Sexualidad conyugal y extraconyugal

Índice

1 Significado de la sexualidad

1.1 Definición

1.2 Desafíos

2 Significado de la sexualidad conyugal

2.1 El matrimonio y la sexualidad

2.2 Desafíos

3 Significado de la sexualidad extraconyugal

3.1 Sexo entre los no casados

3.2 Desafíos

4 Para una nueva comprensión de la sexualidad

4.1 Ética y sexualidad

4.2 Perspectivas

5 Referencias bibliográficas

1 Significado de la sexualidad

1.1 Definición

La sexualidad es un “componente fundamental” de la personalidad humana, “parte integrante del desarrollo de la personalidad y de su proceso educativo” (CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, 1983 n.4); es “una de las energías estructurantes del ser humano” (MOSER, 2001 p.35-6) que se presenta en una complejidad de dimensiones (bio-psicológica, sociocultural, político-económica, antropológico-religiosa, sanitario-educativa, ético-moral). Siendo una dimensión constitutiva de lo humano, la sexualidad lo abarca en su totalidad, “presupone, expresa y realiza el misterio de toda la persona” (VIDAL, 2002, p.23). Ella es también una “realidad dinámica”, en continua evolución, “orientada a la integración personal” (VIDAL, 2002, p.22) y por lo tanto capaz de promover u obstaculizar la realización de la persona durante toda su vida.

La sexualidad, a diferencia de la genitalidad expresa quién es la persona y su manera de ponerse delante de los demás. Ella caracteriza “una forma de ser, de manifestarse, de comunicarse con los otros, de sentir, expresar y vivir el amor humano” (CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, 1983, n.4). Al ser una realidad que impulsa al ser humano a salir de sí mismo y entrar en relación con los demás, la sexualidad “tiene como fin intrínseco el amor, más específicamente el amor como donación y acogida, cómo dar y recibir” (PONTIFICIO CONSEJO PARA FAMILIA 2002, n.11) y por lo tanto se convierte en el “lugar” por excelencia de apertura, de diálogo, de la comunicación, de comunión, “la más genuina reciprocidad de la experiencia y el amor” (ZACHARIAS, 2006, p 0.7).

1.2 Desafíos

Para que sea  una realidad personalizada y personalizante, la sexualidad debe ser aceptada como un regalo e integrada en un proyecto de vida que le dé sentido. Disociado de un proyecto de vida, corre el riesgo de convertirse en una realidad inhumana y deshumanizadora, ya que, igual que puede ser el lugar de las más bellas experiencias de la vida puede ser también el lugar de las consecuencias de la  fragilidad y la vulnerabilidad humana, “fuente de frustración y sufrimiento”(GUIMARÃES, 2014, p.61).

Integrada en un  proyecto de vida, es decir, formando parte del significado más profundo dado a la existencia, la sexualidad humana está llamada a ser lenguaje de este significado. Por diversas que sean las razones por las que las personas viven, todas quieren amar y ser amadas. En este sentido, el amor como “la afectiva, afirmativa  participación en la bondad de un ser” (VACEK, 1994, p.34),  no  puede ser asumido solo como el sentido último de todo proyecto de vida, sino que  puede ser “el” proyecto de la vida por excelencia. El amor es la única realidad que, de hecho, humaniza la sexualidad (CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, 1983 n.6); es lo que nos permite discernir las llamadas que provienen de las relaciones que establecemos con aquellos que son parte de nuestra vida. Cuando el amor auténtico nos lleva fuera de nosotros mismos y nos abre al otro. Y al reconocernos en el otro como alguien a ser amado, reconocemos todos sus derechos para realizarse como  persona.

2 Significado de la sexualidad conyugal

2.1 Matrimonio y sexualidad

La experiencia del amor, como significado más profundo de la existencia misma, se puede realizar en el matrimonio, entendido como la plena comunión de vida y amor para toda la vida (JUAN PABLO II, 1981, n.11). Es por el amor conyugal como  el hombre y la mujer se entregan plenamente entre sí  en un contexto de compromiso definitivo, y se abren al don por el cual se convierten en cooperadores de Dios al dar vida a un nuevo ser humano. Para el Magisterio de la Iglesia Católica, es sólo considerándola una parte integral de ese amor como la donación sexual se realiza efectivamente y, por tanto, “a este amor conyugal, y sólo a éste, pertenece la donación sexual” (CONSEJO PONTIFICIO PARA LA FAMILIA de 1995 , n.14).

Orientada hacia el diálogo interpersonal, la sexualidad conyugal contribuye a la plena madurez de la persona, abriéndola a la entrega de sí misma en el amor. Y “vinculada, en el orden de  la creación, a la fecundidad y la transmisión de la vida, está llamado a ser fiel también a su finalidad interna. El amor y la fecundidad son, también, los significados y los valores de la sexualidad que se incluyen y se exigen mutuamente y, por tanto, no pueden ser considerados ni alternativos ni opuestos ” (CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, 1983, n.32).

2.2 Desafíos

De acuerdo con la Humanae Vitae – que sintetiza la doctrina católica hasta nuestros días – hay una

conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador. Efectivamente, el acto conyugal, por su íntima estructura, mientras une profundamente a los esposos, los hace aptos para la generación de nuevas vidas, según las leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la mujer. Salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido de amor mutuo y verdadero y su ordenación a la altísima vocación del hombre a la paternidad. (PABLO VI, 1968, n.12).

Fuera del contexto matrimonial, por consiguiente,  toda relación de intimidad  sexual es un “desorden grave”, porque expresa una realidad que todavía no existe, la de la comunidad de vida definitiva con el necesario reconocimiento y  garantía de la sociedad civil y, para los cónyuges católicos, también religiosa (CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, 1983, n.95). Al asumir el matrimonio como el “único” lugar que hace posible la totalidad de la donación (JUAN PABLO II, 1981 n.11) y, por tanto, como “único” contexto lícito para las relaciones sexuales responsables,  son excluidos “otros contextos” y “otras narrativas” realizados por tantas personas no casadas, pues todas ellas, sin excepción, deberían practicar la abstinencia sexual (HARTWIG, 2000, p. 90).

3 Significado de la sexualidad extraconyugal

3.1 Sexo entre los no casados

Abrazar el matrimonio como una opción concreta de la vida para realizarse en  el amor no significa reducir el consentimiento a un “un acto aislado”, sino a asumirlo como “la expresión del don recíproco de los cónyuges durante toda la vida conyugal” (VIDAL, 2007 p.104). Esto implica, en particular, el compromiso de realizarse sexualmente, exclusivamente  uno por medio del otro (CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, 1987 II A1.); el esfuerzo continuo  para estar completamente presente en la relación; la sincera decisión de no mentir al otro y el compromiso de vivir de acuerdo con el valor que desea conservar, es decir, el amor como un proyecto común de vida. La unidad y la fidelidad no sólo son exigencias que surgen de un contrato, sino dos dimensiones del amor conyugal que, cuando no son asumidas, impiden que el amor se haga historia, que las personas se realicen y realicen la a vocación a la que han sido llamados y sean, por tanto, felices. Estos valores no son solo propositivos, sino imperativos para aquellos que abrazan el matrimonio. Es a través de la unidad y la fidelidad de la pareja que la comunión de vida y amor se realiza y se convierte en una fuente de satisfacción mutua.

La relación sexual dentro o fuera del matrimonio contribuye a la satisfacción del deseo sexual. Por más placentera que sea  la satisfacción de ese deseo, ella siempre testimonia  que el sexo promete lo  que no puede dar, porque el placer en sí mismo es incapaz de satisfacer la infinita capacidad que la persona tiene de ser amado. El yo que no puedo pretender bastarse para el y viceversa (VALSECCHI 1989, p.74-87). En este sentido, aunque el placer sexual exprese el deseo y la apertura a la reciprocidad, es sólo un medio para ello. Siendo la esencia de la sexualidad el amor,  entendido como donación y acogida, entonces la intimidad sexual debería ser expresión de esta esencia fundamental. Es en este sentido que el amor se convierte en la condición sine qua non para expresar adecuadamente la propia  sexualidad. El problema es que la capacidad de amar de la persona puede ser destruida cuando se hace del  placer  el propósito de la sexualidad,  reduciendo a las otras personas a  objetos de la propia gratificación. Sin lugar a dudas, el placer no puede ser el objetivo último de la sexualidad, al igual que una persona no puede ser utilizada como un medio.

3.2 Desafíos

Es necesario entender la verdadera esencia del amor: el don de sí mismo y de acogida al otro que suscitan el deseo de responder con amor. De aquí deriva la responsabilidad ético-moral para colocarnos delante del placer para acogerlo, y  convertirlo en  fuente de crecimiento y de  vida (no en posesión o consumo), descubrir la realidad de la cual es imagen, es decir, de la apertura a los demás (y no un fin en sí mismo) y reconocer que incluso satisfaciendo todos nuestros deseos, nunca nos sentiremos  plenamente realizados  (la experiencia del placer implica mucho más que la satisfacción de los deseos). Pero el mayor desafío es hacer una lectura interpretativa de nuestros deseos. Algunos pueden ser integrados en nuestro proyecto de vida. Otros, no si somos responsables (GUDORF, 1994, p.84). Si son asumidos e integrados en un proyecto de vida, nuestros deseos y, consiguientemente la experiencia que ellos proporcionan, nos pueden ayudar a lograr la reciprocidad a la que tanto aspiramos (ZACHARIAS, 2014, p.161-3).

El matrimonio, entendido como la comunión definitiva de la vida y el amor conyugal, como “elemento básico y fundamental de la realidad viva de la pareja” (VIDAL, 2007, p.123) constituyen la clave de lectura para entender porque se consideran ilícitas todas las demás relaciones íntimas fuera de él, sea entre  personas solteras,  participantes en nuevas configuraciones familiares o viudas, sea entre  personas heterosexuales u homosexuales. Hay, sin duda, una unidad compleja entre matrimonio y  familia; pero es sólo a partir de su núcleo integral – el amor conyugal – como podemos captar más profundamente la evaluación ética que el Magisterio católico hace de estas relaciones. Abordar la cuestión de las nuevas configuraciones familiares e incluso la intimidad sexual entre  personas fuera del matrimonio implica  reconocer que la familia, el matrimonio y el sexo no están necesariamente conectadas entre sí y, por tanto, los principios a priori y el status jurídico no pueden ser criterios exclusivos utilizados para evaluar la experiencia sexual de las personas; que la sexualidad debe ser considerada más en referencia a las personas y sus relaciones que  a los actos; tomar el matrimonio heterosexual como el ideal para las sociedades  no es negar el reconocimiento ético de otros contextos basados ​​en el respeto, la donación, la responsabilidad, el cuidado, el afecto.

4 Perspectivas para una nueva comprensión de la sexualidad

4.1 Ética y sexualidad

Tanto el ejercicio de la sexualidad conyugal como el de la extramatrimonial plantean cuestiones éticas y morales. En ambos contextos, se pueden manifestar tanto  la riqueza como la fragilidad de la sexualidad. El hecho de que las personas sean casadas no garantiza que sus relaciones serán automáticamente la expresión del amor, fidelidad,  apertura, comunión,  donación. Y el hecho de no estar casadas no significa que sus relaciones sean de forma automática expresión de desamor, infidelidad,  egoísmo,  violencia,  abuso. Si no está bien integrada, bien manejada, bien armonizada con la totalidad de la existencia, la experiencia de la sexualidad, cualquiera que sea su contexto, puede destruir a las personas, deshumanizándolas (COELHO, 2010, p.49-50). Y hay que reconocer que el estado civil y la orientación afectivo-sexual se convierten en asuntos secundarios.

Si la ética es la ciencia de los valores que guían a la persona en su proceso de humanización (LÓPEZ AZPITARTE 1983, p.251), hay que ir más allá de los simples datos sociológicos (que nos llevaría únicamente a reconocer la existencia de contextos diferentes del ideal para la vivencia de la sexualidad) y de la licitud jurídica (que nos haría contentarnos con saber si el contexto garantiza la licitud o ilicitud de tal o cual práctica). En el proceso de humanización de la persona, siempre tiene primacía la conciencia moral, la escala persona de valores y la realización del bien común como  expresión de la justicia. Y hay que reconocer que la experiencia del amor se puede expresar de muchas maneras. Todos ellas, sin embargo, sujetas a la vulnerabilidad y debilidad de quien ama. En la práctica, esto significa que por más que el amor sea el significado más profundo de nuestra existencia y la única realidad que humaniza la experiencia de nuestra sexualidad, aprendemos a amar y este aprendizaje,  también él, depende de nuestra mayor o menor madurez e integración afectivo-sexual.

4.2 Por una renovada ética de la sexualidad

El amor, cuando es verdadero, genera expresa y fortalece la reciprocidad (SALZMAN – LAWLER, 2012, p.223). Esto significa que “el amor es verdadero y justo, correcto y bueno, siempre y cuando sea una respuesta verdadera  a la realidad de la persona amada, una genuina unión entre aquel que ama y la persona amada, y una precisa y adecuada afectiva afirmación de la persona amada” ( FARLEY, 2006, p.198). Para que una relación de intimidad sea expresión de amor verdadero, debe favorecer la reciprocidad, es decir, la entrega mutua, debe superar los intereses meramente personales, pasar del eros al ágape (BENEDICTO XVI, 2005 n.2-11) .

Si el amor se caracteriza por ser una efectiva y / o afectiva afirmación del otro, es necesario que mi amor sea reconocido como  amor. Si no, no habrá reciprocidad. Pero para que esto ocurra, debe existir un grado de compromiso entre las partes. Las relaciones extramaritales se caracterizan por ser anónimas, promiscuas, adúlteras, mentirosas carecen de un contexto que promueve la reciprocidad y, por tanto, no pueden contar con legitimidad ética, pues nunca serán promotoras de lo humano. Sólo un compromiso que se prolongue en el tiempo podrá dar a la relación el contexto adecuado para la maduración. Puede ser que este compromiso dure para siempre; puede que no. Esto no es lo más importante, desde el punto de vista ético, pues se trata de una realidad totalmente dependiente de la capacidad de amar y de la intensidad del amor entre las personas involucradas. Lo más importante es que este compromiso, mientras dure, se exprese como amor,  responsabilidad, cuidado. Todo esto forma parte de la experiencia amorosa, y a medida que las personas van creciendo y madurando en su capacidad de amar y, por lo tanto, en la mutualidad o reciprocidad,  el compromiso también va madurando y solidificándose. Aunque el compromiso no sea necesario como punto de partida para las relaciones de intimidad sexual, debe ser el punto de llegada de aquellas que, de hecho, son expresión de amor.

Éticamente, está en juego  la calidad de las relaciones que establecemos, porque no todas colaboran para nuestra humanización y para la calidad del modo de situarnos ante los demás, pues no todas generan relaciones recíprocas, ya sean conyugales o fuera del matrimonio. Es urgente  una ética sexual que reconozca la bondad moral de las relaciones que expresan los valores propios de la unión, incluso si las personas no están casadas; que no requiera el carácter definitivo del compromiso para justificar las relaciones íntimas; que reconozca que el amor no precisa ser necesariamente conyugal y heterosexual  para que él humanice la sexualidad; que considere más la calidad de las relaciones que lo que puede o no ser hecho en ese  contexto.

Ronaldo Zacharias, sdb. Centro Universitário Salesiano, SP. Texto original Portugués.

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