Orden (Sacramento del)

√ćndice

1 El nombre del sacramento

2 De la lex orandi a la lex credendi

2.1 Una ordenación episcopal en el siglo. III

2.2 La comunidad y el ministerio ordenado

3 La tríada obispo-presbítero-diácono

4 La espiritualidad ministerial

4.1 Cristo, el Siervo del Se√Īor

4.2 Cristo, el Pastor ejemplar

4.3 Cristo, el √ļnico sacerdote

5 Referencias bibliogr√°ficas

1 El nombre del sacramento (TABORDA, 2012, 21-26)

El nombre de este sacramento no consta en el Nuevo Testamento. Puede traer consigo un malentendido, ya que la palabra “orden” generalmente significa “todo en su lugar.” Pero √©ste no es el sentido de la palabra. Se refiere a un grupo de personas de una categor√≠a determinada, como la “Orden de Abogados de Brasil” (OAB), que re√ļne a los licenciados en Derecho que est√°n autorizados para ejercer en el pa√≠s.

No debe parecer extra√Īo que el nombre de este sacramento no tenga ninguna connotaci√≥n sacra ni haya sido tomado del lenguaje religioso, ya que para designar las funciones de la iglesia, el Nuevo Testamento nunca usa t√©rminos tomados de las religiones. “Sacerdote”, por ejemplo, no designa a ning√ļn ministro de la Iglesia, sino s√≥lo a los sacerdotes jud√≠os (cf. Lc 10,31) y paganos (Hechos 14,13), los cristianos en su conjunto (Rev 1.6 ; 5:10) y el propio Cristo (uso exclusivo de la Carta a los Hebreos).

El término orden tiene la ventaja de sacar a la luz el carácter colegial o  corporativo del ministerio eclesial (cf. los Doce Mc 3,14 ; los Siete Hch 6,3; el presbiterio Hch 15,6). A la ordenación no le compete transmitir un poder poseído como individuo, sino incorporar a un grupo del mismo  nivel, cuya tarea consiste en contribuir al bien de la comunidad en  un colectivo al servicio de la unidad de la Iglesia. No se puede, por tanto, concebir el ministro de la Iglesia pensando y actuando  por sí mismos en el aislamiento de su individualidad, sino vinculado a la comunidad y a los demás ministros del mismo y de los otros grados.

Sin embargo, el t√©rmino tambi√©n presenta una desventaja. Aunque¬† su adopci√≥n sea anterior a la era constantiniana, tuvo consecuencias desastrosas cuando el cristianismo fue reconocido oficialmente en el Imperio. Al designarse de esta manera el ministerio eclesial, se transpuso ¬†a los obispos, presb√≠teros ¬†y di√°conos la mentalidad estrictamente jer√°rquica de la burocracia imperial romana. Como resultado, se lleg√≥ a concebir el ministerio en t√©rminos de “carrera de los honores”¬† (en lenguaje moderno: plan de carrera).

La Iglesia bizantina conserva para este sacramento el nombre de “imposici√≥n de manos” (quirotonia). Tiene la ventaja de ser un t√©rmino b√≠blico, pero trae consigo el peligro de olvidar la dimensi√≥n colegial propia del ministerio eclesial, lo que lleva a una concepci√≥n privatizadora, como honor pose√≠do personalmente.

2 De la lex orandi a la lex credendi

La mejor manera de presentar un sacramento es a partir de la pr√°ctica lit√ļrgica de la Iglesia, tal como fue “en todas partes, siempre y por todos” celebrada (Vicente de Lerins, ‚Ć 450). Comprobando la forma como la Iglesia ora (lex orandi), llegamos a la conclusi√≥n acerca de lo que debemos creer (lex credendi).

2.1 Una ordenación episcopal en el siglo III (BRADSHAW; JOHNSON y PHILLIPS, 2002)

La denominada “Tradici√≥n Apost√≥lica”, en otros tiempos¬† atribuida a Hip√≥lito de Roma, es el testimonio m√°s antiguo detallado de una ordenaci√≥n episcopal. He aqu√≠ el texto:

‚ÄúQue se ordene obispo a aquel que [siendo] irreprensible haya sido elegido por todo el pueblo. Una vez que haya sido pronunciado su nombre y hubiera agradado, el pueblo se reunir√° con el presbiterio y los obispos presentes, en el d√≠a del Se√Īor. Con el consentimiento de todos, [los obispos] le imponen las manos y el presbiterio permanece quieto. Todos guarden silencio, orando en sus corazones por el descenso del Esp√≠ritu. Y uno de los obispos presentes, a instancias de todos, imponiendo la mano al que es ordenado¬† obispo, ora diciendo (Tradici√≥n Apost√≥lica, n¬ļ 2).

[Sigue la plegaria de  ordenación].

Despu√©s de haber sido ordenado obispo, todos le ofrecer√°n el beso de paz, salud√°ndolo por ser ya digno de que le saluden como tal. Los di√°conos le presentar√°n la oblaci√≥n y √©l, imponiendo las manos sobre ella, junto con todo el presbiterio. Dir√°, dando gracias: ‚ÄúEl Se√Īor est√© con vosotros‚ÄĚ. Y todos dir√°n: ‚Äú y con tu esp√≠ritu.‚ÄĚ. ‚ÄúElevad vuestros corazones‚ÄĚ.‚ÄĚ Los tenemos en el Se√Īor‚ÄĚ. ‚ÄúDemos gracias al Se√Īor‚ÄĚ.‚ÄĚ Es digno y justo‚ÄĚ.

Y continuar√° de la manera siguiente: (Tradici√≥n Apost√≥lica, n¬ļ 4)

[Sigue la plegaria eucarística]

 Este texto presenta la celebración como un movimiento continuo en tres etapas: 1) la elección por el pueblo (incluyendo clérigos); 2) la imposición de las manos por los obispos con la plegaria de ordenación dicha  por uno de ellos; 3) el reconocimiento de la comunidad, expresado en el beso de la paz y la posterior presidencia de la Eucaristía.

En cada uno de estos momentos act√ļan cuatro actores: 1) Los cristianos de la Iglesia local; 2) los obispos de las iglesias vecinas; 3) el ordenando; 4) el Esp√≠ritu Santo, actor principal (LEGRAND 1988, 194-201; TABORDA, 2012, 230-40).

 2.2 La comunidad y el ministerio ordenado (TABORDA, 2012, 157-70)

 La estructura de la liturgia de  ordenación  muestra la estrecha relación entre el ministerio eclesial y la Iglesia presente en la comunidad local. No es el ministro ordenado que crea la comunidad, sino  que es la comunidad de fe la que recibe de Dios al ministro  para mantener la unidad y establecer el vínculo entre ella y la Iglesia diseminada en todo el mundo. Discerniendo en el  Espíritu Santo, el actor principal de toda la liturgia de la ordenación, la comunidad elige a la persona que parece indicada en su situación concreta. Pero el elegido no se convierte en obispo por esta elección. Es imprescindible el aval  de los obispos vecinos que juzgarán  la ortodoxia del elegido y, por  la imposición de manos y la oración, lo constituirán  obispo por la gracia de Dios. También en este momento la comunidad está activa, orando en sus corazones por el descenso del Espíritu. Una vez constituido obispo, nuevamente la comunidad lo reconoce al acogerlo por el abrazo de la paz y participando en la Eucaristía por él  presidida.

La estructura de la ordenaci√≥n episcopal muestra la relaci√≥n entre ministerio ordenado y comunidad: el ministro viene de la comunidad y en ella permanece, pero, al mismo tiempo, preside la comunidad. El obispo Agust√≠n de Hipona (‚Ć 430) lo expres√≥ de modo ejemplar: “Con vosotros soy cristiano, para ustedes soy obispo; aqu√©l¬† es el t√≠tulo de mi dignidad, √©ste es el t√≠tulo de mi responsabilidad; aqu√©l es¬† t√≠tulo de honor, √©ste t√≠tulo de peligro”. M√°s fundamental que ser obispo es ser cristiano; esta es la verdadera dignidad. Como obispo, el cristiano adquiere una responsabilidad que se convierte en un peligro si no se ejerce como un servicio a la comunidad.

Estando delante de¬† la comunidad eclesial, el ministro representa¬† para ella a Cristo por la fuerza del Esp√≠ritu Santo recibido en la ordenaci√≥n. Esta relaci√≥n se expresa generalmente en la f√≥rmula latina: el ministro act√ļa in persona Christi (en la persona de Cristo, como su representante), pero s√≥lo representa a Cristo representando tambi√©n a la Iglesia, insertado en su fe y comuni√≥n (in persona Ecclesiae). Ambos aspectos deben ser articulados entre s√≠. Cristo tiene una doble relaci√≥n con la Iglesia: por un lado, es su cuerpo (cf. 1 Cor 12,12; Hch 9,4); por el otro, Cristo es la cabeza y, como tal, anima el cuerpo (cf. 1 Cor 11,3). Por lo tanto, el ministro, en cuanto representa a Cristo, est√° ¬†cara a cara con la comunidad; en cuanto representa a la Iglesia es un miembro entre otros, solamente con una funci√≥n espec√≠fica de presidencia en nombre de Cristo-Cabeza.

¬†La relaci√≥n entre el director y la orquesta puede ilustrar esta relaci√≥n. El director, delante de la orquesta, tiene la funci√≥n de conducirla en la¬† unidad. Como director, no toca ning√ļn instrumento, pero su actuaci√≥n permite que todos los instrumentos toquen arm√≥nicamente, a su debido tiempo, con la intensidad apropiada. √Čl no es la orquesta, pero la orquesta se reconoce en √©l. Sin la orquesta √©l no es nada; precisa de la orquesta para ser director. No es √©l quien¬† manda en la orquesta, pero tampoco¬† la orquesta manda en √©l. Ambos obedecen a la partitura. La ejecuci√≥n de la partitura depende de la interpretaci√≥n del director, sino tambi√©n de la capacidad de los m√ļsicos para adherirse a esta interpretaci√≥n. De este modo, el director representa a la orquesta delante de la orquesta, pero representa tambi√©n al¬† compositor. Tal es, an√°logamente, la relaci√≥n entre el ministro ordenado y¬† la comunidad eclesial.

3 La tríada obispo-presbítero-diácono (TABORDA, 2012, 190-209; BORRAS y POTTIER, 2010)

¬†El ministerio en la Iglesia es uno: la funci√≥n de dirigir la Iglesia en la unidad de la fe, del amor, de la celebraci√≥n. Este ministerio uno de la iglesia se ejerce en diferentes grados por los que “ya desde antiguamente ¬†son llamados obispos, sacerdotes y di√°conos” (LG n.28; DH 4153).

Todos ellos son ministros de la unidad de la Iglesia, pero se distinguen por el √°mbito que les es propio. El ministerio fundamental es el episcopado. Su funci√≥n es la de animar a la comunidad en la fidelidad al testimonio apost√≥lico. En el √°mbito interno le corresponde presidir la comunidad en la adhesi√≥n a la fe apost√≥lica (kerygma), la pr√°ctica de la fraternidad (diacon√≠a) y la celebraci√≥n de la fe (liturgia). En cuanto a las otras Iglesias locales, es su responsabilidad de representar a la Iglesia por √©l¬† presidida en la comuni√≥n de la Iglesia universal (responsabilidad colegial¬† por todas las Iglesias) y en comuni√≥n con la Iglesia de Roma “, que preside la caridad” (Ignacio de Antioqu√≠a).

El obispo no est√° solo en la presidencia de una iglesia local; est√° asistido por su presbiterio y los di√°conos. El obispo es obispo por presidir una iglesia en un √°mbito mayor, ligada por lazos hist√≥ricos, geogr√°ficos, culturales. Por eso le corresponde ordenar presb√≠teros que constituyen con √©l ¬†una personalidad corporativa en el gobierno de la iglesia local y, ¬†as√≠, ¬†presiden en nombre del obispo, peque√Īas parcelas de esta Iglesia local (parroquias).

Los presb√≠teros son, en primer lugar,¬† miembros del “Senado” del obispo para el gobierno de la iglesia local, es decir, para su unidad. A partir de ah√≠, puede corresponderles presidir partes de esta Iglesia local (comunidades eucar√≠sticas) como representantes del obispo. La plegaria de ordenaci√≥n de la liturgia romana define el presb√≠tero como “cooperador del orden episcopal”.

La diferencia básica entre el obispo y el presbítero radica en el grado de responsabilidad que cada uno tiene para una iglesia local y en la relación mutua. El obispo ejerce su ministerio de unidad sobre el conjunto de la Iglesia local y, a partir de ella, es, con los otros obispos, responsable por la Iglesia universal, ante la que testimonia la forma específica en que cada Iglesia local incultura la fe .

El di√°cono es el ministro encargado¬† de los pobres, marginados y enfermos, servicio vital para que la Iglesia encuentre su identidad al modo del Siervo del Se√Īor, ¬†descrito en los cuatro cantos del Deuteroisa√≠as (cf. Is el 42,1-4;¬† 49,1 -6; 50,4- 11, 52,13-53,12). Su papel fundamental es animar, reavivar, organizar a la comunidad en vista del servicio a los pobres. A partir de ese servicio a los pobres, compete al diacono el ministerio de la Palabra y la actuaci√≥n en ¬†la liturgia; la Palabra da dimensi√≥n cristiana al servicio a los pobres, que es un deber moral de toda la humanidad, crea o no en Cristo. Corresponde a √©l ¬†llevar la Palabra a lo concreto de la pr√°ctica solidaria, testimoniar la caridad cristiana, animar a los cristianos a tomar en serio el Evangelio.

El di√°cono tiene su propia manera de ser ministro de la unidad. No preside, pero contribuye a la unidad de la Iglesia a partir de los menos afortunados. Es un ministerio “partidario”. Expresa la parcialidad de la Iglesia en favor de los pobres. Indica que la unidad de la Iglesia no se construye a partir de los poderosos. Procura imprimir en la Iglesia ¬†la marca evang√©lica de una unidad desde los pobres. Por eso mismo vale, en la Iglesia primitiva, como la mano derecha del obispo. √Čl, por lo tanto, est√° ¬†relacionado con el obispo y no con el presb√≠tero.

El di√°cono no es un sustituto del presb√≠tero en lugares donde no hay presb√≠teros en n√ļmero suficiente. Su ministerio no es congregar a la Iglesia (Presidencia), sino llevarla hacia afuera, a las periferias del mundo, de forma que ella pueda celebrar de verdad¬† la Eucarist√≠a,¬† ya que “no hay Eucarist√≠a sin lavatorio de los pies” (E. van Waelderen ).

Hacer presente el amor de Cristo a los pobres y los que sufren, los que son perseguidos, los excluidos, es el deber del obispo, no menor que el de presidir la vida y la celebración de la comunidad. En esta tarea es asistido por el presbiterio, en aquélla por los diáconos. El orden diaconal existe al servicio de la Iglesia local, junto con el obispo y su presbiterio, para abrir la comunidad al mundo.

El presb√≠tero no es un di√°cono con alg√ļn ‚Äúpoder‚ÄĚ m√°s, como el¬† obispo no es un presb√≠tero con alg√ļn ‚Äúpoder‚ÄĚ m√°s. No son grados de una escala. La relaci√≥n entre la tr√≠ada no debe verse en una l√≠nea vertical (de arriba a abajo, de mayor a menor),sino en una bifurcaci√≥n. El episcopado es el ministerio fundamental con dos tipos de auxiliares diferentes y complementarios como son diferentes y complementarios hombre y mujer, la mano derecha y la mano izquierda. El hombre no es superior a la mujer, ni viceversa; la mano derecha no es mejor que la izquierda, ni viceversa.

 4 La espiritualidad ministerial

 La pregunta que subyace a esta temática de la espiritualidad es la pregunta sobre qué figuras inspiran la vida y misión del ministro ordenado.

¬†4.1 Cristo, el Siervo del Se√Īor (TABORDA, 2012, 46-52; SANTANER, 1986; MESTERS, 1981)

¬†La figura clave est√° dada por el mismo Jes√ļs en Mc 10,42- 45: ” Sab√©is que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como se√Īores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser as√≠ entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, ser√° vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, ser√° esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos”. En estas palabras Jes√ļs alude a los poemas del Siervo del Se√Īor (Deuteroisa√≠as) y plantea, as√≠, la cuesti√≥n del poder en la Iglesia.

Los cuatro cánticos inspiran cuatro aspectos del ejercicio del poder en la comunidad cristiana. El primer aspecto es vaciarse, no hacer valer su poder para dominar a los demás, sino despertar el poder que hay en ellos (cf. Is 42,1-4: el Siervo no grita, no alza la voz, no apaga la mecha mortecina). El poder del ministro ordenado no es suyo, sino de la Iglesia, cuyo poder se concentra en él. Por eso, no le corresponde ni acaparar el poder ni  dividirlo, como si el poder fuese suyo. Debe, sí, suscitar el poder que está en cada uno, incentivar el ejercicio del poder  de cada uno y cuidar de que sea ejercido en el respeto a los demás y el cuidado por la unidad de todo.

El segundo aspecto muestra que el vaciamiento debe ir hasta el extremo de dar su vida por muchos (cf. Is 52,13-53.12). La identidad del ministro con la comunidad ya es, por s√≠ mismo, un “morir” todos los d√≠as para que la comunidad se desarrolle con autonom√≠a. En ciertas circunstancias, el hecho de dar la vida tendr√° que ser llevado a las √ļltimas consecuencias, el martirio.

El tercer aspecto es escuchar al Se√Īor y confiar en √©l (cf. Is 50,4- 11). Basar su vida en la escucha de la Palabra de Dios asimilada en la oraci√≥n, celebrada en la Eucarist√≠a, vivida a cada momento. Elemento constitutivo de servicio ministerial es la intercesi√≥n “en favor del pueblo a √©l confiado y en favor de todo el mundo” (plegaria de ordenaci√≥n presbiteral de la liturgia romana).

El cuarto aspecto es tomar en serio que su misi√≥n no viene de s√≠ mismo, sino que le fue confiada por el Se√Īor (cf Is 49,1-6) a trav√©s de la comunidad que lo reconoci√≥ apto. Su ministerio no le viene¬† por ser un privilegiado, sino por esperarse de √©l que viva los aspectos antes especificados.

En resumen: el poder del ministro es el poder generado en la debilidad, que, confiando en Dios, deja espacio a los dem√°s y suscita el poder de los dem√°s.

 4.2 Cristo, el Pastor ejemplar (TABORDA, 2012, 70-74)

¬†En el cap√≠tulo 10 del Evangelio de Juan, Cristo es presentado como “el pastor ejemplar” (KONINGS, 2005, 204). La figura del pastor es arquet√≠pica y tiene cuatro caracter√≠sticas (BOSETTI, 1986a, 21-51): el pastor, gu√≠a, conduce, camina delante de las ovejas; provee que el reba√Īo crezca y se multiplique ( busca¬† agua, pastos, conduce al redil o a otro lugar seguro); est√° atento a las ovejas: de d√≠a gu√≠a, de noche guarda, especialmente si las ovejas tienen que pasar la noche a la intemperie; es solidario, tiene con el reba√Īo una conexi√≥n afectiva,¬† conocimiento,¬† solidaridad. Es “el pastor con olor a ovejas” (papa Francisco).

Pero la designaci√≥n de pastor tiene su ambig√ľedad, porque el pastor es superior a las ovejas; es un ser racional, las ovejas animales irracionales. As√≠ que hay que recordar que “el pastor ejemplar” (el buen Pastor) se convirti√≥ en el “Cordero inmolado” para la vida del reba√Īo. Y, sobre todo, es necesario iluminar la figura del¬† pastor con la del Siervo que da la vida por la multitud, como lo hizo Jes√ļs: “El pastor ejemplar da su vida por las ovejas” (Juan 10,11).

El ministro ordenado, como pastor, deber√≠a¬† caracterizarse por un amor entra√Īable a Cristo, no s√≥lo un amor superficial. Teniendo en cuenta, sin embargo, la debilidad del hombre pecador, para iniciar el camino basta el¬† amor de simpat√≠a (Jn 21,15-17). En cuanto no se alcance aquel grado de profundo amor a Cristo, vale la¬† sinceridad de¬† una respuesta a la llamada, con cuidado de no caer en las tentaciones que le rodean: no ser un pastor por coacci√≥n, sino con gusto, de forma espont√°nea, libremente; no por mezquino af√°n de ganancia, sino de coraz√≥n generoso; no como dominadores, sino como modelos del reba√Īo (cf. 1Pd 5,2-3) (BOSETTI, 1986b, 101-12).

¬†4.3 Cristo, el √ļnico sacerdote (TABORDA, 2012, 32-46)

¬†La designaci√≥n m√°s com√ļn para el ministro ordenado es¬† sacerdote, y sin embargo es la menos adecuada. Proviene de una relectura veterotestamentaria del Nuevo Testamento, que no utiliza para los ministros de la Iglesia t√©rminos tomados de las religiones. Ep√≠skopos (t√©rmino del cual¬† deriva la palabra obispo) significa supervisor; presb√≠tero quiere decir anciano; di√°cono es el servidor de la mesa. Tampoco Jes√ļs era un sacerdote, porque no pertenec√≠a a la tribu de Levi, una condici√≥n indispensable para el sacerdocio en el juda√≠smo.

¬†El √ļnico escrito del Nuevo Testamento que describe a Jes√ļs como sacerdote es la Carta a los Hebreos. Y lo hace para negar que Jes√ļs sea un sacerdote en el sentido del sacerdocio¬† ritual aar√≥nico. El autor de la Carta a los Hebreos quiere mostrar c√≥mo, despu√©s de Cristo, no hay m√°s necesidad de sacerdotes. Lo hace en el estilo¬† propio¬† de la reflexi√≥n teol√≥gica jud√≠a, comparando la vida de Cristo con la acci√≥n del Sumo Sacerdote jud√≠o en el D√≠a de la Expiaci√≥n (Yom Kipur), el √ļnico d√≠a del a√Īo en que atravesaba el velo del templo y entraba en el Santo de los Santos. Jes√ļs, por su muerte, atraves√≥ el velo y entr√≥ en el verdadero Santuario del cielo, donde vive eternamente para interceder por nosotros (Heb 7,25). Jes√ļs ejerce su sacerdocio a trav√©s de su vida, muerte y resurrecci√≥n (cf. Heb 9-10). Su sacerdocio no es ritual, sino existencial (Hb 10,4-10); su sacrificio no se realiza en un lugar sagrado, sino ¬†en lo profano, fuera de los muros de la Ciudad Santa de Jerusal√©n (cf. Heb 13,11-13); no precisa ser repetido, pues adquiri√≥ una redenci√≥n eterna (Heb 9,12).

As√≠, hay que decir que Cristo es el fin del sacerdocio (cf. las palabras de Pablo: Cristo es el “fin de la ley”, Rm 10,4). Fin significa al mismo tiempo t√©rmino, desaparici√≥n del fen√≥meno en cuesti√≥n, y¬† culminaci√≥n, meta, aquello a lo que¬† algo tiende. Cristo es el fin y cumplimiento de todo sacerdocio. El prop√≥sito de los sacerdotes en las religiones era mediar entre¬† Dios y la humanidad. Pero la distancia entre Dios y la humanidad fue abolida en Cristo. En primer lugar, porque, como hombre y Dios (cf. DH 301-302), une definitivamente y escatol√≥gicamente los dos polos entre los cuales los sacerdotes deb√≠an mediar. √Čl es, en su persona, el mediador √ļnico y perenne (cf. 1 Tim 2,5). Pero m√°s all√° de eso, habi√©ndonos dado el¬† Esp√≠ritu Santo, por el cual el ser humano puede vivir en la inmediatez con Dios, dispensa ulteriores sacerdotes. Por el Esp√≠ritu constituimos un pueblo sacerdotal (cf. 1 Pd 2,5, Ap. 1,6; 5,10), tenemos constantemente acceso al Padre (cf. Hb 4,16), clamamos Abba (cf. Gal 4,6; Romanos 8, 15), somos ense√Īados por Dios (Jn 6,45). Nuestra inmediatez a Dios en el Esp√≠ritu hace al sacerdocio prescindible (fin del sacerdocio) y Cristo es as√≠¬† el √ļnico sacerdote (realizaci√≥n del sacerdocio), porque nos posibilit√≥, una vez y para siempre, el acceso constante y permanente a Dios. Este acceso s√≥lo existe en el Esp√≠ritu de Cristo (y no por la naturaleza humana). Por eso ¬†la Iglesia es el pueblo sacerdotal por su actividad misionera que contin√ļa la misi√≥n de Cristo (cf. Jn 20,21; 1 Pd 2,9).

Francisco Taborda, SJ. Faje, Belo Horizonte (Brasil). Texto original en português.

 5 Referencias bibliográficas

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