convirtieron en los criterios orientadores para la comprensión del bien común y para su implementación. En particular, Juan Pablo II afirmó que la solidaridad “no es un sentimiento de compasión vaga o intención superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Por el contrario, es la firme y perseverante determinación de involucrarse en el bien común: es decir, para el bien de todos y de cada uno, pues todos somos verdaderamente responsables de todos “(JUAN PABLO II, 1987, p.38).

Para el Papa Benedicto XVI, en la encíclica Caritas in veritate (2009), “querer el bien común y trabajar para ello es una exigencia de justicia y caridad. El compromiso con el bien común es cuidar, por un lado, y usar, por otro lado, ese complejo de instituciones que legalmente, civilmente, políticamente y culturalmente estructuran la vida social, que se convierte en una ciudad “(Benedicto XVI, 2009, n. .7). Además, la actividad económica “debe estar orientada hacia la búsqueda del bien común, y debe ser cuidada, sobre todo, por la comunidad política” (Benedicto XVI, 2009, n.36).

Al concentrarse en la situación del continente africano, Agbonkhianmeghe Orobator SJ, nos recuerda, que cada vez que reflexionamos sobre el bien común es preciso prestar atención a contextos particulares, como cuestiones relacionadas con el desarrollo económico, la dinámica política y el papel marginal asignado a las mujeres. En otras palabras, la promoción del bien común universal debe considerar las especificidades de contextos particulares (OROBATOR, 2010). Otros autores también invitan a reflexionar sobre otros contextos particulares (NEUTZLING, 2003).

Finalmente, el Papa Francisco, en su exhortación apostólica Evangelii gaudium (2013), invita a perseguir con determinación el bien común como medio de promover la paz social y reafirma que “la dignidad de toda persona humana y el bien común son cuestiones que deben estructurar toda la política económica “(FRANCISCO, 2013, n.203).

4 Reflexión teológica católica

La reflexión teológica enfatiza que el bien común no es la suma de los bienes particulares, ni la suma de los bienes poseídos por muchos ciudadanos, buscando su utilidad personal, ni algo a ser alcanzado (una herencia común), contribuyendo lo mínimo posible y ni siquiera sustituyendo los bienes individuales. El bien común tampoco es el bien de la mayoría de los miembros de la comunidad (NEBEL, 2006). El bien común incluye todos los bienes sociales, también los espirituales, morales y materiales, que el hombre busca sobre la tierra de acuerdo con las necesidades de su naturaleza personal y social.

El bien común tiene como objetivo la realización de una convivencia social caracterizada por una verdadera solidaridad, lo que implica la voluntad de servir a aquellos que, en la sociedad civil, tienen más necesidades y son menos beneficiados. En consecuencia, el bien común exige justicia, orden, paz y bienestar social. Una vez que la autoridad política es la principal responsable del bien común, es responsabilidad de las varias autoridades del Estado proteger y promover el bien común de todos, sin preferencia de algún ciudadano o grupos sociales, con la excepción de la opción preferencial por los pobres. El objetivo es favorecer la promoción social de aquellos actualmente excluidos, marginados o socialmente desfavorecidos.

Al mismo tiempo, no se debe esperar que solamente el Estado promueva y realice el bien común como la finalidad de la sociedad. Incluso los ciudadanos individuales, grupos y organizaciones civiles tienen responsabilidades sociales y contribuyen al bien común. Esto permite que la realidad social sea valorada en sus aspectos diversificados y en su riqueza, en el actual contexto globalizado y plural (VALADIER, 1980, p.128-9). En el contexto político, el bien común es, por lo tanto, una dinámica, un proceso que requiere la contribución de todos los agentes sociales, desde el Estado hasta las organizaciones sociales y los ciudadanos individuales.

Por esta razón, en la reflexión católica magisterial y teológica, el bien común exige fortalecer y diversificar el principio de subsidiariedad, a fin de continuar y amplificar el dinamismo de los grupos y de los cuerpos intermediarios al servicio de la colectividad, para el bien de ésta y de los sujetos que le pertenecen.

Además, la reflexión teológica llama la atención sobre lo que ya está siendo implementado en la sociedad civil -por ejemplo, a través de las ciencias sociales (FINN, 2017) – incluso cuando se el tema es una promoción del bien común. Estamos invitados a reconocer e identificar lo que realmente promueve el bien común local y universal (MICHELINI, 2007).

Muchos ciudadanos y muchas asociaciones, por ejemplo, están comprometidos con el bien universal, que es la calidad de vida en el planeta Tierra, buscando proteger la calidad climática y preservar el ecosistema. Otros promueven condiciones de desarrollo en el planeta y la salud local y global. Otros, además, están construyendo proyectos concretos para salvar y utilizar recursos de energía más eficientes, a corto, mediano o largo plazo, no reproducibles. Entre ellos, se añade la abnegación de aquellos que luchan de manera no violenta por la promoción del bien común que es la paz, que permite el desarrollo de las personas, de los pueblos y de la humanidad. Se trata de prestar atención, reconocer (con la mirada aguda y respetuosa de contemplación y sabiduría del místico) y discernir las muchas maneras en que el compromiso con el bien común ya está presente en el contexto histórico, político y cultural contemporáneo, y cuánto todavía se puede hacer para aumentar ese compromiso de promover el bien común.

En la realidad contemporánea, caracterizada por desigualdades extremas e injusticias entre continentes, países e incluso en el interior de los estados, recuperar el bien común como justicia general, así como en la visión tomística, implica un favorecimiento de los más pobres, aquellos que han sido y siguen siendo defraudados de bienes, respeto, derechos y libertades y cuyo progreso humano, social y cultural es dificultado por violaciones manifiestas en términos económicos, políticos, religiosos e intelectuales, omisiones y satisfacciones menos graves (CHARTERINA, 2013).

4.1 Moral Social

El bien común es la categoría clásica del pensamiento social cristiano y es el fin de la sociedad civil (DIETRICH, 2003). Al mismo tiempo, el énfasis en la importancia de la dignidad de la persona, presente en la reciente reflexión magisterial y teológica, hace del bien común de la humanidad el fin de todo esfuerzo humano, tanto de los individuos como de la comunidad (PORCAR REBOLLAR Y COMISIÓN PERMANENTE DE LA HERMANDAD OBRERA DE ACCIÓN CATÓLICA, 2015).

La opción preferencial por los pobres caracteriza posteriormente el empeño por el bien común. Tal opción es específica de la doctrina social de la Iglesia Católica. Esta opción se funda en la Biblia, se encuentra en la experiencia espiritual y en la vida cristiana a lo largo de la historia del cristianismo y constituye el compromiso diario de muchos cristianos y no cristianos. Es una opción prioritaria y urgente. Además, esta elección incluye y refuerza la subsidiariedad y la atención sobre lo que ya existe y se aplica en términos de promoción del bien común. La opción preferencial por los pobres invita a sostener, profundizar y ampliar los procesos de transformaciones de la sociedad y del mundo con un empeño educativo y formativo apropiado.

Como varios autores señalan, es posible buscar y realizar el bien común en una comunidad civil que sea caracterizada por sólidas formas de solidaridad entre todos los participantes de la comunidad – sea entre individuos, grupos o instituciones. La solidaridad presupone no sólo la participación de los múltiples agentes morales, sino también su igualdad (HOLLENBACH, 2002, p.189; VIDAL, 1995; MEDINA VILLAGRÁN, 2014).

Lisa Cahill añade que, como parte de un enfoque integral para alcanzar la justicia social, el bien común presupone la dignidad y la sociabilidad de los seres humanos, sus derechos y deberes, así como la interpretación de la dignidad, la sociabilidad, los derechos y deberes en el contexto de las muchas e interconectadas esferas religiosas, políticas, culturales y económicas que buscan la plena realización de los individuos y de los diversos contextos sociales (CAHILL, 1987, p.393).

4.2 Bioética

Al abordar las muchas cuestiones que caracterizan la reflexión de la bioética en el ámbito teológico, Lisa Cahill siempre recurrió a la moral social católica, ya que las cuestiones de bioética se refieren a la sociedad como un todo. En consecuencia, el bien común es eminentemente representado en todos los recursos éticos que nos permiten examinar y enfrentar los desafíos contemporáneos de la bioética. Cahill mostró que la justicia social y la búsqueda del bien común que la caracteriza son esenciales para reflexionar sobre cuestiones bioéticas en cuanto al inicio de la vida humana (desde el aborto hasta técnicas de procreación médicamente asistida), a la salud global y local (de la pandemia del SIDA a los sistemas nacionales de salud) a la investigación médica avanzada (por ejemplo, la genética) y a las cuestiones de bioética relacionadas con el fin de la vida humana (CAHILL, 1987; 2000; 2001; 2004a; 2004b; 2004b; 2005; 2005b; 2005b).

Además de eso, para Cahill, el bien común en la esfera social exige la promoción de la comunicación social y de la cooperación (CAHILL, 2004a, p.8). En el actual contexto globalizado, los problemas individuales y sociales causados por la pobreza, el sexismo y el racismo han aumentado el número de personas vulnerables a las enfermedades. Por esta razón, en el campo católico, la bioética debe favorecer el compromiso de promover la justicia social y el bien común (CAHILL, 2004a, p.75-6).

Este enfoque que considera cuestiones bioéticas como cuestiones sociales y enfatiza que la importancia de promover el bien común no está aislada. En Gran Bretaña, los obispos católicos indicaron repetidamente el bien común como un recurso y un objetivo ético tanto para enfrentar los desafíos políticos como bioéticos (CATHOLIC BISHOPS OF ENGLAND AND WALES SCOTLAND AND IRELAND JOINT COMMITTEE ON BIO-ETHICAL ISSUES, 2001; CATHOLIC BISHOPS CONFERENCE OF ENGLAND AND WALES, 1996, n.66-68).

Muchos autores comparten este énfasis (RYAN, 2004; ARIAS, 2007; VICINI, 2011), mientras otros afirman que la necesidad de promover el bien común exige solidaridad (HOSSNE & LEOPOLDO E SILVA, 2013; GARRAFA & PEREIRA SOARES, 2013).

Para el brasileño Márcio Fabri de los Ángeles, el bien común exige un enfoque legislativo nacional e internacional, ya que muchas empresas de biotecnología son multinacionales y porque muchas poblaciones, que son objeto de investigaciones genéticas, como tribus amazónicas y grupos étnicos en varias partes del mundo, mundo – son genéticamente estudiados sin la necesaria protección (FABRI DE LOS ANGELES, 2005, p.152-3).

En el campo de la salud, el bien común presupone el derecho a la salud para todos los ciudadanos, independientemente de la renta o de las habilidades de trabajo. Además, cada uno está llamado a contribuir a la realización del bien común en el campo de la salud, ya que la salud – personal, local, nacional y global – depende de la participación diversificada de todos, de aquellos directamente involucrados en la promoción de la salud, médicos, enfermeros (CAMPOS PAVONE ZOBOLI, 2007), técnicos de salud, administradores, políticos, legisladores y líderes nacionales (responsables del desarrollo del sistema de salud en cada país), grupos, organizaciones, fundaciones e instituciones que están al servicio de la salud global por ejemplo, Parceiros na Saúde, Médicos sin Fronteras, Fundación Bill & Melinda Gates, Centros para el Control y Prevención de Enfermedades y Organización Mundial de Salud) y también cada ciudadano.

Para explicitar su compromiso con la promoción del bien común, en el ámbito sanitario, en diciembre de 2016, la revista Health Progress de la Catholic Health Association – la asociación de salud católica que atiende a los 639 hospitales católicos de los Estados Unidos (ASOCIACIÓN DE SALUD CATÓLICA, (Por ejemplo: (NAIRN, 2016, CLARK, 2016, SPITALNIK, 2016)], dedicó toda la cuestión al bien común.

4.3 Ecología

En la encíclica Laudato Si (2015), sobre el cuidado de la casa común que es nuestra tierra, el Papa Francisco expande la comprensión y el uso del bien común para promover la justicia y la sostenibilidad en el contexto ecológico. El Papa afirma que “el clima es un bien común, de todos y para todos. Hay un consenso científico muy grande que indica que estamos en presencia de un calentamiento preocupante del sistema climático “(FRANCISCO, 2015, n.23). Además, “la ecología integral es inseparable de la noción de bien común, un principio que desempeña un papel central y unificador en la ética social” (FRANCISCO, 2015, n.156). Finalmente, reafirma toda la enseñanza magisterial y la reflexión teológica sobre el bien común, afirmando que:

El bien común presupone el respeto por la persona humana como tal, con derechos fundamentales e inalienables ordenados para su desarrollo integral. También requiere sistemas de seguridad social y el desarrollo de los distintos grupos intermediarios, aplicando el principio de subsidiariedad. Entre ellos, la familia es especialmente la célula primaria de la sociedad. Finalmente, el bien común exige la paz social, es decir, la estabilidad y la seguridad de un determinado orden, que no se realiza sin atención especial a la justicia distributiva, cuya violación siempre levanta violencia. Toda la sociedad -y especialmente el Estado- tiene la obligación de defender y promover el bien común (…) Bajo las condiciones actuales de la sociedad mundial, donde hay tantas desigualdades y cada vez más personas que están siendo privadas de los derechos humanos fundamentales, el principio del bien común se vuelve inmediato, como consecuencia lógica e inevitable, en un llamamiento a la solidaridad y en una opción preferencial por los más pobres. (FRANCISCO, 2015, n.157-158)

De este modo, el Papa Francisco se añade las voces de muchos que nos invitan a tomar conciencia de la urgencia en proteger nuestro planeta, el bien común de la humanidad (CASTILLA, 2015, SCHEID, 2016).

Para los cristianos, la tierra y los recursos naturales terrestres fueron creados por Dios como bienes comunes y confiados al uso responsable de la humanidad, para que todos puedan beneficiarse en un nivel suficiente, correspondiente a las necesidades de cada uno y, aún, respetando la dignidad de cada uno. El compromiso con el bien común requiere una conversión personal y colectiva, implica reconocer la tierra como un don de Dios y exige promover la vida común en la tierra, habitándola y haciéndola cada vez más el lugar de bendición prometido para la humanidad y para las generaciones futuras (FRANCISCO, 2015, n.159).

Conclusión

¿Cómo es posible definir y promover el bien común en las sociedades civiles multiculturales y pluralistas contemporáneas? En las sociedades contemporáneas, buscar y promover el bien común requiere la participación y colaboración de todos los ciudadanos y grupos en el contexto social pluralista. Además, son necesarios compromisos políticos para enfrentar las muchas desigualdades que afligen a diferentes sociedades a nivel mundial. Diferentes religiones tienen el potencial y la responsabilidad de contribuir a la promoción del bien común (VOLF, 2015, 2011).

En fin, los múltiples significados del bien común y las diversas dimensiones que necesitan ser consideradas para promoverlo presuponen que los ciudadanos se esfuercen por vivir virtuosamente. Además, son necesarias varias iniciativas políticas-a nivel de grupos, asociaciones, instituciones, naciones y organismos internacionales- y deben ser evaluadas a la luz de los datos y análisis que las ciencias sociales y políticas ofrecen sobre la situación social, política y productiva contemporánea, sea a nivel de los países, sea a nivel mundial.

El bien común presupone un gran sentido de responsabilidad. La esperanza cristiana espera que la humanidad pueda promover el bien común de manera realista y eficaz.

Andrea Vicini, S.J. Boston College (USA). Original italiano.

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