Canon de la Sagrada Escritura

脥ndice

Introducci贸n

1 Etimolog铆a, definici贸n y presupuestos

2 El canon del Antiguo Testamento

2.1 El canon del Antiguo Testamento antes del acontecimiento Cristo

2.2 Despu茅s del acontecimiento Cristo por jud铆os no cristianos

2.3 Despu茅s del acontecimiento Cristo por los cristianos

3 El canon del Nuevo Testamento

3.1 Reconocimiento de los escritos cristianos como sagrados

3.2 La evoluci贸n de las listas de textos sagrados cristianos

Conclusi贸n

Referencias

Introducci贸n

El canon de las Escrituras es un tema tratado tradicionalmente por la Teolog铆a Fundamental y es un tema cl谩sico de este tratado teol贸gico. Su enfoque presupone el de la entrada Inspiraci贸n e inerrancia. De hecho, el estudio del canon est谩 vinculado al estudio del concepto teol贸gico de inspiraci贸n. Cronol贸gicamente, la inspiraci贸n de la Escritura vino antes de la elaboraci贸n del canon b铆blico, que est谩, por tanto, vinculado a la inspiraci贸n de los libros por 茅l reconocidos (O’COLLINS, 1991, p.292). En el canon est谩n aquellos escritos que ten铆an a Dios como su autor, es decir, que fueron divinamente inspirados (GIBERT; THEOBALD, 2007, p.39). Fuera de 茅l est谩n aquellos escritos que, a pesar de su valor espiritual o hist贸rico, no son inspirados, no tuvieron a Dios como autor.

Despu茅s de analizar la etimolog铆a de la palabra 鈥渃anon鈥, su definici贸n como concepto teol贸gico y la explicaci贸n de sus presupuestos, se estudiar谩 el canon b铆blico del Antiguo y Nuevo Testamento.

1 Etimolog铆a, definici贸n y presupuestos

La Sagrada Escritura fue escrita por innumerables autores humanos a lo largo de la historia del antiguo Israel hasta el siglo I despu茅s de Cristo. Dichos autores compusieron libros que, aunque constitu铆an la 煤nica Sagrada Escritura, se distingu铆an entre s铆 ya en la 茅poca del origen de cada uno. Los diversos libros han sido aceptados como referencia de fe por comunidades de creyentes tanto en el antiguo Israel como en el cristianismo. Esto se debi贸 principalmente al uso, especialmente en el 谩mbito lit煤rgico. Despu茅s, la recepci贸n comenz贸 a expresarse mediante la elaboraci贸n formal de listas de escritos. La palabra griega para designar una lista de tales escritos es 魏伪谓蠋谓 (kan贸n) en su acepci贸n derivada, que significa “regla” o “norma”. En el sentido propio, este t茅rmino designaba una vara est谩ndar utilizada por un alba帽il o carpintero para medir espacios. Es una palabra pr贸xima y relacionada con otro t茅rmino griego antiguo, 魏维谓谓伪 (k谩nna), que significaba “ca帽a”. En el origen remoto de esta palabra se encuentra el idioma sumerio, que entrar铆a en lenguas sem铆ticas con la ra铆z Qnh (PERANI, 2000, p.390), que de esta manera influir铆a en lenguas como el acadio, el ugar铆tico, el hebreo antiguo. y 谩rabe (BROWN; COLLINS, 1990, p. 1035). En nuestro idioma, a trav茅s de la transliteraci贸n, existe con el mismo significado la forma 鈥渃anon鈥.

En teolog铆a, el canon es la lista completa de libros que componen la Biblia y que constituyen 鈥渞egla鈥 o 鈥渘orma鈥 para la fe. Los escritos sagrados, tanto los producidos en tiempos de los ap贸stoles como los que ellos recibieron de su herencia jud铆a, conforman una lista que se encuentra cerrada y que fue formalizada posteriormente a la 茅poca de los ap贸stoles. La lista completa de libros tambi茅n es un reconocimiento de que los otros escritos que no se encuentran all铆 no tienen autor铆a divina. Por haber sido en ellos reconocidos la exclusiva autor铆a divina, las Sagradas Escrituras sirven a los fieles de manera inigualable como gu铆a e instrucci贸n en el encuentro con Jesucristo vivo, que es la Palabra- Verbum – por excelencia de Dios y que dialoga – real y no simb贸licamente, con fieles de cada generaci贸n cristiana. Por eso la lista de estos libros es “regla” y “norma” para la fe. Los libros que se encuentran en el canon de la Sagrada Escritura tienen para la fe y la vida de las personas una autoridad exigente a ser reconocida de modo definitivo (CAMPENHAUSEN, 1971, p.6).

El primer presupuesto del canon de las Escrituras es la revelaci贸n divina. Este elemento constituye un fundamento hermen茅utico en el acceso realizado por la comunidad de fe a los libros que se encuentran en el canon (AUWERS; DE JONGE, 2003, p.lxxxi). La existencia del canon presupone la recepci贸n, por parte de la comunidad de fe, de ese proceso personalista de la revelaci贸n del “Alguien” divino verificado en Israel, teniendo a Cristo como cumbre, proceso que, como acontecimiento vivo, trasciende. y est谩 m谩s all谩 del “algo” que es la Biblia. La adopci贸n, hecha con este presupuesto, de una determinada lista de libros como medida est谩ndar fue el resultado de la conciencia, por parte de la comunidad de fe, del vivo proceso revelador en el que Dios se revel贸 principalmente a lo largo de la historia del antiguo Israel y que alcanz贸 la m谩xima profundidad posible en el acontecimiento Jesucristo.

El canon, la lista completa de libros que componen la Sagrada Escritura, no aparece en el contenido de ninguno de los libros de la Biblia. Por lo tanto, la segunda suposici贸n del canon es la autoridad reveladora extrab铆blica que lo estableci贸. La decisi贸n que reconoci贸 la lista de libros inspirados no est谩 en s铆 misma garantizada por el carisma de la inspiraci贸n b铆blica (GIBERT; THEOBALD, 2007, p.50).

La elaboraci贸n de un canon con este serio reconocimiento de la fe ha representado hist贸ricamente un proceso complejo, cuya consideraci贸n se facilita al examinar por separado los procesos de reconocimiento de las dos partes principales de la Biblia: Antiguo y Nuevo Testamento.

2 El canon del Antiguo Testamento

La Iglesia Cat贸lica Romana y varias iglesias ortodoxas reconocen el canon del Antiguo Testamento con 46 libros. Las iglesias reformadas y el juda铆smo aceptan una versi贸n abreviada de 39 libros, en este caso ordenados en diferentes secuencias y tambi茅n agrupados de manera diferente. La diferencia de siete obras entre el canon de 46 libros y el canon de 39 se da por el reconocimiento o rechazo como textos inspirados de los libros de Tob铆as, Judit, 1 Macabeos, 2 Macabeos, Sabidur铆a, Eclesi谩stico (Sir谩cida) y Baruc, m谩s partes de los libros de Daniel (Dn 3,24-90; 13-14) y Ester. En este 煤ltimo, dicha parte reconocida o rechazada corresponde, seg煤n la numeraci贸n de la Vulgata, a Est 10.4-16.24. Sin embargo, en la numeraci贸n de Nueva Vulgata, esta parte aparece fraccionada como: Est 1, 1a-1k; 3,13a-13h; 3,15a-15i; 4,17a-17kk; 5,2a-2p; 8.12a-12cc; 9.19a; 10.3a-3k. Los siete libros en cuesti贸n, m谩s las partes de los libros de Daniel y Ester, son llamados por los cat贸licos deuterocan贸nicos y por los protestantes ap贸crifos

Una tesis cl谩sica para explicar la diferencia entre el canon de 46 libros y el canon de 39 fue lanzada por Herbert Ryle en 1892 en The Canon of the Old Testament. Seg煤n Ryle, a finales del siglo I d.C. ya exist铆an dos listas oficiales de libros sagrados en el juda铆smo. La primera, el canon veterotestamentario de 46 libros, ser铆a precristiano del siglo II a. C. Se tratar铆a del canon de Alejandr铆a, que se encuentra en la Biblia de los Setenta o Septuaginta. La segunda, el canon veterotestamentario de 39 libros, solo habr铆a sido cerrado por jud铆os no cristianos despu茅s del acontecimiento Jesucristo. Ser铆a el canon palestino, con solo libros en hebreo, establecido por rabinos en la ciudad de Jamnia despu茅s de la destrucci贸n del Templo de Jerusal茅n en el 70 d.C. Pr谩cticamente cada detalle de la tesis de Ryle ha sido objeto de serias cr铆ticas y modificaciones (BROWN; COLLINS, 1990, p.1037). El estudio m谩s preciso de la formaci贸n del canon del Antiguo Testamento se divide en tres fases: 1) antes del acontecimiento Cristo; 2) despu茅s de Cristo, pero fuera de la fe cristiana; 3) por cristianos.

2.1 El canon del Antiguo Testamento antes del acontecimiento Cristo

Incluso antes de Jesucristo hubo esfuerzos por parte del pueblo hebreo para establecer una colecci贸n de escritos denominada Sagrada Escritura. La definici贸n m谩s antigua de un canon la proporciona el antiguo traductor griego del Eclesi谩stico (Sir谩cida), originalmente escrito en hebreo (MANNUCCI, 1983, p.191). En el a帽o 130 a. C., ese venerado traductor menciona tres veces en el pr贸logo del libro los tres grupos o categor铆as de la divisi贸n can贸nica de la Biblia hebrea: 鈥渓a Ley, los Profetas y los dem谩s Escritos鈥, o incluso en la forma 鈥淟ey, Profetas y los dem谩s libros鈥(Sir, pr贸logo). Esta divisi贸n tripartita se conoci贸, sin embargo, sin que las tres categor铆as estuvieran ya cerradas en cuanto a la lista de obras que las compon铆an (SCHNIEDEWIND, 2011, p.260).

El primer grupo fue la Ley (Tor谩) o Pentateuco, que estaba definida, al menos, desde la 茅poca de Esdras (Esd 7,25-26), alrededor del 420 o 400 a.C., aunque en gran parte ya estaba escrito antes del exilio en Babilonia en el 597 a.C. (BROWN; COLLINS, 1990, p.1037). El estudio de manuscritos antiguos muestra que dichos textos de la Biblia hebrea, en uso en el per铆odo del Segundo Templo de Jerusal茅n (entre 520 a. C. y 70 d. C.), no siempre son absolutamente id茅nticos al posterior texto masor茅tico, a veces se acercan m谩s al texto griego. de la Biblia de los Setenta y al Pentateuco Samaritano.

El segundo grupo era aquel que el traductor griego del Eclesi谩stico llama “Profetas” (Nebi’im). Esta categor铆a incluye lo que el juda铆smo denomina “profetas anteriores” y los modernos llaman “obra deuteronomista de聽 historia”: los libros de Josu茅, Jueces, 1-2 Samuel y 1-2 Reyes (MANNUCCI, 1983, p.191). Es una colecci贸n de naturaleza pre-ex铆lica. En los Nebi’im tambi茅n se incluy贸 lo que el juda铆smo designa como “profetas posteriores”: Isa铆as, Jerem铆as, Ezequiel y los “Doce profetas”. Estos 煤ltimos abarcan lo que los cristianos llaman “profetas menores” con la excepci贸n de Baruc. Los 鈥淧rofetas鈥 en su conjunto, compuestos por los textos tal como los conocemos hoy, compusieron un canon bien establecido, por lo menos, desde la 茅poca en que el original hebreo del libro del Eclesi谩stico (no el pr贸logo griego escrito m谩s tarde por el traductor) fue escrito, alrededor del 180 a.C. (BROWN;聽COLLINS, 1990, p.1037).

El tercer grupo era el de los “Escritos” (Ketubim). Esta categor铆a se refiere a un conjunto cuyo contenido en la era precristiana es dif铆cil de definir con precisi贸n, y es el que m谩s revuelo provoca en cuanto a su fijaci贸n (MANNUCCI, 1983, p.191). La cl谩sica tesis de Herbert Ryle, propuesta en 1892, sosten铆a que la traducci贸n griega llamada Biblia de los Setenta reflejar铆a un canon jud铆o alejandrino m谩s largo, establecido antes del acontecimiento Jesucristo. Seg煤n Ryle, este canon alejandrino comprender铆a los libros deuterocan贸nicos junto con los “Escritos” poco tiempo y si la lista original de sus libros estuviera disponible. Sin embargo, la tesis de Ryle debe cambiarse debido al largo tiempo requerido para la traducci贸n de la Septuaginta, sumado al hecho de que la relaci贸n exacta de los libros que la compusieron en la era precristiana no se puede determinar con precisi贸n (MANNUCCI, 1983, p. 192). La inexactitud de las referencias a los “Escritos” en el juda铆smo incluso en el siglo I d.C. es una se帽al m谩s de que, en este contexto, el canon de “Escritos” no se defini贸 rigurosamente antes del acontecimiento Jesucristo. (BROWN;聽COLLINS, 1990, p.1039).

2.2 Despu茅s del acontecimiento Cristo por jud铆os no cristianos

Despu茅s del acontecimiento Jesucristo, los jud铆os no cristianos continuaron organizando la colecci贸n de textos sagrados. Los expertos sugieren que la hostilidad hacia los cristianos habr铆a estimulado este trabajo para definir el canon jud铆o despu茅s de Cristo. Otros sugieren que el 铆mpetu para la definici贸n provino de disputas internas en el juda铆smo entre fariseos y sectas jud铆as de tendencia apocal铆ptica como la de Qumr谩n (BROWN;聽COLLINS, 1990, p.1040).

El descubrimiento de los manuscritos del Mar Muerto a partir de 1947 permiti贸 una mirada precisa a la situaci贸n del canon del Antiguo Testamento alrededor del a帽o 70 d.C., cuando esos manuscritos fueron escondidos all铆. “La biblioteca de Qumr谩n da la impresi贸n de una cierta selectividad, pero dif铆cilmente de una distinci贸n precisa entre un canon cerrado y los dem谩s textos” (BROWN; COLLINS, 1990, p.1041).聽 Se encuentran en Qumr谩n tanto la Ley como los Profetas y los Escritos, faltando el libro de Ester. Existen numerosos libros extracan贸nicos. De los Deuterocan贸nicos, est谩n presentes parte de Baruc, as铆 como Tob铆as y Eclesi谩stico. Sobre este 煤ltimo, fue tambi茅n descubierto un pergamino en hebreo en 1964 en las ruinas de la fortaleza de Masada, lo que indica su gran importancia para aquellos jud铆os (MANNUCCI, 1983, p.194).

A finales del siglo I d.C., el historiador Flavio Josefo afirm贸 que los jud铆os de la 茅poca ten铆an libros sagrados considerados como tales debido a su origen divino (BROWN; COLLINS, 1990, p.1039). Josefo testifica que, en ese momento, hab铆a un canon jud铆o acogido con veneraci贸n, pero que a煤n no estaba definido con absoluta precisi贸n (MANNUCCI, 1983, p.193).

La afirmaci贸n de la tesis cl谩sica de Herbert Ryle de que un canon jud铆o palestino m谩s corto (correspondiente al canon actual de 39 libros) habr铆a sido fijado por rabinos en Jamnia despu茅s del 70 d. C. tambi茅n debe cambiarse. En Jamnia, funcionaba una escuela dedicada al estudio de la Tor谩, y all铆 los rabinos ten铆an funciones de direcci贸n dentro de la comunidad jud铆a. Sin embargo, no hubo ning煤n s铆nodo de rabinos all铆, un 鈥渃oncilio de Jamnia鈥 (THEOBALD, 1990, p.140). Tampoco hay evidencia de que se haya elaborado all铆 una lista de libros sagrados (MANNUCCI, 1983, p. 195). La posici贸n m谩s segura hoy en d铆a es que, hasta fines del siglo II d.C., en la esfera jud铆a, no se estableci贸 ning煤n canon equivalente a los 39 libros del actual canon veterotestamentario abreviado que excluyese escritos en griego (BROWN; COLLINS, 1990, p.1040). Adem谩s, la hip贸tesis del origen griego de los deuterocan贸nicos se vio comprometida al demostrar que una parte relevante de ellos hab铆a sido escrita originalmente en hebreo y que la mayor铆a de estas obras hab铆an sido aceptadas por una parte de jud铆os palestinos no cristianos (AUWERS; DE JONGE , 2003, p谩g. Xviii).

As铆, la fijaci贸n del canon por parte de jud铆os no cristianos no se produjo hasta principios del siglo II d.C. (PERANI, 2000, p.399). La raz贸n 煤ltima por la que el juda铆smo no cristiano limit贸 su canon a los libros m谩s antiguos puede haber sido el enfrentamiento con los cristianos, con el prop贸sito de establecer una contraposici贸n judeo-palestina m谩s eficaz al esfuerzo de los cristianos, que a lo largo del siglo II d.C. asumieron un canon m谩s amplio basado en la versi贸n griega de la Biblia de los Setenta (MANNUCCI, 1983, p. 195).

2.3 Despu茅s del acontecimiento Cristo por los cristianos

Los cristianos, tanto de origen jud铆o como pagano, comenzaron a hacer esfuerzos para definir la lista de libros sagrados precristianos. En este trabajo utilizaron el acontecimiento de Jes煤s como clave de lectura, lo que provoc贸 una inflexi贸n hermen茅utica (GIBERT; THEOBALD, 2007, p.18). Para ellos, 鈥渆l hecho constituido por Cristo [era …] como una clave escrita al principio de la partitura y que lo determina todo鈥 (LOHFINK, 1964, p.172). Un pasaje del Evangelio de Juan – 鈥淓scudri帽ad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas ten茅is la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de m铆;鈥 (Jn 5,39) – refleja apropiadamente esta visi贸n de los antiguos cristianos al considerar la Ley, los Profetas y los Escritos.

Se manifiesta desde ese m谩s remoto origen el paradigma personalista de revelaci贸n con el que los cristianos de los primeros siglos conceb铆an la autocomunicaci贸n de Dios e interpretaban los Libros Sagrados. Para ellos, la Palabra de Dios por excelencia era Jesucristo, Christus praesens – Cristo presente – en la vida de las comunidades y de los fieles. En relaci贸n con 脡l, cualquier Libro Sagrado era referido solo referido anal贸gicamente como Palabra de Dios. La Sagrada Escritura como Palabra de Dios anal贸gica estaba totalmente subordinada a aquel que es聽 la Palabra de Dios en sentido estricto y riguroso, la segunda persona divina invocada en las aclamaciones al “Padre, Hijo y Esp铆ritu Santo鈥. Se estaba lejos en este caso, del paradigma cosificado de la revelaci贸n que, en el segundo milenio, predominar铆a en el cristianismo en general y traer铆a consigo la preocupaci贸n por determinar las letras exactas, la graf铆a y la fraseolog铆a del texto b铆blico, cuando 茅ste pasase, tard铆amente, a ser comprendido como inmenso dep贸sito de palabras divinamente reveladas.

Hasta fines del siglo II, no exist铆a un canon veterotestamentario exacto y universalmente aceptado entre los cristianos. A partir de entonces, en paralelo con la progresiva fijaci贸n del canon hebreo entre los jud铆os no cristianos, los cristianos tomaron dos caminos para establecer el canon del Antiguo Testamento (BROWN; COLLINS, 1990, p.1042). Por un lado, esto se dio por repercusi贸n opuesta, incluyendo en el AT tanto libros protocan贸nicos como deuterocan贸nicos con base en la Biblia de los Setenta. Un ejemplo es Justino M谩rtir, que no ten铆a origen jud铆o. Afirm贸 que se deber铆a tener como parte de la Sagrada Escritura todo lo que se encuentra en griego en la Biblia de los Setenta, incluso lo que los jud铆os no cristianos exclu铆an (Dialogus cum Thryphone, n. 71). Or铆genes, seg煤n el relato de Eusebio de Ces谩rea, incluy贸 en la lista de libros sagrados los deuterocan贸nicos Ester y 1-2 Macabeos (Historiae Ecclesiasticae VI, 25). El C贸dice Vaticano, un manuscrito de la Biblia griega de principios del siglo IV, presenta los libros de Tob铆as, Judit, Baruc, Eclesi谩stico y Sabidur铆a. El C贸dice Sina铆tico de mediados del siglo IV es fragmentario en relaci贸n con el Antiguo Testamento, pero incluye los libros Deuterocan贸nicos de Tob铆as, Judith, 1 Macabeos, Eclesi谩stico y Sabidur铆a.

Por otro lado, en 谩mbitos cristianos que viv铆an en contacto con comunidades jud铆as no cristianas, en ocasiones hubo una repercusi贸n en sinton铆a. En estos ambientes, se avanz贸 hacia una concepci贸n abreviada del canon del AT en la que uno de los criterios era la presunta originalidad en idioma hebreo del libro. Melit贸n, un jud铆o convertido al cristianismo y obispo de Sardes, proporcion贸 a fines del siglo II el primer canon veterotestamentario cristiano que conocemos, a煤n m谩s restringido que el canon abreviado de 39 libros por excluir el libro de Ester. La descripci贸n sobre Melit贸n la proporciona Eus茅bio de Ces谩rea en la Historia Eclesi谩stica, en la que se reproduce la lista (Historiae Ecclesiasticae IV, 26). Autores cristianos entre el siglo IV y principios del V, como Cirilo de Jerusal茅n, Atanasio y Jer贸nimo, favorecen el canon abreviado, pero de una manera que debe matizarse. Cirilo de Jerusal茅n (EB 9) y Atanasio (EB 14) enumeran el canon abreviado, pero incluyen el deuterocan贸nico Baruc. Jer贸nimo cita a menudo libros deuterocan贸nicos, lo que demuestra el valor que estos libros ten铆an para 茅l (MANNUCCI, 1983, p.197). Jer贸nimo, adem谩s, comenta en el prefacio de la traducci贸n del libro de Tob铆as: 鈥淐reo que es mejor desagradar la decisi贸n de los fariseos y servir a lo que determinaron los obispos鈥 (Praefatio in Tobiam, c.25).

Las determinaciones de las obispos mencionadas por Jer贸nimo hab铆an sido tomadas en varios concilios y reflejaban el sensus fidelium de la 茅poca. La mayor铆a de las veces, optaron por un canon largo. En el a帽o 360 d. C., el s铆nodo de Laodicea promulg贸 una serie de decretos. En el 煤ltimo de ellos, el n煤mero 60, el s铆nodo defini贸 un canon abreviado, que, a diferencia de Melit贸n, inclu铆a el libro de Ester y tambi茅n el libro deuterocan贸nico de Baruc (EB 11). El examen hist贸rico de hoy arroja dudas sobre la autenticidad de este sexag茅simo decreto de Laodicea (GONZAGA, 2019, p.90). Poco despu茅s, en 382, 鈥嬧媏l S铆nodo de Roma defini贸, con el Decretum Damasi, un canon largo con los Deuterocan贸nicos, pero sin Ester ni Baruc (DH 179). A fines del siglo IV, la traducci贸n de la Vulgata encargada por el Papa D谩maso a Jer贸nimo tra铆a todos los deuterocan贸nicos.

Contempor谩neamente en 脕frica, los S铆nodos de Hipona, en el 393, y Cartago, en el 397 (DH 186) y 419 (GONZAGA, 2019, p.180), siguieron la l铆nea de la Vulgata, pero no mencionan el libro de Baruc. 脡sta fue la posici贸n de Agust铆n, cuya autoridad contribuy贸 decisivamente a determinar las discusiones sobre el canon en el 谩mbito occidental (BROWN; COLLINS, 1990, p.1036). Agust铆n enumera las obras del canon con los libros deuterocan贸nicos sin Baruc (AUGUSTINE, De doctrina christiana II, 8.13). La misma l铆nea de aceptaci贸n de estas obras dentro del AT se manifiesta en el 405 en la carta del Papa Inocencio I a Exuperio, obispo de Toulouse, en Francia. En cuanto a los profetas, la carta de Inocencio I habla gen茅ricamente de 鈥渄iecis茅is libros de los profetas鈥, lo que parece excluir a Baruc e incluir solo a Isa铆as, Jerem铆as, Ezequiel, Daniel y los doce profetas menores (DH 213). Aproximadamente en 495, el Decretum Gelasii enumera los deuterocan贸nicos en el AT, tambi茅n con la excepci贸n de Baruc (EB聽26).

En los 煤ltimos siglos del primer milenio, hubo un cambio en el cristianismo en la comprensi贸n del paradigma de la revelaci贸n, que tendr谩 efectos en la consideraci贸n del canon b铆blico. Pasa del paradigma personalista de la revelaci贸n al paradigma cosificado. Ahora, siguiendo el paradigma cosificado de la revelaci贸n, 茅sta se conceb铆a como resultado de la transmisi贸n de un inmenso conjunto de palabras (algo) de origen divino que estar铆an disponibles como revelaci贸n a los fieles en el tiempo antes de la muerte. Tal era el paradigma de la revelaci贸n, por ejemplo, de la teolog铆a escol谩stica. Este cambio en la concepci贸n de la revelaci贸n producir谩 cambios en la comprensi贸n del canon b铆blico. En lugar de encontrar de manera viva a Aquel que es la Palabra de Dios por excelencia, Cristo, a trav茅s de la fiel orientaci贸n del registro de la revelaci贸n en la Sagrada Escritura, entrar铆a en vigor聽聽 la preocupaci贸n por esclarecer rigurosamente los libros, en sus letras, graf铆as y fraseolog铆as exactas,聽 que compondr铆an el dep贸sito de palabras divinamente reveladas.

En cuanto al canon b铆blico, un hito en el segundo milenio fue el sacerdote cat贸lico ingl茅s John Wycliffe. En 1378, afirm贸 el principio de la suficiencia reveladora de la Sagrada Escritura (WYCLIFFE, 1905, p.181; 1906, p.131). Concebido seg煤n los moldes del paradigma cosificado de la revelaci贸n, este principio de la suficiencia reveladora de la Biblia (o sola Scriptura, como se llamar铆a m谩s tarde) rechazaba cualquier otra cosa que no estuviese en la Biblia como revelaci贸n divina. Con eso en mente, Wycliffe realiz贸 la primera traducci贸n de la Biblia (de la Vulgata) al ingl茅s con el prop贸sito de hacer m谩s accesible la revelaci贸n divina. Su traducci贸n incluy贸 los deuterocan贸nicos en el Antiguo Testamento, pero en el pr贸logo solo conten铆a la lista can贸nica abreviada de 39 libros, con la declaraci贸n de que cualquier libro del Antiguo Testamento, que no sea uno de esos deber铆a considerarse ap贸crifo.

John Wycliffe no se dio cuenta de la incoherencia l贸gica de que tales juicios sobre el canon extrapolan el principio de la suficiencia reveladora de la Biblia, o sola Scriptura. Dado que el propio texto sagrado聽 no incluye en ninguno de sus libros la lista de t铆tulos que deben ser parte de la Biblia, quien apoya la exclusi贸n de cualquier libro de la categor铆a de la Sagrada Escritura hace uso de una autoridad reveladora que no se encuentra en la Biblia sino fuera de ella.

En siglos posteriores, la discusi贸n del canon del AT se reabrir铆a nuevamente (驴46 libros o 39?), Pero ahora acoplada, aunque sea l贸gicamente incoherente, con un argumento t铆pico del paradigma cosificado de la revelaci贸n: el de la revelaci贸n como sola Scriptura. En el siglo XVI, las ideas de John Wycliffe ganar铆an vigor con Mart铆n Lutero. El pensamiento de Lutero estuvo motivado, entre otros elementos, por la idea de la suficiencia de la Biblia como revelaci贸n divina. Para hacer m谩s accesible esta revelaci贸n divina, Mart铆n Lutero public贸 la Biblia traducida al alem谩n en Wittenberg. La primera edici贸n del conjunto completo de libros b铆blicos tuvo lugar en 1534, aunque en a帽os anteriores se hab铆an hecho impresiones que conten铆an partes de la Biblia.

En la Biblia de Lutero, los siete libros deuterocan贸nicos m谩s los pasajes deuterocan贸nicos de Daniel y Ester fueron desplazados de ubicaci贸n, agrupados y colocados como un ap茅ndice en una secci贸n intermedia entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Tales escritos fueron designados all铆 como ap贸crifos, seguidos de la explicaci贸n de que se trataba de escritos que no eran lo mismo que la Sagrada Escritura, pero que aun as铆 eran 煤tiles y apropiados para la lectura (BROWN; COLLINS, 1990, p.1042). Este ap茅ndice fue posteriormente excluido de las ediciones protestantes de la Biblia. En la Reforma, el canon abreviado aparece expresado en detalle como una lista de 39 libros en confesiones nacionales como la Confessio Fidei Gallicana, 1559, la Confessio Belgica, 1561, la Confessio Anglicana, 1563 y la Confesi贸n de Fe de Westminster, 1646.

En 1546, el Concilio de Trento abord贸 la cuesti贸n del canon b铆blico. En ese momento, 茅l promulg贸 su decisi贸n a favor del canon veterotestamentario largo. El Concilio de Trento, sin embargo, mantuvo el mismo paradigma cosificado de revelaci贸n que, caracter铆stico del escolasticismo, tambi茅n defend铆an John Wycliffe y los reformadores del siglo XVI. El texto del decreto presenta la lista de libros que componen el canon largo del AT con todos los deuterocan贸nicos (DH聽1502).

Al aceptar el canon largo, Trento parece haber conservado la aut茅ntica memoria de la 茅poca de los or铆genes cristianos, mientras que los otros grupos cristianos [reformados], en un intento de volver al cristianismo primitivo, se contentaron con el canon abreviado de jud铆os [no cristianos] que, si los investigadores protestantes como A.C. Sundberg y J.P. Lewis tuviesen raz贸n, habr铆a sido creaci贸n de un per铆odo posterior. (BROWN;聽COLLINS, 1990, p.1042)

Aproximadamente tres siglos despu茅s, en 1870, el Concilio Vaticano I confirmar铆a la decisi贸n del Concilio de Trento sobre el canon largo (DH 3006 y 3029). En 1965, el Concilio Vaticano II considerar铆a ya asentada la decisi贸n de Trento con respecto al canon del Antiguo Testamento y, por lo tanto, no vio la necesidad de explicar su contenido. Sin embargo, habiendo dejado de lado el concepto de revelaci贸n divina cosificada, el Vaticano II rescat贸, en la Constituci贸n Dei Verbum, el paradigma personalista de la revelaci贸n caracter铆stico del 鈥渄ep贸sito de la fe鈥, es decir, del mismo Cristo y de los ap贸stoles, as铆 como de la Iglesia en los primeros siglos de la era cristiana. Ahora, teniendo en mente nuevamente esta concepci贸n personalista de la revelaci贸n, el Vaticano II alude al hecho de que el texto sagrado escrito en la antig眉edad no contiene la lista de los libros can贸nicos b铆blicos y que, para determinar tal lista, es inevitable utilizar una autoridad reveladora viva que no se encuentra en la Sagrada Escritura, sino fuera de ella: 鈥渕ediante la Tradici贸n, la Iglesia conoce todo el canon de los libros sagrados [… porque] Dios, que en otros momentos聽 habl贸, dialoga sin interrupci贸n con la esposa de su amado Hijo鈥 (Dei Verbum n.8).

3 El canon del Nuevo Testamento

Las primeras comunidades cristianas ten铆an escritos que consideraban sagrados, recibidos de su herencia jud铆a. En su hermen茅utica de estos escritos, utilizaron la clave de lectura proporcionada por el evento de la vida, muerte y resurrecci贸n de Cristo. Poco a poco estas primeras comunidades empezaron a escribir sus propios textos a la luz del acontecimiento de Jesucristo. La definici贸n de un canon para estos nuevos escritos signific贸 la elecci贸n de algunos y la exclusi贸n de otros. El cristianismo en general – ortodoxo, cat贸lico y reformado – ha reconocido el canon de 27 libros del Nuevo Testamento durante siglos: cuatro evangelios, m谩s los 聽Hechos de los Ap贸stoles, catorce cartas espec铆ficas en el corpus paulinum, siete cartas cat贸licas o universales (de Santiago, Pedro, Juan y Judas) y el Apocalipsis de Juan. Hubo un proceso fuera de la Sagrada Escritura cuyo resultado – el canon – no fue escrito por ninguno de los hagi贸grafos y no se encuentra dentro de ninguno de los libros de la Biblia. La historia de este proceso en los primeros seis siglos de la era cristiana es compleja. Se debe descartar una hip贸tesis simplista porque se demostr贸 falsa: la de que en un principio habr铆a habido una fase de reconocimiento pac铆fico de los 27 libros, pero que habr铆a sido seguida por un per铆odo de duda, para finalmente volver al reconocimiento inicial (MANNUCCI, 1983, p.205

3.1 Reconocimiento de los escritos cristianos como sagrados

El sustantivo griego 未喂伪胃萎魏畏 (diath茅ke) se puede traducir como “alianza” o “testamento”, y 魏伪喂谓峤 (kain茅) es el adjetivo “nueva”. La kain茅 diath茅ke (Nueva Alianza o Nuevo Testamento) es una f贸rmula importante utilizada por los cristianos desde el principio para referirse al hecho revelador total que se manifest贸 en el acontecimiento de Jesucristo. En los primeros siglos, la expresi贸n “Nueva Alianza” o “Nuevo Testamento” ten铆a un alcance m谩s amplio que la designaci贸n de los 27 libros del canon del NT, y significaba el acontecimiento de la vida, muerte y resurrecci贸n de Cristo. Por ejemplo, Pablo habla de su actividad misionera diciendo que es 鈥渃apaz de ejercer el ministerio de la Nueva Alianza [kain茅 diath茅ke]鈥 (2Cor 3,6), refiri茅ndose con esa expresi贸n a la amplia realidad manifestada en el acontecimiento de Jesucristo. Luego recuerda el hecho revelador del antiguo Israel y la Alianza Mosaica registrados en los libros que componen la Tor谩: 鈥淗asta hoy, cuando [los israelitas] leen el Antiguo Testamento [palai谩 diath茅ke, en el sentido de Antigua alianza鈥. ] 鈥(2Cor 3.14). En este pasaje, la expresi贸n “Antiguo Testamento” o “Antigua Alianza” es un “t茅rmino para designar la Ley [que] fue inventado por Pablo para subrayar que se hab铆a superado la revelaci贸n hecha a Mois茅s” (MURPHY-O’CONNOR, 1990 , p谩g. 820).

En la exposici贸n paulina, la realidad designada como nueva (Nueva Alianza o Nuevo Testamento en el pasaje de 2Cor 3,6) sit煤a la reflexi贸n sobre la palai谩 diath茅ke (Antigua Alianza o Antiguo Testamento) en el mismo amplio horizonte de comprensi贸n del t茅rmino diath茅ke. Desde el punto de vista de la exactitud de las fuentes, ser铆a un anacronismo pensar que Pablo tuviese all铆 como impl铆cita una 鈥渃osa鈥, la lista de 27 libros que m谩s tarde se llamar铆a Nuevo Testamento.

El horizonte m谩s amplio de comprensi贸n de la expresi贸n 鈥淣uevo Testamento鈥 debe mantenerse al considerar la elaboraci贸n del canon neotestamentario pues se mantuvo en los tiempos en que se estaba formando. En la era patr铆stica, un autor que utiliza el horizonte m谩s amplio de kain茅 diath茅ke es Ireneo de Lyon, en 180 d.C. en Adversus Haereses. En el cuarto y 煤ltimo libro de esta obra, el obispo de Lyon aborda con frecuencia el tema de las dos Alianzas. En Ireneo, la referencia a las dos Alianzas no equivale al uso que hacemos hoy de las f贸rmulas “Antiguo Testamento” y “Nuevo Testamento”. 脡l se refiere a los acontecimientos de las dos Alianzas, la del antiguo Israel y la nueva en Cristo, manifestadas en la historia del pueblo hebreo. Por lo tanto, la tesis de que Ireneo invent贸 la f贸rmula “Nuevo Testamento” para referirse a la lista de escritos cristianos reconocidos como sagrados no puede sustentarse.

Ya a mediados del siglo II, hab铆a testimonios de que los escritos redactados por cristianos eran reconocidos como sagrados. Hay, en las obras de Justino M谩rtir, claros indicios del reconocimiento de escritos cristianos en la misma categor铆a de sagrados en la que se encontraban los escritos jud铆os precristianos (MANNUCCI, 1983, p.203). Al hablar de textos cristianos 茅l se refiere a un conjunto denominado 鈥淢emorias de los Ap贸stoles鈥 en cuyo t铆tulo el genitivo indica la autor铆a (FIALOVA, 2016, p.169, 171). Tales 鈥淢emorias鈥 eran compuestas por los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan (FIALOVA, 2016, p.173). Justino comenta que estas “Memorias de los ap贸stoles” se “llaman Evangelios” (Apolog铆a I, 66).

La indicaci贸n del reconocimiento de la naturaleza sagrada de estos escritos se encuentra a continuaci贸n. Justino informa que el “d铆a del sol”, el primer d铆a de la semana, los cristianos de la ciudad y el campo se reun铆an y hac铆an 鈥渓a lectura de las Memorias de los Ap贸stoles y de los Escritos de los Profetas” (Apolog铆a I, 67). Despu茅s de estas lecturas, eran compartidos el pan y el vino eucar铆sticos por el presidente de la celebraci贸n y se realizaba la acci贸n de gracias. En Justino, se ve que las “Memorias de los Ap贸stoles” o “Evangelios” ten铆an el mismo car谩cter sagrado que las Sagradas Escrituras que se hab铆an recibido del antiguo Israel (FIALOVA, 2016, p.177).

3.2 La evoluci贸n de las listas de textos sagrados cristianos

La lista m谩s antigua de textos sagrados cristianos actualmente conocida es el Fragmento de Muratori. El documento representa el uso, a fines del siglo II en Roma, de los escritos cristianos all铆 reconocidos como Sagrada Escritura (MANNUCCI, 1983, p.204). Se trata de un fragmento de manuscrito latino del siglo VII en el que faltan las partes inicial y final. La cr铆tica textual indica que fue traducida de un original griego. El Fragmento de Muratori est谩 fechado a finales del siglo II porque se refiere a P铆o, obispo de Roma de 140 a 155, como reciente. Los cr铆ticos en la l铆nea de Albert Sundberg sostienen que el original del Fragmento de Muratori ser铆a del siglo IV, pero los argumentos no se sostienen (AUWERS; DE JONGE, 2003, p.315). Falta la parte inicial del documento y no habla de los evangelios de Mateo y Marcos, pero Lucas y Juan se mencionan en las primeras l铆neas como el tercer y cuarto evangelio. Adem谩s de los cuatro evangelios y los Hechos de los Ap贸stoles, la lista establece que las trece cartas paulinas, la Primera y Segunda Carta de Juan, la Carta de Judas y el Apocalipsis de Juan deben ser aceptadas. El documento relata que debe ser aceptado un Apocalipsis de Pedro, pero se帽ala que algunos en Roma lo rechazan. El Fragmento de Muratori no menciona la Carta a los Hebreos, la Carta de Santiago, la Primera y Segunda Carta de Pedro o la Tercera Carta de Juan, e indica algunos libros que no deben leerse en la Iglesia, incluyendo el Pastor de Hermas. (EB聽1-7).

S贸lo a partir del siglo IV empez贸 a llegar una consistente diversidad de testimonios sobre el canon del NT. A principios de ese siglo, Eus茅bio de Ces谩rea nos da noticia de la lista que habr铆a sido reconocida por Or铆genes en la primera mitad del siglo III (MANNUCCI, 1983, p.204). Est谩n en ella presentes los cuatro Evangelios y los Hechos de los Ap贸stoles, la Carta a los Hebreos, Apocalipsis, la Primera y Segunda Carta de Pedro (pero arrojando dudas sobre la segunda), tres cartas de Juan (poniendo en entredicho las dos 煤ltimas) y un n煤mero indeterminado de cartas de Pablo. No se menciona la carta de Santiago o la Carta de Judas (Historiae Ecclesiasticae VI, 25).

En otra parte de su obra, Eus茅bio aborda el tema de los libros cristianos que ser铆an fidedignos, refiri茅ndose a ellos como “libros del Nuevo Testamento” (Historiae Ecclesiasticae III, 25). B谩sicamente, repite el elenco anterior que fue reconocido por Or铆genes (MANNUCCI, 1983, p.204). La diferencia es que ahora, hablando por s铆 mismo, Eus茅bio comenta que la Carta de Santiago y la Carta de Judas tambi茅n est谩n en la categor铆a de dudosas. Testimonia, sin embargo, que ambas estaban siendo empleadas regularmente en varias iglesias (BROWN; COLLINS, 1990, p.1051). Adem谩s, advierte de una tercera categor铆a de libros que, a pesar de ser piadosos, no tienen su origen en el 谩mbito de los ap贸stoles, como Hechos de Pablo, Pastor de Hermas, Apocalipsis de Pedro, Carta de Bernab茅 y las Instituciones de los Ap贸stoles. Finalmente, enumera una cuarta categor铆a de obras que se alejaban enormemente de la ortodoxia y que, por lo tanto, deber铆an ser repudiadas. En esta categor铆a incluy贸 una serie de escritos que, recibiendo el nombre de 鈥淓vangelios鈥, fueron atribuidos err贸neamente a Pedro, Tom茅, Mat铆as y Andr茅 y difundidos por cristianos herejes. (Historiae Ecclesiasticae III, 25).

Contempor谩nea a estas listas es la de Cirilo de Jerusal茅n, aproximadamente del a帽o 350, en la que enumera los libros cristianos que se le铆an en la Iglesia. Advierte que solo cuatro son los evangelios leg铆timos. Los otros escritos con ese nombre, como el Evangelio de Tom谩s, disfrazados 鈥渃on la tinta exterior y el perfume del nombre del Evangelio, enga帽an a las almas de los m谩s ingenuos鈥 (EB 10). Cirilo contin煤a y enumera entre los otros textos leg铆timos los Hechos de los Ap贸stoles, la Carta de Santiago, la Segunda y Tercera Carta de Pedro, las tres Cartas de Juan, la Carta de Judas y catorce cartas paulinas (estas sin especificaci贸n individual). No menciona el Apocalipsis (EB 10). Una lista como 茅sta es la elaborada en 360 por el Concilio de Laodicea, que guarda silencio sobre el Apocalipsis de Juan. El canon de Laodicea especifica una a una las catorce cartas paulinas (EB聽13).

Otros testimonios relevantes son del mismo per铆odo a lo largo del siglo IV. El C贸dice Vaticano presenta un corpus paulinum en el que faltan la Primera y Segunda Carta a Timoteo, la Carta a Tito y la Carta a Filem贸n, adem谩s de no presentar el libro del Apocalipsis. El C贸dice Sina铆tico, a su vez, presenta los 27 libros del NT m谩s la Carta de Bernab茅 y el Pastor de Hermas.

Adem谩s de los c贸dices con el texto b铆blico actual, hay testimonios proporcionados por listas nominales de libros b铆blicos sin su texto. Uno de ellos es el Canon de Mommsem. Theodor Mommsen public贸, en 1890, el descubrimiento de una lista esticom茅trica de los libros b铆blicos utilizado por copistas africanos a mediados del siglo IV para calcular el precio de un ejemplar聽 de la Biblia cristiana (AUWERS; DE JONGE, 2003, p.154) . El Canon de Mommsen no habla de la Carta a los Hebreos, de la de Santiago ni de la de Judas.

En la segunda mitad del siglo IV, se encuentra en Atanasio de Alejandr铆a y en los S铆nodos de Roma, Hipona y Cartago una concordancia sobre la lista de 27 libros de origen cristiano para ser le铆dos en las actividades lit煤rgicas (MANNUCCI, 1983, p.204). La Carta 39 de Atanasio, escrita en el 367, define un canon detallado del NT (EB 15). El S铆nodo de Roma, en el 382, 鈥嬧媍on el Damasi Decretum, muestra un canon detallado id茅ntico. 脡l consta de los cuatro evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, de los Hechos de los Ap贸stoles, las catorce cartas paulinas identificadas una a una y con la Carta a los Hebreos, el Apocalipsis de Juan, la Primera y Segunda Carta de Pedro, una Carta de Santiago, las tres Cartas de Juan y una Carta de Judas (DH 180). El orden de las cartas cat贸licas o universales (de Santiago, Pedro, Juan y Judas) sigue el orden de los ap贸stoles enumerados por Pablo en G谩latas 2, 9, donde Santiago, Pedro y Juan, en este orden, se conocen como 鈥渓as columnas de la Iglesia鈥-, con la carta del ap贸stol Judas Tadeo insertada posteriormente (AUWERS; DE JONGE, 2003, p.574). El S铆nodo de Hipona, en 393, establece la misma lista de libros (EB 17), que el III S铆nodo de Cartago, en el 397, repite al pie de la letra (DH聽186).

Otros ejemplos siguen a lo largo del siglo V. En el 405, la carta del Papa Inocencio I a Exuperio, obispo de Toulouse, adem谩s de enumerar los 27 libros del canon del NT, advierte contra los escritos no genuinos que circulan con los nombres de ap贸stoles como Mat铆as, Santiago el Menor, Pedro, Juan y Tom茅 (DH 213). El C贸dice de Alejandr铆a, de la primera mitad del siglo V, presenta los 27 libros del NT m谩s la Primera y Segunda Carta de Clemente de Roma (BROWN; COLLINS, 1990, p.1050). A finales del siglo V, el Decretum Gelasii menciona los 27 libros del NT uno por uno. (EB 27).

A lo largo del siglo IV, las Iglesias latina y griega se dirig铆an a un proceso de aceptaci贸n del canon neotestamentario de 27 libros. En estos 谩mbitos, dicha aceptaci贸n se consumar铆a al final de este per铆odo (BROWN; COLLINS, 1990, p.1050). Sin embargo, esa no era la situaci贸n de las Iglesias en Siria, que utilizaban un canon de 17 libros. En 茅ste, los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan fueron reemplazados por el Diat茅ssaron de Taciano, que compon铆a en una sola obra la armonizaci贸n de los cuatro evangelios. Tambi茅n estaban presentes los Hechos de los Ap贸stoles y un corpus paulinum de 15 obras, con la Carta a los Hebreos y una Tercera Carta a los Corintios. Solo durante el siglo V las Iglesias en Siria reemplazaron el Diat茅saron por los cuatro evangelios, suprimieron la Tercera Carta a los Corintios y recuperaron la Carta de Santiago, la Primera Carta de Pedro y la Primera Carta de Juan, pero se quedaron sin la Segunda Carta de Pedro, la Segunda y Tercera Carta de Juan, la Carta de Judas y el Apocalipsis. En una situaci贸n an谩loga se encontraba la Iglesia de Antioqu铆a (MANNUCCI, 1983, p.205). La Iglesia Copta ten铆a un canon que inclu铆a la Primera y Segunda Carta de Clemente de Roma, como en el C贸dice Alejandrino. La Iglesia Et铆ope ten铆a estas dos cartas y ocho decretos m谩s, para un total de 35 libros. “Estas consideraciones deben dejar claro al estudiante cu谩nto se est谩 generalizando al hablarse de un canon neotestamentario en la Iglesia de los primeros siglos” (BROWN;聽COLLINS, 1990, p.1051).

En el segundo milenio, con el predominio del modelo cosificante de la revelaci贸n, ya se atestigua el canon tal como se conoce hoy. Esta es la situaci贸n en 1441, en el Concilio de Florencia, que enumera el canon del NT con 27 libros (DH 1335). En el Concilio de Trento (1546), esta lista fue retomada y confirmada (DH 1503), como ocurri贸 en el Vaticano I (1870), que ratifica el canon de Trento, pero sin enumerar los libros individuales (DH 3006 y 3029).聽 Algo similar sucedi贸 en 1965, en el Concilio Vaticano II (Dei Verbum n. 20).

El alcance de la Reforma Protestante generalmente mantuvo el canon del NT con 27 libros. La Biblia de Lutero traducida al alem谩n y publicada en su totalidad en el 1534 enumera y trae estos 27 libros. En Inglaterra, la edici贸n inglesa de la Biblia autorizada por el rey Enrique VIII en 1539, titulada La Gran Biblia, ten铆a el n煤mero y la secuencia que hoy es usual para el NT. Este procedimiento contin煤a hoy, cuando una edici贸n t铆pica de la Biblia protestante trae en el mismo orden los mismos 27 libros del NT de una Biblia cat贸lica. La diferencia est谩 en la 贸ptica que se utiliza para acceder a los textos del canon. En la Reforma, tal 贸ptica es el paradigma cosificado de la revelaci贸n en el que 茅sta es comprendida como sola Scriptura. La 煤nica revelaci贸n divina que est谩 disponible para el creyente antes de su muerte es el texto b铆blico que el lector tiene ante s铆, como un inmenso dep贸sito de palabras divinamente reveladas.

Conclusi贸n

La revelaci贸n judeocristiana, desde su origen m谩s remoto, tuvo el car谩cter del paradigma personalista, seg煤n el cual lo que se revela es, sobre todo, Alguien que, en la plenitud de ese proceso revelador, se manifest贸 en la persona de Jes煤s de Nazaret. Este fue el paradigma de la revelaci贸n del mismo Cristo y los ap贸stoles. Es este Alguien – Christus praesens, Cristo presente – quien sigue revel谩ndose m谩s tarde y en el tiempo presente, aunque lo que venga ahora a mostrarse ya se haya revelado antes en el tiempo de la revelaci贸n fundamental. La Sagrada Escritura definida sobre la base de un canon es el registro de esta revelaci贸n fundamental que culmina en Cristo. Ella es el registro que gu铆a y orienta con seguridad el encuentro actual con el propio Cristo vivo. Eventuales incertidumbres sobre algunos de sus pasajes no testifican en contra de su car谩cter sagrado. M谩s bien, dan fe de que la Biblia, como Palabra de Dios subordinada, est谩 en una relaci贸n de dependencia total en relaci贸n con Aquel que es la Palabra de Dios por excelencia, Jes煤s de Nazaret.

El estudio del canon de la Sagrada Escritura gana en calidad cuando se deja de lado el paradigma cosificado de la revelaci贸n, seg煤n el cual lo que Dios habr铆a pasado de lo divino a lo humano ser铆an palabras exactas conteniendo sus textos revelados en una precisa graf铆a y fraseolog铆a . Si bien el estudio de los manuscritos antiguos muestra que los textos de la Sagrada Escritura no han sufrido cambios fundamentales desde la antig眉edad, tambi茅n demuestra que existieron diferentes versiones de los textos sagrados utilizados por los jud铆os en el per铆odo del Segundo Templo (entre 520 a.C. y 70 d.C.), as铆 como entre los cristianos del primer siglo. Los textos de esa 茅poca no siempre son absolutamente id茅nticos a textos posteriores como el texto masor茅tico y los pergaminos griegos. Algunos est谩n m谩s cerca del texto griego de la Biblia de los Setenta, e incluso del Pentateuco samaritano. Tales diferencias, lejos de ser vistas como errores, falsificaciones o invenciones por copistas o traductores, s贸lo indican la insuficiencia del paradigma de la revelaci贸n. Es la concepci贸n moldeada por tal paradigma -que no fue el de Cristo y los ap贸stoles- la que requerir铆a un rigor absoluto de letras, graf铆as y fraseolog铆as determinadas por el canon de los libros sagrados.

C茅sar Andrade Alves SJ. Facultad Jesuita de Filosof铆a y Teolog铆a – Belo Horizonte, Brasil.聽Texto original en portugu茅s. Postado en diciembre de 2020.

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